LOS SINÓNIMOS DE LA ANGUSTIA
Por: Alberto Escobar

I

Como los potros, el sol se ha levantado.
En los apartamentos están gritando las llaves y
/los grifos
y el día me irá enseñando sus ombligos,
aparecerán nuevas enfermedades en los seminarios,
las mujeres lavarán las ropas.

El tranvía insultó a la luna, a los borrachos.
Los artesanos han vomitado sangre, monedas, torta.
bajo la nítida luz, la catedral desnuda su cuerpo
y desde el parque, entonces, las hormigas
/peregrinan.

Hoy pasearé mi búfalo por los grandes acuarios.
Vestiré mi chaqueta en las esquinas:
este día tiene la piel enferma y yo amo demasiado
el agua, los cirios, las llantas neumáticas,
los profetas muecos y sus hongos.

II

El tranvía ha pasado
con un clavel en su mano de espera.
Una fruta ha saltado de su asidero.
Ahora almuerzo bluejeans mojados,
muslos de terciopelo vegetal,
con una flauta prestada
entiendo el corazón de las naranjas…

En el día girasol
un ómnibus camina por la ciudad,
un hombre desnudo no camina,
se quejan bajo el césped los muertos,
los aporrea con sus alas una camisa blanca
que dejaron olvidada en los alambres.

El tranvía ha pasado
y por el aire vuelan ruidos que no se llaman
/Wagner.
Wagner se ha quedado hoy en casa,
sentado ante el gran menú de platos cósmicos bien
/lavados:
fuma su pipa y no la fuma,
hace dormir el gato del sopor,
el embudo de sol,
la rosa estéril de la pila.

El quinto metal de la tierra ha sonado,
(almuerzo bluejeans húmedos).
He hallado la botella en todas las ninfas,
(del pubis de nylon emergerá la espuma marina).

Fue en otro tiempo,
de mucho arco de violín,
el surgimiento de esta edad de vidrio:
Hoy me ahorco con mi corbata de viento,
me pongo contra el muro de mis maletas de viaje,
dispuesto a cualquier bala.
He aquí que yo tenía mi estuche de música,
un acordeón para acordarme del aire,
y que mi estatura de ortiga creció
cuando sobrevino un nuevo sinónimo de la angustia:
… desde entonces no bebo el agua
sino en el cuenco de la mano
y no pronuncio ningún nombre
sino que loa habito sobre la lengua y los
/tendones.
En ningún bluejean me cupieron mis muslos.
No fueron capaces los relojes de tantos muros
/infames
de borrar la hora de las primeras vocales,
y un nombre ha quedado grabado
sobre esta hoja de cuaderno limpio
que en otra edad quise llamar
pista de baile,
erial o cielo plano:
mar,
domicilio de peces,
de algas y de felpa,
lugar de una cabeza declinada, somnolienta:
¡Cabeza, peso de la noche!
Frente a la ventana del búho escueto y prosódico
un niño de aserrín pisaba entonces la hierba,
y con un par de ojos miraba hacia delante,
y metía las manos en los bolsillos de su pantalón
justamente limpio y ajustado a la piel que
/empezaba.

III

Y en el caso de que fueran dos,
camino por la calle Junín hasta que llegue la
/mañana,
mañana aburridora de litros de leche
resbalándose –hubo accidente.
No cesa de interrogatorios el dios del Oráculo,
el que en las cervecerías también espera turno
/para su carro.
Lavadero colmado de ángeles en ayuno,
pocetas del limbo,
hace años estuvimos de visita, tú y yo, decididos.
¡Ah, es una nueva fiesta ésta que guardamos!

Claro está, el día tiene sus sábanas
y no se inmuta: Ha sido acotado de voces de niños
que juegan en el parque, le quito gota de vino
de entre los labios, le unté esencia a cada
/flanco.
Espigar es el placer favorito en las terrazas,
y ya se avecina la fecha de la resurrección:
-Habíamos colocado los frutos dentro del mantel,
el obús habita el cielo.
… Emergía durante el cielo en un nuevo estilo de
/músculos,
Premio para el campeón, cañonazos,
aleluyas en los bares, ¡oh, sí!, es tú día
y el río se enrumbaba por la campiña –gladiador de
/sus márgenes.
O suena un cascabel de plata entre los abetos.
Convictos de martirios e imágenes,
los labios blasfeman anteriores a la resurrección
y los Corregidores del Coro de Pasaportes
/impidieron que evacuáramos.
Ocupación entonces de holgazanes!, y cada uno
/niega la culpa.

Pero esperar la oportunidad de escondernos
Tras las blusas que vestimos hacia la tarde.
¡Oh sí, tú y yo aguardamos el bus en el costado
/absurdo de la plaza.

IV

El día de la fiesta decidimos sobre nuevas
/sensaciones,
la varita dio el golpe en el filo
y abortó entonces la palabra suya.
Resulta encantador estar sometido al ritmo
de los fabulosos acontecimientos,
el clarinete entregando sus notas
y un lugar fresco que recogía los murmullos
de los vestíbulos y antesalas.

Pero el monstruo hirió los ojos
-¡siembra la fécula, sapo-,
Coleccionó las víctimas dentro de un gran frasco,
Y cuando el sol empezaba a despedirse en los
/pasillos
su irritante congestión desfavoreció a los
/concurrentes.
… Ebrios, los enanos danzaron,
riñeron, bebieron, vieron, se obligaron y ligaron,
el libro se incendió sobre los tejados,
no crece sino hasta el día siguiente el árbol,
y el niño recién saludado
bautizó con sus sustancias agrias
el dedo que cada quien hendía en su carne vinagre.

V

Nosotros dos éramos el más
oscuro yacimiento de palabras,
agua podrida de cualquier florero,
cóncava placenta de los vicios
que algún día llegaron envueltos
en una sábana blanca.
Efluvio de líquidos y sustancias
que lentamente, al pesado ritmo
de un reloj abúlico, se iban
destilando desde un rincón de la carne.
Símbolo muerto,
historia de largas conversaciones
en el césped de los campos tibios,
tonada de guitarra o sirena de barco,
soledad de barco que colgábamos
de un clavo indiferente al regresar a casa.
Llanto de mercurio en los pañuelos,
testimonio un hoja de no-llanto en los pañuelos,
sonámbulos en las noches del plenilunio,
cuando florece el acónito del viento
y en la mesa del vómito una botella espasmódica
refleja la luz de las bombillas.
En otras épocas nos ocupamos
de flautistas y acordeonistas
en orquestas mediocres,
tañimos las arpas arábigas
y el clavicémbalo en algunos conciertos,
fuimos conductores del arco en la viola,
del serrucho sobre los nervios
y tendones de los muertos en los afiteatros.
Acatados como enanos eufóricos
nos correspondió ser usados
como catadores de metales derretidos,
vinos secos, jugo prostático,
pomada sebácea, perfumes ignorados.

Reclamados más tarde por menesteres varios,
nuestros labios padecieron otros tormentos,
emigraron a un alfabeto de anémonas y algas,
ortofónicas sílabas de una palabra blanda
que se desguindaba pesadamente en la lengua.
Eludieron una canción cuando sobre la ciudad
se levanta de sus mantas un pesado monstruo

en el alba y en cada hotel la boca infame
del portero maldice la prolongada vigilia
de las prostitutas, el ámbito de alcohol
y nicotina vieja que recorre los pasillos e
/inodoros.
Nuestros labios se plegaron
y dieron residencia a un estigma
de sangre al que fuimos obligados
cuando un nuevo Poderoso
nos invitó a morder y visitar
el sexo de aquellos niños frescos
que dormían plácidamente en un azafate.
… como un ataúd, amargos insectos,
flagelos de noches padecidas
dentro de la esfera donde llora
su soledad una dulzaina,
los de cada cual era un par
de muertos que hacían la siesta
y se curaban de enjutos y suburbanos
recuerdos de formol,
mensajes de brea emitidos
a breve distancia de los frutos,
sicalípticas contorsiones
de viejas neumáticas o
adolescentes bailarines
contratados para las íntimas
sesiones en los apartamentos del amor.
Pero cuando yo me estrenaba una corbata
nos poníamos alegres.
Oscuros recuentos de nuestros viajes
en los tranvías,
la suma de las maletas de viaje
y sus sellos:
El vagón de cada ferrocarril
contenía una peculiar angustia.
… por eso tomábamos un bus a las seis,
nos ocluíamos en su fantástico corazón
que recorría eufóricamente la ciudad agonizante
los costados de cada parque,
las calles con un crepúsculo
de torres y avisos de néon y semáforos,
largos muros, verjas, ventanas cerradas,
postes y cables donde empezaban
a dormirse varios regimientos de pájaros…
Nuestra aguja marcaba entonces un destino.
A él peregrinaban, iban, se dirigían
nuestros brazos, mis bluejeans,
el humo de los cigarrillos
que iniciaban una ruta de sueños en sus labios.

… al término, una lámpara;
a ella se llegaba desnudando
el olor de agua de colonia
y jabones finos del baño,
hiriendo los cerrojos,
padeciendo la música y el ardor,
la virtual prolongación
de los dedos tirados a la briba.
¡El libro de la Cábala
y la Noche de Walpurgis!
Soplaban los vientos del Este
y del Oeste, El Simún y El Siroco,
los Alisios y todos los de
La Maldición y El Tormento…
¡Ah!, nosotros dos supimos
las leyendas que se enrumbaron
desde Transilvania hasta nuestros oídos
escuchamos las confidencias
de marineros y vagamundos
que tras el humo de sus pipas
y sus espaldas coloradas,
pisaron algún día
las playas de las Balsotas,
el agrio corazón de Corfú,
Sefalonia y Zante,
que trajeron un loto de Egipto
y una begonia pálida de Kabul,
una petunia y un cofre de chancros de Karachi,
camisas rojas
y sedantes
y revólveres de Nueva York,
de las desembocaduras del Amazonas
la fórmula del Cacao Sabanero,
y en sus labios algún inédito
vino de Burdeos
y una lámina de aluminio
en las lágrimas que brotaron
de sus ojos cuando fueron
castigados en los hornos de Detroit.

… sacerdotes en los ritos
nocturnos del amor,
navegantes de fétidos estanques
o piscinas bajo cuyas aguas
se inicia el reino de los minerales
y a donde desciende la voz
de las ranas y la última pata
del Gran Saurio,
oficio de chotacabras
y celadores de rosas de museo,
dueños únicos de hermosos objetos
de hojalata, coleccionista de
escrotos y árboles frutales,
revendedores de manchados y sucios
pañales de obsidiana, murciélagos
disecados, frascos inservibles,
bufandas de azul cobalto, o estrella,
usados filtros de amor, consolas
de diomate o plumas de importado iridio,
nosotros dos éramos cuatro muslos tibios
y desnudos, los muslos solamente
sobre una autopista de leche caminando,
andábamos a la birlonga por las calles,
entrábamos a las tiendas y almacenes,
comprábamos lápices de color y ábacos,
lombrices mecánicas y vituallas,
golosinas y confites anaranjados,
bengalas y escopetas de aire,
una flor para poner en su chaqueta de pana,
biombos de bambú para la canícula próxima.
Conocíamos las debidas aplicaciones
de la mano a la piel,
de la saliva a la garganta,
la residencia de cada ganglio,
el vestíbulo de todas
las glándulas que inundaban
nuestros cuerpos de viscosas
sustancias y líquidos espesos.
Pero de todas maneras
las colillas se consumían
en los tarros de basura,
por el bulevar el polvo
hacía pequeños recorridos,
tímidas moscas caían
o naufragaban o morían
en los vasos de leche que esperaban.
Y en el bar de los indiferentes,
el traganíqueles enseñaba
canciones para aquellos
que sin darse cuenta
lloraron un noche atrás
en un olvidado lecho,
cuando el llanto cumplió
años en su probeta y quienes
se amaban volvían
a sentarse en el parque.

VI

Por las terrazas caminan los niños,
no llueve hoy, las Vespas ruedan por Junín,
en las macetas las flores pronuncian su oráculo,
en el bar permanecen quienes danzan,
sus pechos de azúcar bajo la camisa roja.
Los hombres están tristes con sus manos en los
/bolsillos,
no me afeites, llámenme enseguida,
yo vivo en el distrito azul,
cerca a la colina, allí habita mi cuerpo de oso
/terciopelo;
desde la mansarda, cuyo detritus barre a la mañana
/el chambelán,
con mis ojos podridos contemplo el crepúsculo
/plagado:
-El cielo es de espuma de jabón, tiene hongos,
tú venías en la dirección norte-sur con un gran
/discurso anticipándose.
Los libros son de harina.
Harina y maní.

VII

Ha pasado delante de la ventana
aquel viento antiguo.
El santo se detiene en el cuarto de su hotel,
desviste camisas, se está beneficiando
del agua de colonia, los vapores, las sustancias.
El profeta, celoso de los hilos de su vigilia,
muy sencillo también ha desfilado ahora con su
/chaqueta
y en el triángulo viaja una música.
No será tarde, sin embargo.
Dos potros, una mujer encinta
y un arrobado adolescente de ojos negros y carne
han sido designados:
el vencedor prepara entonces su cuerpo
con líquidos de laboratorio, secundinas,
sales, embrión de ave, ácidos rebajados…

VIII

Oh, tú, monje que cueces los cadáveres
como una crema en el reverberante horno.
Otro lava sus ropas en agua de pozo o de fuente
-¡Aplauso del Coro!, ¡aplauso para el monje!
Yodo ebullicente y siemprevivas han sido
/barajados.
Vas con tus ojos hacia el Este,
no vienes, no vas, eres el Suspendido
mientras un niño duerme bajo las lechugas
y tus ropas son recibidas por el santo
y el viento deteriora la sucia ala del ángel
que cabalga desnudo por el sueño y las piscinas de
/nata.

IX

Rodio: mi camisa de espuma en la tarde eléctrica,
bajo los galápagos de la estación estéril
habrías de recitar un Himno.
(Aclaración en la iniciación del Canto:
-Las ciudades desnudará a quienes no lo escuchen,
Vuestra cabeza bajo los tranvías.)
O no Himno.
Purificación de los elementos
con el cuerpo desnudo bajo el cielo
-jugo de crepúsculo,
humores frustrado,
un caldo llovido que se desprende por las cúpulas
como un ojo asesinado resbala sus líquidos.
La chimenea del Hospital florece la solución
/ácida,
suena la flauta de los pisos, una mujer anuncia el
/feto.
Acto: defecar sobre las ortigas, el alquitrán, las
/aceras.
Tú habrías de escucharlo cuando apenas se iniciara.
Imbuido con sus palabras dentro de grandes
/escaparates,
la Galaxia cerniendo su aromático designio
sobre los patios donde el enano crespo asolea sus
/enconos
mientras tú vas con el huevo paseándote por la
/tarde,
muy arropado entre ese aire que te es propio.

X

Usando de sus pies, descendió.
Encontró niños que han sido violados, muertos.
En su mano habían dejado antes una flor
-la begonia de la infamia.
Se comportó tímido,
como siempre.
Antes muy bien habían podido advertirlo en el
/parque.
O mirando objetos en una vitrina.
O caminando sus zapatos
con ese estilo débil de su marcha.
Ahora todo se le esparcía confuso,
no acató a nada.
Un humo sobre cada herida,
el fuego de un deseo lamiéndole los labios,
y las palabras haciendo repicar los timbres
y su corazón momificado.

XI

Entonces a la fragua de un astillero colocaron su
/lengua,
con gases castigaron los ojos del cantante,
en su garganta consignaron un huevo huero,
con un cubo de petróleo lavaron su sexo,
lo obligaron a recitar una oda
en la nevera del anfiteatro,
para vengarse de su órgano auditivo
le empaparon de semen los pabellones,
y él –aún ejecutor-, dijo que en el aire navega un
/elefante.

XII

-Tales como se dicen continuación-,
fueron las propuestas:

1

Que suenen los pífanos en la oreja sorda del
/diácono.
Que el tranvía destripe perros, monedas, cestas.
Que el insomnio viaje por la ciudad, recubierto de
/su tufo.
Que laven el piso con caldo.

2

Que rellenen mi vientre de arena, hasta la
/garganta.
Que me trepanen el cerebro y quepa en él una torta
/de durazno.
Que asoleen mi sexo en un patio y sea profanado
/por enanos.
Que se crucen mis dedos con alfileres de cobre
/-hasta el mediodía.
Que injerten un tubo de radio en mi boca y una
/bocina de teléfono en el ano.

3

Que matemos los niños de la ciudad para que
duerman y se pudran en la caja de los pianos de
/cola.
Que no los maten.

4

Que nazcan los enconos en dos ojos.
Que vengan dos ranas a vivir en dos testículos.
Que peregrinen dos relojes y dos pulmones los
/reciban.
Que dos fetos escupan en dos orejas.
Que un feto cojo se pare con su muleta en la
/próstata y orine.

5

Que barnicen con perfume la piel del muerto. Amén.

 

13 poetas nadaístas. Medellín. Ediciones Triángulo. Hernando Salazar. Editor. 1963. Págs. 63-74.

 

 

Volver a La Casa de la Luna

 

 

 

 

HOME - Quienes Somos - Publicaciones Anteriores - Enlaces - Contáctenos


Todos los derechos reservados © Rinoceronte14.org