SINFONÍA EN YO MENOR
Por: José Ignacio Rojas López

Primer Movimiento

Hoy debía esperarla en el sitio de las esperanzas convenidas. Las reglas de la mentira siempre fueron bien definidas, creo lo que no se cree. Era una cita más a la que asistir, en tan pocos compromisos no representaba sacrificio alguno, mis planes era inexistentes, la vida un marea que se retira… de esa forma la cita había sido planeada. En medio de marea, existía la ilusión de darle fechas a los movimientos, podría así pensar que el hecho de esperarla y que ella caminara a mi encuentro pudiese significar que estaba vivo, que el terror de moverme tenía un propósito. Amor…como puede sacarnos el espasmo una promesa tan falsa, a pesar de la cual me levantaba pues la razón, en la libertad de mis sábanas tampoco prestaba ninguna ayuda a las preguntas. Intermitencia, evanescencia, por lo menos era real el fulgor de un rayo de piel en el trasegar dudoso del tiempo, en el crecer irremediable de mis uñas sin un propósito, en el expandirse del universo con el extenderse de mis cabellos sin que eso pueda calmar la sensación de la inutilidad ni de cuerpo. Pero habían otros cuerpos, entre ellos el de ella, que formaban intermitencias, evanescencias como marco de un teatro de espanto que observaba callado desde una banca del parque en que se cruzaban la calle de siempre y la avenida de cualquier parte, de todas las ciudades que son pobladas, de todos los mundos que giran, de los astros que gravitan, lugar de los encuentros.

Ocupación de fechas en el calendario, procurar…mi espera no era diferente a las de los que allí estaban sin falta: los atareados en su descanso y los atareados forzosamente aprovechando el cruce de las intenciones de unos con la necesidad de otros, afluencia para darle algo de ocupación a sus destierros. Espero, pero en el centro del parque ocurrían como el hambre o como el sueño, festivales de acrobacias de mediano riesgo, pájaros que adivinaban un futuro siempre mejor, dulces tardes de dulce rosa inflado, caminatas en familia, caminatas solitarias, juegos soldados a las estructuras de hierro por la imaginería de monos alados, ocurría una actividad viva que respiraba a sábado… en mi los anhelos surcaban nuevas posturas, mi estado me hacía sentir como una abuela de luto en la feria, como una tonada barroca en medio del circo romano. Tres fotógrafos Polaroid se disputaban en el centro el tráfico de clientes con sus manos agitando siempre una decolorada foto antigua, la sonrisa Da Vinci de una pequeña Monalisa anónima en su olvido, modelo irrepetible, envidia de todos los padres orgullosos que veían sus propios monos tan posiblemente bellos. Antes de salir al marasmo bajo el sol, a la calle impiadosa, escuché en la Caja de Pandora que en dos años el papel fotográfico para sus cámaras instantáneas dejaría de ser producido, aquellos que habían llevado el oficio a sus cumbre se lamentaban en detalladas entrevistas, con muestras gráficas de su trabajo y de su elevada técnica, de la próxima pérdida y de su necesaria migración a nuevas metodologías que tendrían que descubrir en sus estudios de las colinas; mientras tanto se preparaban adquiriendo tres años de inventario para sus expediciones desahuciadas sin remedio. Para los dedicados de mi parque no era así posible, todos escondidos y no informados; poseía poesía de destrucción en mi, el silencio de mi boca interrumpido era capaz de la destrucción de todos los buenos días de antes, de detonar las caras largas de la tarde, las tertulias, reuniones analíticas de gremios abultados, mítines de protesta, las discusiones acaloradas de los sindicatos exigiendo una reubicación de su esperanza, lanzarían sus cámaras a los autos, haría barricadas, se generarían desordenes, correrían por las calles entre gases… no pasaría nada. Hoy yo podía sumergir sus tedios expansivos de mañana domingo, su dormir profundo y sus cuentas de futuros económicamente probables en la turbulencia de la incertidumbre del fin de los pequeños tiempos. En mi espera de hoy delictivamente disfrutaba imaginando que en algún lado se maquina el final de los míos, se acabarían las plumas, los lápices sería guardados, un nuevo decreto prohibiría el pensamiento, yo que sé. Hoy conservaría el silencio en mí permitiendo que el destino camine a pasos cortos, yo como semi dios mediocre, pequeño y cobarde, sin ser la causa de ninguna desgracia, veía el lento acercarse de su irremediable naufragio. Llegaría el día en que el último paquete de papel sería vendido en la última tienda y que la última foto sería tomada sin previsión posible, sin anuncio ni ahorro probable, no sería yo el instrumento para contrariar la llegada lenta del momento… no tenía el valor para aceptar las consecuencias terribles de la acción. Pero esa larga noche llegaría a las casas llena de decepción y de tinieblas, y los recuerdos de buenos días de abundancia, días de cien fotos y de entusiasmo en los parques cuando no había muchos en el oficio, días en que la gente se tomaba fotos serían contados alrededor de mesas desinteresadas por la sabiduría de los viejos héroes que llenaron platos y con sigilo guardaron algo para sus secretos placeres. Pensé en los oficios inútiles, en los que ya no son, en los abandonados por la técnica, en lo que se olvidaron con la obsolescencia de sus máquinas, en lo que encendían las lámparas de gas en las calles de ciudades y que murieron maldiciendo la electricidad. En una espera sensual era irremediable que previese un destino no diferente para mis afanes, por ello sólo me refugiaba en la esperanza de jugar a los abrazos fugazmente en cuanto ella bellezease en mi a pesar de mi mismo. Todos los oficios acaban sumergidos en la velocidad de nuevas alegorías.

Me entristecía la fe de los enanos en sus procedimientos al mismo tiempo la ilusión de algo hacer permitía el olvido de nuestro olvido, de la soledad de nuestra velocidad, una obra aunque una foto fuera le permitía a los inútiles perpetuar su testimonio de presencia, de unicidad. La acción era una disculpa para justificar el nacimiento al que fuimos sometidos, el propósito del reloj es su utilidad, su tic tac pavoroso, nuestros cuerpos no dan la hora. La providencia nos acoge para buscar un oficio y ser propicios; no solo la fe en el hacer si no la fe en que el hacer nos hace únicos. Sólo queda la irracionalidad como salida, la belleza como guía.

“Descartado por el albedrío,
sobrante alucinado de big bang, soñador maquina de vocabularios, directrices,
nuevos banquetes ordenados sin apetencia.
Desteñidos arreglos de teatro de marionetas.
Razonamientos de elefante enfermo, que quedan atravesados por cauces sin sueño;
belleza esquiva para el idiota durmiente. ¿Para qué despertar acaso?”

Miraba dilatado con esperanza los futuros parques desiertos y los objetos sin uso descansando en las cómodas amargas donde reposan las melancolías de mejores días ante el pálido rostro de cualquier inútil presente, de cualquier ocaso con remordimientos, cámaras, herramientas, manuales de instrucción. Pero no contaba con el ingenio de la nueva raza, nacerían sin duda nuevas formas de pasar la tarde y de que el caudal de todos los días encontrara pulcros regocijos, nuevos empleos, elaboradas máquinas de fe, era preciso mantener la ilusión. Te espero en medio de las olas, aún mientras divago y en tu abandono me obligas a sumergirme en las ondas circulantes de hombres espejeantes.

“El antiguo cronos tocaba sus arpegios de dura indiferencia
tic tac presurosos en un desierto de sal sin memoria
la amplitud prevista de juegos eternos
en los que no apostaba la devaluada esperanza
retraída y reclasificada como pecado menor
la belleza anónima de las derrotas sin intención
fraguas dulces, ruinas sagradas.”

Segundo Movimiento

Cada banca del parque era una escafandra sin gotas con vista a un océano superfluo de consciencias aburridas y ocupadas. La cama de anoche, en la que La Loca dormía escondida en la distancia insalvable del no cruzarnos, la misma cama en donde grababa notas secretas en forma de pájaros como posibles cuentas de días de condena, nuevos amores, poemas cifrados en su insalvable distancia de serme extraños, era hoy mi tribuna de tedio; una banca de parque era el sitial que me elevaba a juez sin nombramiento, sin ceremonia ni dignidad, sin potestad pero sin embargo en ejercicio, con atribuciones de inquisidor pero sin poder para prender fuego a cuanto veo y ver arder conmigo abordo las naves sucias de las expectativas. Recuerdo como un relámpago en Lautrèamont “solo ser el amante desposado de un tiburón hembra” o algo similar, necesitaba la maledicencia de un asesino perfecto que ejecutara las órdenes ante mi imposibilidad para la acción sincera. Todo era un buen trasfondo para una espera amorosa, para una cita sin entusiasmo, para una mentira que se aguarda. Y sin embargo ella llegaría sin anuncio en su descensión.

“Cabria hablar de noches blancas, de medianoches iluminadas, de zenits sin bruma;
llegaría subrepticia a encajarse en las hondas limítrofes de mis cavernas,
en mis llamadas amargas a concierto que después del tercer timbre sorprendían con miríadas de meteoros en tonalidades rosa,
de orquídeas en danza de diástole y sístole, de desórdenes
en calma para manipular los resultados de un esperado delito.
Atar los verbos completos a su cadera ignorante de palabras…
te espero en medio de las olas.”

La escafandra tenía sin duda una linda vista: Quienquiera, cuando no era un obrero presuroso, paseaba la carne de su carne con renovada alegría exhibiendo su capacidad para perpetuar sus genes, transacción en la que regaló al pequeño un labio inferior largo y grueso imposible de cerrar y la astucia rumiante de un mamífero mayor, una estupidez congénita que tendría “tanta descendencia como arena el mar” en cumplimiento de promesas sucesivas renovadas en el destierro; siempre existiría hielo barato en sábado para alimentar sus regocijos, “bienvenido a casa”, “hoy hará un día soleado”, “te quiero”, “mañana iremos al cine”, “una comida más”, “que bueno estaba todo”, “hasta mañana” plurales hablados por lémures encerrados en madrigueras seguras, ausencia de raptos mitológicos, arpías eliminadas por la razón con el paso de los siglos, seguridad que permite que desde entonces el regreso al hogar sea más amable que en los campos de trabajo del faraón. Hoy y aquí, a diferencia de la disponibilidad de hielo de sabores todos los sábados en el parque, todo sigue igual desde que ese mismo labio inferior largo y grueso imposible de cerrar inició su camino en cualquier noche ebria de Abraham. Los derechos universales del alumbramiento me sorprendían por su democracia equivoca; no era sólo Quienquiera con su mono alado, eran los vientres de miles de piernas que se mantenían listos para más alumbramientos, todos prestos a la iniciación ritual de cócteles amargos, para más mitosis aceleradas; las aceras pululan repletas de máquinas de hombres y de hombres en busca de máquinas de sueños intermitentes, siempre engañados por el tiempo, por la pérdida repentina de la memoria, por el olvido súbito de las consecuencias en una gota de sudor, en unos labios abiertos, en unas medias bajas; insinuaciones de privilegios en noches largas de ebriedades concupiscentes, desconocidas por mi ascetismo; el vértigo del juego en su eterno riesgo de perder o ganar descendencia sin saber muy bien lo que se busca ganar o perder; la democracia ingenua de la cópula que engaña con sus umbrales y obliga a la especie a perpetuarse a pesar de si misma a cambio de una maravillosa bagatela con más sentido que todo el dolor futuro de alumbramientos indeseados, detonantes de nuevas posibilidades de multiplicación endémica, exactamente igual a los patrones de enfermedades contagiosas, con la única diferencia de que las últimas no se multiplican para aniquilar sino para perpetuar el sinsentido de una suma sin resultado.

“Ellas cuidaban de los siglos envueltos en sus párpados de mantis;
guardianas saqueadoras de los secretos de un cielo prometido
que bifurca sus palabras en juramentos y decepciones,
siempre engañando a los que tocan a la puerta mística,
al umbral de las esperanzas que descorazonan los nacimientos aún sin nacer…
es preciso gritar como himno de batalla en músicas románticas, “retornen a sus vientres generaciones futuras y socaven las tumbas para escalar las carnes hasta el principio mismo de los umbrales, remontar todos los vientres en regreso del tiempo a través de sus acordes, al origen preciso desafiando los pliegues; cuestionen a Eva su osadía temeraria al aceptar del cielo el don eterno de esta dolorosa división y toda la vida posterior en los pastizales.”

Todo eran fantasmagorías de las que mi voluntad formaba una parte indivisible, más inaudible por cierto, todo sigue girando. Constituido por los mismos patrones inciertos, por los mismos tejidos blandos, por la misma química primitiva; adivinado in situ por predicciones de estrellas, clasificado en bibliotecas con cada uno de mis vicios separados por capítulos que culminaban en hipótesis para posteriores complementos, mordido por los ojos de mi máscara ritual. Mi humor de hoy sería solo una manifestación de mi antiguo vicio de teatralizarme-nos: “misoginia aguda con posible degradación de las funciones vitales”, Teatro del que yo mismo soy un mal extra; nunca pude creer en vivir según las enseñanzas y los buenos consejos acumulados en generaciones de buenos vivos con mi mismo apellido, he estado dedicado a maldecir haciendo pinturas rupestres en la paredes de una sala en renta e invitando a picnic nocturnos a queridos ausentes que aún no conozco; todo en secreto, muy cerradito en mi galaxia de máscaras, muy apretado en mi escenario de bailes un dos tres de pasos claramente definidos; Aún permanezco escondido, en mimetismo sincrónico con las enseñanzas y las reglas, de lunes a viernes aprieto bien la corbata que anuda mis gritos por debajo del pecho y por encima de mi estómago, muy bien sentado en donde no se corren riesgos, donde no hay muertes ni tragedias, donde nada se pierde y donde nada se gana, donde nada se gana eternamente. Aún el diagnóstico es “reservado” con astuta prudencia, tal vez por la vanidad de sentirme perseguido, vanidad de predecir un terrible abandono generalizado si se supiera la verdad de mis pensamientos, tal vez por el deseo de fabricarme una prisión de soledad revestida con tiendas de seda en medio del mercado persa que me rodea. Los pasos de todos, incluido yo mismo, no eran más que golpes de remo sobre un barco anclado.

Todos eran disculpa para dirigir mis decepciones consteladas a la cara de nadie, creía seguir un libreto de frío pero calores más fuertes que mi decepción anegaban mis fosas. Calma, ya casi llega la hora de partir, de partir a la aniquiladora indiferencia de las acciones de rutina…buscar que comer…buscar que dormir. Hoy no era el día para hacer poemas y agradecía, que luego de la función gratuita de teatro ella me hubiese prolongado en su olvido, en su no asistirme con su connotación de salvamento. La mentira debería seguir aguardando; hoy no sería el día de nuevos abrazos, y la pequeña probabilidad de jugar a los besos y engañar la muerte tendría que posponerse hasta nueva voluntad de la asesina.

“Y sin embargo te aguardo,
sin mi razón presente y sin ganas de que llegues,
primitivo con mis pantalones, anclado a tus instrucciones,
satisfecho de tus indicios.
Mil palabras se me ocurren para reprocharte y agradecerte
mientras mis anhelos se estiran como la piel de un dinosaurio
sobre el tambor ritual de las llamadas,
como una señal de humo en un día de completa niebla.
Te espero en medio de las olas.”

Sin tragedia y sin esperanza renovadora el día-tarde era ahora un sino sinuoso, un río seco; ahogaría la expectativa en ilógicas fruiciones posibles o en insultos desencadenados dirigidos a la serie infinitesimal de pasos que pasean en la acera de acero, vaya un balbuceo mi pensamiento, y sin embargo balbucear era la condición que me imponía esta partitura de miles de consciencias ocupadas en desplazar sus intenciones, en correr para llegar a sitios que justificaban las prisas pero que no le daban el sentido a los pasos fungidos sobre la herrumbre indelicada de las necesidades.

“Una gotita de agüita
Perforaba las sienes
De un enano bonito
Que cantaba canciones
A un cielo cerrado
En forma de oraciones
De idiota estrellado
Perdió la razón
Inventando una estrofa
Y la gotita cumplió la misión
… una cabeza rota.”

No solo yo anegaba mis tardes en la simpleza de los cuerpos. Yo que esperaba la llegada del violento huracán compartía mis anhelos con La Loca que buscaba valiente la satisfacción de sus ardores. En la impudicia de su invulnerabilidad. Con sus gritos de batalla, con sus gestos amorfos y sus ropas eternas, sus nombres multiformes y sus colores aritméticos, esa misma loca cualquiera de los recuerdos fue en instante, al fondo a la izquierda de los fotógrafos condenados la última función de la tarde.

“Sabías muy bien en tu sabiduría ocultar los presagios;
escondías en tu nido de búho, justo en medio del hogar,
profecías reescritas en poemas que daban calor a los pájaros.
En el corto plazo serán esenciales
en el crecimiento de generaciones nuevas de cazadores.
Olvidemos lo escrito para reescribirlo con nuevas palabras
de sensibilidad renovada,
créame un lenguaje con que entender tus entrañas
Te espero en medio de las olas.”

En el observarla inventé probabilidades que balsámicamente apoyaban mi observación, una distracción inútil jugando en medio de la imagen, la loca sólo sabía de insinuaciones. Mi largo letargo se entretuvo, se diluía en la espectral procacidad con que sus harapos develaban su deseo sin sentido, y en como los asistentes reprochaban su conducta con insultos e indignaciones. Encontraba más fe en su desprevenida perversión, en su instinto de mamífero menor, que en todas las teorías que la ciencia vendía con anuncios de neón en las noches limpias de la técnica; era simio y reptil la loca con sus piernas apretadas sobre el dobles grueso de su falda irónica, piernas cerradas y abiertas, diástole y sístole de su herencia, palpitar de sus muslos; sin prisa rápidamente dirigía miradas licenciosas a los transeúntes sin escatimar esfuerzos en cubrir toda su numerosa asistencia: el hombre del perro, el vigilante aburrido, el heladero, el funcionario, el jardinero, un contador disminuido… todos eran blancos de su desesperado instinto que disparaba sin discriminación esperando una señal de asentimiento cómplice para escapar detrás de las miradas en el callejón subjuntivo que comenzaba donde terminaba la calle lateral del hexaedro que delimitaba el parque. No faltaría cada día un asentimiento oculto, algunas veces del hombre del perro o el heladero, que primero gritarían expuestos su indignación a la concurrencia bucólica, cartel esperado, para luego frente a los ojos de desesperanza de noches desveladas, de fríos de espectro, de razonamientos irregulares, de miradas primitivas susurrarle a ella sus secretos deseos, aquellos que no discutían en las mesas de todas sus noches en las camas todos de todos sus destierros.

La ley marmórea permanecía escrita para recordar los límites. Yo conspiraba en mi temor a los mandamientos, ella exhibía su valentía al olvidarlos.

No era sólo él o ellos, era el género que fabrica muros para vivir verdaderamente en sus quicios, que promulga las normas en carteles de mármol bajo estatuas de héroes o de símbolos en medio de los parques, lugares dignos para encumbrar el marco y poner los límites que permitían que se viviesen unos a otros sin mucha incomodidad aparente, y por eso el hombre del perro ejercería su procacidad con quien no podía decir ninguna verdad que fuera escuchada con atención, su locura la hacía ilegítima, él se escondía en el bastidor trasero de sus prejuicios. Pero la loca atendía con descuidada inocencia la reciprocidad distante, la diferencia de motivos, los abismos de las causas, y en el posible final que entreveía en mí discurrir ridículo-profético, se entregaba con una pulcritud de virgen, con una coquetería temerosa de púber a las aciagas formas que le imponía su oculto deleite, y en este acto anulaba sus universos y violentaba las puertas de sus prohibiciones, era de nuevo la razón aparente, dueña de la llave, invitada de honor a la mesa del bruto que engullía sus delicias. Se escapaba luego y olvidaba pronto, empeñada en gritar nuevas profecías, en iniciar su danza de sílfide en condena para ser observada por ignorantes ascetas como yo en mí delirar de mentira o verdad.

Sólo imaginaba los posibles cursos que tomaría el devenir de la tarde en las demás consciencias separadas infinitamente de mi conocimiento y mi certeza. El sitio donde conducían los pasos impensados, los ejércitos de pasos que enarbolaban espadas rotas por el tedio ante la ausencia de lo fantástico. Para mí ya no habría maravillas.

“Soy el resumen de las páginas amargas que consultaban los antiguos dioses
para crear las fuerzas extrañas de nuestras sensaciones,
decepción y tedio que salteaban los caminos de jueces si ojos y sin boca.
Nos lanzaron al tiempo perdido,
a la suma sin resultado de la existencia pavorosa,
de los desencuentros terribles, de los besos amargos.
Demiurgo en Sabath, como hombre buscaba mis noches de Walpurgis
encontrando sólo como consuelo las piernas abiertas de la existencia;
gravito como un gato alrededor del queso de la sabiduría
a la espera
de quien llegará
pronto en su propósito
mas termino en el plato de faraones como comida licenciosa.
Soy el terrible miedo, el vacío profundo de los vértigos.”

Tercer Movimiento

Todo lo que negué ayer hoy lo abrazo con fe “Solo se mentir”, hoy me despierto con el deseo infatigable de ser por un día un hombre de acción, tal vez dure mi impulso o tal vez al poner los pies sobre el suelo y el frío de tantos fríos toque mi dermis complacida, la determinación se esfume como el sueño que en este momento me empeño en recordar y que no recuerdo. Quisiera ser hoy un hombre entre los hombres, que soy ineludible que me niego testarudo en medio de la real futilidad de cualquier prisa. Hoy deseo olvidarme de mis dudas y renunciar al reino de mis especulaciones, quiero cerrar el ojo violento de la crítica que inunda mis fosos, quiero ser un hombre que camina y se siente satisfecho sabiendo que sus pasos lo conducen a alguna parte determinada, a algún sitio que llenará de regocijó su estómago de mamífero mayor; hoy quiero ser no una mirada que escucha atenta el desenvolverse de las causas, hoy quiero ser el desenvolvimiento mismo, todo un homosapiens en ejercicio de sus facultades para transformar el universo: quiero conducir un tren que atraviese ciudades, quiero anclar rieles que los transporten, servir comida a perros hambrientos, limpiar las cloacas de un batallón, poner las mesas en hoteles, conducir autobuses, cuidar jardines, poner herraduras a caballos enfermos, arreglar las líneas telefónicas, escuchar conversaciones, estudiar con calma los fenómenos físicos aún no resueltos, resolver un ecuación imposible, vender jabones en un baño público, eliminar las plagas, plantar flores jardines de abuelas, limpiar la ropa de hombres importantes, lustrar botas, ensayar un cuarteto solo, tocar una sonata, amputar un brazo, llevar mensajes, unir tuberías, construir carreteras, puentes, edificios, museos, cárceles, tumbas, templos, campanarios que anuncien las horas de comer, vías de tren, parques, mesas, sillas; quiero regresar a casa y sentirme cansado de un cansancio físico, del cansancio que sienten los que mucho hacen, quiero que mis manos revienten de apretar y soltar, quiero que mis pies palpiten de andar a rumbos ciertos, quiero que mis ojos se cierren en su imposibilidad de estar abiertos, que mi cuerpo demande el sueño, sin búsqueda, que no sea una espera que él sea un relámpago; quiero sumergirme en la fantasmagoría que critico para aliviar el dolor de ser, en medio de la ilusión de hacer, quiero conjugar todos los verbos en un día de vértigo, ser la acción misma y apreciar en obras de obrero el resultado de mis esfuerzos. Ayer, hoy, mañana me harto de esta reducción que sólo produce las páginas aciagas que a mi mal escribo, desprecio y amo mi contradicción, pero aún no veo la primera efigie de mi desolación, aún no veo una mesa de mi crítica, aún no he tocado con las pálidas puntas de mis dedos una pared hecha mi desprecio por los otros, aún no he besado con mis labios cerrados un vaso de mi desesperanza, aún no muerdo con mis dientes de oro un bastón plateado hecho de mis decepciones…y todo es fantasma y ensueño, y nada toco y nada siento, y cada razonamiento de elefante enfermo sacude los cimientos de mi alejada cordura. Soy material y aún no comprendo la sustancia de mis ideas, insustanciales pero ineludibles como una condena, aproximativas como un espectro.

Quiero ser el cobarde que desprecio más me desprecio por apreciarlo, continuaré en la purificación de este dolor irónico, en la risa silenciosa de quien sabe sin saber y que cree que el camino de su búsqueda es el conocimiento mismo, cuando este es tan imposible como el sentido, soy el ridículo que se esconde tras las cortinas para ser la burla de los comensales, así seré pues mis manos no fueron hechas para el uso, la primera negación de mi humanidad es dejar las herramientas sobre la mesa, determinado y sin memoria. Permanezco con mis pies juntos colgando del borde de la cama, se balancean como péndulos pero no indican el ritmo preciso de las horas, su balancearse no tiene la exactitud temible del tiempo. Los verbos se diluyen, soy el mismo de siempre y la duda, de nuevo la amable duda, se apropia de mis cuantos, de la maquinaria automática que me dirige al deber entre otros, del trabajo “liberador” de la amable cotidianidad, sueño de todos. Amo la inmaterialidad de mi crítica, esta condena creciente es referible a ser parte del juego aciago de buscar en la conjugación la liberación del vacío, todo finalmente es encerrado por él para quienes ven más allá de los límites de sus actos; prefiero cien años de dolores, ser un mito más del eterno castigo y que el buitre de la duda roa mi estómago reconstituido eternamente que caer inconsciente en la ilusión de los días. “El fantasma de la razón produce monstruos” como escribiría Goya, soy una mala repetición de otros dolores lejanos; una referencia al pasado sólo me confirma la repetición del sinsentido y la inutilidad de mi voz que a pesar de ella misma habla sin hablar nada distinto de lo ya escuchado por tantos oídos.

Habrá que escapar en la locura, habrá que perder el sentido, habrá que buscar una promesa, una idea fija que desborde los límites de la cordura, hay que crear en el bullicioso desierto de los hombres una fortaleza de silencio que recuerde las enseñanzas de la arena. Aunque sea ella misma otra clase de inconsciencia de los días, una ilusión diferente. La única vía serán entonces los sentidos, el arte y la sensualidad, el poema o la pintura, las brazos abiertos y las piernas estrechas, bellos pero qué son acaso si no intentos más dignos de superar la muerte que abraza desde el nacimiento los pies sin uso de quien caminará por instinto; habría que hacer un voto de quietud y silencio, una anulación material de los deseos, me siento absurdo al llegar a tocar el budismo por el camino de la decepción, sería buda un santo o un escéptico cansado y con poca suerte con las mujeres como el dueño de los pies de péndulo, yo menor.

De cualquier forma hoy conjugo el verbo resistir, mantendré este cuarto solitario guardado por mi rabia como la última posición, como la última atalaya defendida por un soldado sin mando, esperando órdenes que no llegaran desde el inaccesible e incomprensible estado mayor; la adorno con sobriedad, la sobriedad de la inacción y el cansancio contradictorio del deseo de no pelear ninguna batalla pero mantener las armas en uso frecuente. Soy un nudo contrariado, redundante. En las paredes no cuelgan trofeos de caza ni armas antiguas, soy un guerrero advenedizo sin instrucción, pero el valor de mis brazos está presto para romper los cráneos de quien toque a mi puerta con un domicilio, con una cuenta, con notificaciones, solicitando favores, con correspondencia importante, con nuevos productos, con nuevas religiones, necesitando favores, generosidad, ayuda, hospitalidad, serán sus corneas comida de cuervos; los que no vienen, los que esperan por mí en los sitios que debo ocupar deberán continuar su larga espera, no asistiré a las mesas servidas en mi nombre, la silla que debo ocupar en la oficina bulliciosa permanecerá vacía y los que aguardan el resultado de mi trabajo gritaran con rabia su indignación por mi manifiesta irresponsabilidad, oficinistas argumentaran los perjuicios ocasionados por el engranaje roto que permaneció en cama, pedirán castigos ejemplares y buscarán con azadones, hogueras y bastones la puerta que conduce a mi atalaya para reclamar con justicia la restitución de sus derechos violentados por mi quietud no anunciada, inesperada, heroica; la familia reprochará mis ausencias, reclamará el pago mensual, desterrará mi nombre de sus comidas, no seré nombrado más en lo sucesivo por el Padre, y los relativos apoyarán la decisión seré el silencio incómodo en medio de los tejidos; quien me sirve sin falta en el restaurante, me dirigirá sus insultos por la comida corrupta hecha para mi, reclamará su paga, se unirá a la turba con azadones y hogueras buscando la puerta que conduce a mi anatomía para reclamar con justicia la restitución de sus derechos violentados por mi inasistencia no anunciada. Espero con ansia su llegada, será un festival de sangre y espanto, una batalla en el corredor estrecho que da al ascensor, defenderé la posición con sillas, quemaré las plantas para evitar su paso triunfal, las lanzaré mis ropas, gritaré insultos a sus madres y a las madres de sus madres, les hablaré del vacío y de la desesperanza, inventaré historias de infidelidades que harán discutir a los empleados armados, hablaré de sus vergüenzas, seré el rumor infecto, develaré inmoralidades de oficinistas que harán retroceder a los contadores asustados al ver sus jefes espantados, revelaré la pederastia del dueño del restaurante que se esconderá con sus armas sin usar detrás del vestido de su amante, revelaré los secretos de mi padre y la inmoralidad de sus hermanas que regresarán a la sala de la abuela sin mencionar el incidente. Defenderé mi Atalaya con la verdad de las miserias y permaneceré quieto en la condena de serme en todos, en espejear con sus mismas músicas, en saber que pertenezco con mi condena y mis ansias a su mismo género y que mi batalla no es más que una ilusión sin norte.

Pongo los pies sobre el suelo, y el frío de tantos fríos me revela el motivo de mi valentía… hoy es domingo y nadie me espera en ningún sitio, la oficina permanece desierta, la mesas no han sido servidas, el restaurante cierra para dar un descanso a sus ocupaciones. Hoy es el día de la liberación conjunta, no habrá batallas, el despertador dejó de sonar porque así estaba previsto, mi mimética cobardía permanece anclada a mis pies, sólo soy un barco sin velas que te espera en medio de las olas.

Cuarto Movimiento

Regresas a mí como leitmotiv terrible de tus movimientos premonitorios, aquí a dos pasos de mi cama blanda impregnada de tu perfume, recodando tu mirada dura. Evanescente en sueños de prohibida amargura te filtras en mis espacios, con una fisonomía gaseosa, inescapable que se difunde tomando por asalto los lugares donde le fue prohibido entrar. Y te ves en el riesgo como una montaña terrible que se desmorona mientras el montañista camina de puntillas a su cima; me regalas un promesa de sima, y te busco para llenarte con el ánimo de crear un lago en la llanura en cuya profundidad se aviste una nueva biología aislada, una evolución paralela de las sensaciones. Has sabido romper tus promesas en la cara de mis esperanzas creando el suelo fértil de mi literatura corrupta, en tu nombre, en tu nombre de hierro como la puerta que cierras perdida en el sueño; sigo siempre aquí bajo la lluvia balbuceando antiguas historias bajo el alfeizar, esperando en alguna hallar una palabra oculta y sabia que destruya los goznes pesados que la sostienen. Soy un juglar que repite en condena sus mitologías imaginarias, con la esperanza de que se transfiguren en la carne blanda de tus secretos, en los encajes reales de tus medias nunca sueltas. Gaseosa, evanescente, sólo puedo hablar de aromas porque solo eso de ti tengo y en ellos fabrico mis esperanzas, un cimiento sólido para mis edificios de ensueño. Ya no recuerdo tu nombre ni tu cara, te perdiste en una infancia remota, que solo terminó ayer cuando creíste que favorecías mi futuro destruyendo mis textos no escritos, los esbozos de mis planes para recorrer tu columna y coronarte insurrecta. Y de ayer nada recuerdo pero te siento inscrita, y sin saberte te nombro en tu vaporación que se desprende de las manos con las que te escribo. Primitiva, arquetípica, ahora eres como un reflejo que se dispara cuando respiro y te veo lejana pues también olvidé las señas que conducen a tus casas, y la ciudad es tan grande y para recorrerla necesitaría las piernas que te llevaste contigo, las de los paseos a la luna que nunca dimos, las que nunca se enredaron a las tuyas. “Come”, “Bessez-moi”, aprendo lenguas para llamarte en todos los tonos y todos los tonos retornan sin la respuesta. Pero soy feliz, porque te amo y aún no te conozco, escribo reclamando un encuentro…te espero en medio de las olas.

 


 

 

 

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