En Berna
Relato
Por: Juan Fernando Palacio
A Nury Marcela Jiménez Alzate
Acaricio tu mejilla lenta, muy lentamente, para que despiertes sin que sientas que hubo transición, para que los sueños que tengas en el momento dialoguen suave y abiertamente con la luz, se envuelvan naturalmente en ella y en las conversaciones y en todo lo que siga; tal vez así consiga engañar a tu consciencia de la vigilia lo suficiente como para que en algún momento de la tarde estés insegura sobre si estás dormida o despierta, y sospeches entonces -como debe hacerse a menudo- que la vida es un sueño. Estás acurrucada en los asientos de enfrente. Hice guardia las tres horas que tardó el tren en llegar a la capital. Mientras tú viste criaturas extrañas en tus sueños yo vi globos enormes dormitando en el aire y una chimenea humeante tan grande como la de la planta nuclear de Springfield. Sabías que no te perderías de nada si te quedabas dormida, porque yo te lo contaría todo, y que era mejor descansar un poco, recuperar energías, ahorrar energías. Ya abres los ojos, al siguiente instante lo rebobinas todo: domingo, serán las nueve de la mañana, juzgando por la velocidad en dos minutos estaremos bajándonos en la estación de Berna, la ciudad elegida para la visita de todo el día. No elegida porque sea la capital, o la más grande, o la más bonita, eso último no lo sabemos, tal vez no lo sepamos nunca. Elegida simplemente porque sí, absoluta arrogancia autojustificada. “¿Berna? –Sí, Berna –Listo, Berna!”... y así, sin consultas previas en Internet o en la enciclopedia. Así como nos gusta saber qué lugares pisamos, de vez en cuando es bueno dejar que los lugares nos sorprendan.
Mapas y guías en la oficina de turismo, libro de historietas en el puesto de revistas para recordar a la ciudad con un libro del estante y porque algún día de la semana entrante hay que seguir estudiando alemán. Salimos de la estación (de “la gare” [gar], te digo yo, porque jamás dije “estación de trenes” en español, porque jamás he tenido la buena suerte, que al parecer tú tendrás primero, de “montar en tren en español”. Yo no paro de utilizar involuntariamente el extranjerismo y tú no paras de recalcarme que soy un fantoche exhibicionista que corro el riesgo del ridículo, también ríes de vez en vez, y no sé qué tanto de tu comentario es crítica y qué tanto burla dulce; mas creo que al final eso no tiene importancia: las nubes son tan nubes, el jugo de naranja tan jugo de naranja, los croissants de chocolate tan croissants, las manos son tan manos, la piel es tan piel, que lo demás pierde cualquier relevancia).
Salimos, pues, de la estación. El cielo azul es ideal para un domingo del fin de la primavera y el comienzo del verano. Berna en su reposo dominical. Las legiones de turistas japoneses que invadirán inevitablemente la ciudad como langostas todavía demorarán en llegar, nosotros los primeros, la ciudad desierta pero intacta, como Varsovia antes de los bombardeos soviéticos.
Casi intacta. Medio casco está en obras y en restauración. El camino al Parlamento es por calles de mallas, de varillas y de escombros, y andencitos cubiertos para los peatones. Los andamiajes de la restauración son en metal y en madera, firmes como si los hubieran levantado para dejarlos ahí dos décadas. Huele a madera, a madera fresca, intensamente. La próxima vez que sintamos el olor a madera fresca vamos a recordar éste, el día en que vinimos juntos a Berna.
La primera foto que tomamos es la del Parlamento “empaquetado” en un embalaje raro, como si se lo fueran a llevar a alguien de regalo. Pocas oportunidades tendremos de venir a Suiza, y justo a ellos les da por empaquetar el Parlamento, digo yo, y tú me dices que la foto del edificio debe estar 50 veces en google mientras que la nuestra es de veras original. Caminamos otro poco, buscamos el centro de la “península” del mapa para bajar por la calle central que desemboca directamente en el puente Nydeggbrücke, es decir, la que primero se llama Marktgasse, luego Kramgasse y luego Gerechtigkeitsgasse. Qué calle más hermosa, amplia, adoquines y edificaciones de no sabemos calcular hace cuanto. La luz que tiene, el color, son fantásticos; fantástica también la pequeña curva que hace y por la que da cierta apariencia de ser interminable. No sabes si creerme que es la calle más linda que he visto; pensarás, con alguna razón, que todo se debe a la magia del momento, y a que los turistas japoneses apenas están saliendo de los hoteles y de la estación.
Concierto de campanas a las diez.
Llegamos a la casa donde vivió Einstein (Einstein Haus Bern). Nos quedamos mirando, la puerta, el marco, el número, las escalitas, luego las ventanas donde él y su mujer sembraban flores en primavera, la baranda donde ponía sus manos. Qué personas vería pasar Einstein desde esa ventana, qué personas lo habrán mirado fijamente, reflexivamente, de abajo a arriba, con mano en la frente, como nosotros dos miramos ahora. Seguimos camino, nos detenemos ante las puertas del templo católico de Pedro y Pablo. Dos ancianitos entran, y entonces entramos nosotros detrás. Tan hermética es que de afuera no pudimos adivinar que en el interior había misa y que un órgano medieval inundaba de estilo y de mística todo el recinto. Flores de colores pintadas en la parte superior de todas las naves. Nos quedamos sobretodo por el órgano. Tenemos recompensa: para cada corte de la ceremonia tenemos una nueva pieza, que casi todos cantan. Voz ronca y antigua la del órgano, y lo mejor es esperar la parte final de cada pequeña melodía para lograr medir con exactitud la longitud del eco que se forma. Buena misa. El momento de la comunión está organizado como si fuera el rito de iniciación de una orden de caballería. El órgano detrás, penetrante, anulando toda nuestra desconfianza. Adoraremos el dios del templo que sea, con tal de que los ritos los acompañen de una música así. Ceremonia acabada. Vamos directo a Nydeggbrücke que el río nos espera. Sol radiante, pero viento fuerte y fresco, que se siente mejor cuando cerramos los ojos, en el puente.
Concierto de campanas a las once.
Tú que un parque, yo que el museo. El parque. Así que vamos a Bundesgasse, frente a la iglesia de la trinidad. Lugar ideal. Los patos del laguito se habrían comido de mano nuestra el pan que se nos endureció en St. Gallen. Nos acostamos sobre la sombra, sobre la hierba, a reposar los primeros cansancios de las piernas. El descanso se vuelve una siesta improvisada. El parque, luz exacta, exacto lugar para mirar tus ojos, que me gustan tanto, que jamás sabría dibujar si lo intentara, flamas en las que uno se ahoga.
Paul Klee Zentrum subiendo la montaña de enfrente –donde estaba El ángel olvidadizo, su obra más bella–, y cuando bajamos a ver los osos nos cruzamos con el Tour de Suisse, y el primer ciclista que vemos pasar es Victor Hugo Peña, en sincronía con nosotros, como lo es todo. Los osos están grandes y gordos, tienen mirada de abundancia tranquila, se volvieron muy hábiles para atrapar en el aire los trozos de manzana que lanzan los turistas. No sabemos si en las noches se aburrirán de estar en su loft de ciento cincuenta metros cuadrados pero lo que es seguro es que de día se sienten cómodos.
Luego, Historischen Museum, el otro polo. Ese fue el que más disfrutamos, sin duda. Lanzamos flechas y lanzas como experimentados cazadores de mamuts, repasamos las artes de la construcción romana de arcos, y griega de columnas, y aprendimos a levantar piedras al mejor estilo del Stonehenge. Jestz, ich kann ein Man von die Stone Age sein (Ahora ya puedo ser un hombre de la edad de piedra) digo, y todos nuestros colegas del Stonehenge se mueren de la risa, justo como si un japonés hubiera dicho con español malo “CoRombia, pa-ís boniiito”. En el interior del casillo, del museo, vemos más cosas, de todo lo que hay siempre, que las armaduras, que las armas, que las herramientas, los vitrales, las imágenes, los santos; uno pasa medio malicioso, medio fresco, medio curioso. Bueno, excepto sobre las doce pinturas de “La danse des morts” de Nicolas-Manuel Deutsch, que seducían, que atrapaban como la hoz de la Muerte misma.
Ya son más de las cinco cuando nos echan del museo y llevamos apenas la mitad de la exposición sobre Einstein a la que se entraba por la escalera de los espejos. Salimos. Casi todo consumado ya. Última visita al centro, concierto de campanas a las seis, y visita al puente Kornhausbrücke para completar la triada principal con la que cubrimos la península, con la que demarcamos y damos cierre a la visita. Cuando estamos sobre el puente mirando los trenes que pasan al frente, pareces contenta, de este viaje que hacemos juntos. Sí, los dos estamos satisfechos. Berna seguirá siendo más grande que lo que vimos, pero la visita no fue en vano de ninguna manera: nos regresamos a St. Gallen robustos. Robustos de Berna, de Berna en primavera, nos regresamos. Diez horas irresumibles de conversación, de miradas, de párpados que se abren y se cierran, diez horas de exploración, de risa, en Berna.
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