MEMORIAS
Por: Balthus

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Mi infancia feliz, protegida por unos padres cariñosos y atentos, el contacto con seres singulares, poetas y artistas fueron muy instructivos para mi vida de pintor. En el fondo todo viene de ahí, de esa mirada y llena de dulzura que debes tener para que pueda darse la pintura. Tuve la suerte de ser educado en un ambiente muy culto y refinado. Mi padre, Erich Klossowski, era un aficionado ilustrado, un historiador del arte, un pintor y un crítico sagaz. Entre sus amigos había marchantes de arte famosos y descubridores ilustres como Wilhelm Uhde, que puso de moda a Rousseau el Aduanero y también a Picasso. Tengo un recuerdo muy nítido de un viaje que hice a los cinco años con mis padres a Provenza. En la conversación rondaba una palabra que retuve y ya no olvidaría nunca: Cézanne. Cézanne… la palabra se pronunciaba como un talismán, como una contraseña, como una fórmula mágica. Luego comprendí por qué, cuando tuve edad de descubrir su pintura, que de inmediato me pareció muy nueva y con esa capacidad de llegar al secreto de las cosas, lo mismo el de la manzana que el del paisaje.

El ambiente artístico que había en casa me animó muy pronto a pintar.

Ver a mi madre hacer unos bosquejos tan bonitos y unas acuarelas tan finas no fue ajeno a mi determinación, a mi disposición natural. Para ella fue reconfortante la presencia de Rilke, con el que mi madre vivió después de separarse de mi padre en 1917. A partir de 1919, fecha de su encuentro, Rilke se preocupó mucho por mí. Yo acepté sus consejos, su vigilancia, a pesar de que añoraba mucho a mi padre y a veces sentía hostilidad hacia Rilke o resentimiento hacia mi madre. Acabábamos de pasar una etapa difícil, desde la declaración de la guerra. Exilio en París, estancia precaria en Berlín, todos nuestros bienes confiscados, mi padre estrechamente vigilado porque las autoridades le consideraban un polaco subversivo, luego separación de mis padres, Berna, Ginebra con mi madre y mi hermano Pierre, vuelta a Berlín en 1921…

Esa vida errante y de exiliado me hizo conocer la pobreza y aprender que la mayor fortuna era el aprendizaje del arte en compañía de los maestros que iba descubriendo, los antiguos, Dante, Wang Wei, y los modernos, ya conocidos. Bajo su férula sentía una gran afinidad, aprendía a unirme a ellos, a seguir su camino. Fue así, poco a poco, como empecé a dibujar, a pintar, a escribir esa novela china por la que Rilke se mostraba tan interesado.

Rilke, su ingenuidad natural, su mirada de niño, la transparencia de su poesía y el refinamiento de su pensamiento me ayudaron en mi vocación. Estaba convencido de que la pintura sería mi camino, la senda de mi verdad.

Las cuarenta estampas de Mitsou, mi gato perdido, prolongadas por Rilke, fueron mi ingreso a la pintura. Y mi padrino no era un poeta cualquiera…

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Durante el servicio militar leí mucho a Henri Michaux, del que me había llevado varios libros. Ese era el cariz de mis preocupaciones y mis orientaciones poéticas. Los poemas y los textos de Michaux son travesías del espejo, La noche se agita, Las aventuras de M. Plume, deseos de pasar al otro lado, viajes imaginarios. El tiempo de Chassy es lo que es a consecuencia de mi lectura de Michaux. No solo estaba la tentación del paisaje, de su eternidad, sino también el afán febril de cruzar espacios, tiempos, estar en el roce de alas de ángeles que permite acceder a la realidad de los sueños. Al movimiento secreto de las cosas y los seres.

En realidad nunca busqué ese trato con los sueños. Se impuso a mí. Pero quizá viniera de muy lejos, desde cuando mi madre le decía, de palabra o por escrito, a quien quisiera oírla, que yo era propenso a "apartarme", a mantenerme "al margen", a los linderos, esos balancines que permiten pasar de un salto al otro lado.

Intenté hacer en pintura lo que Michaux, por ejemplo, probó en sus escritos más tarde. Yo intentaba transcribir el espacio del sueño, sobre todo con la materia, el empaste, la luz en el empaste fino y débil, las transparencias. Hacer sensible el lienzo con el estado flotante, podría decirse, de los personajes, darles una suavidad tal que parezcan inmateriales. Hacer que el lienzo restituya las vibraciones secretas, internas, a las que está sometida la soñadora. El oficio, el trabajo del pintor que no me canso de ponderar, me resultan indispensables para llegar a traducir esos estados. Tienes que sentir el paso del tiempo por la calidad mate del gesso y el flujo de la vida, el jugo que lo recorre. Tiempo y vibración del tiempo. Espacio de dentro, del otro lado del telón, como diría Michaux.

No hay nada que interpretar de lo que se dice sobre el cuadro. Nada que decir, al fin y al cabo. Puede bastarse a sí mismo. No hay códice ni diccionario. Los sueños prolongan la historia vivida en el día. En el estudio. Acceden a la realidad del cuadro y se imponen con su inquietante extrañeza. Sin recurrir a ningún análisis.

Barcelona. Editorial Lumen. 2003. Págs. 90-91 y 100-101.

 

 

 

 

 

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