EL ÁNGEL DE BALTHUS
Por: Antoni Tápies
A Balthus lo he imaginado como una de esas naturaleza angélicas, enigmáticas y fugaces que, de vez en cuando, aparecen y desaparecen de nuestras vidas, en momentos inesperados pero oportunos. Le detecté por primera vez viendo sus ilustraciones de Wuthering Heights con los adolescentes deliciosos y perversos que publicó Skira en la revista Minotauro a inicios de los años treinta. Y emprendió enseguida su vuelo por los registros de mi memoria, quizá en compañía de otros ángeles que también me alentaban con su dulce presencia. En su ingravidez no alcancé a tocarle materialmente cuando, con Teresa, mi esposa, y el poeta Jacques Dupin y la suya, quisimos visitar a Villa Médicis de Roma donde Balthus se alojó como director de la Academia de Francia. Por sorpresa nuestra, quien nos abrió la puerta de aquel palacio no fue Balthus sino nuestro común amigo Jean Leymarie, su sucesor en el cargo, el cual nos contó que mi ángel hacía pocos días había emprendido el vuelo, aunque, eso sí, dejando un espléndido rastro de su paso por aquellos vetustos salones y por los famosos jardines que en su tiempo sirvieron de modelo a Velázquez.
Gracias a Leymarie hoy conocemos mejor y amamos más a Batlhus. Y su compañía nos es cada vez más deseada.
Se me escapó de nuevo, esta vez por los espacios de aquella Scuola de San Giovanni Evangelista de Venecia, que antaño decoraron Carpaccio y Gentile Bellini, donde Balthus me precedió en unas exposiciones que nos organizaron en el marco de la Bienale. Cuando llegué él ya no estaba. Y tuve que conformarme otra vez soñando en su dulce compañía angélica. Hasta el día en que un misterioso poeta-mensajero, venido del Japón, me trajo una carta suya dando testimonio de que aquel rumor de alas que Balthus dejaba en mi espíritu era mucho más que un sueño y que nuestra simpatía mutua era muy real.
La llegada de Balthus y sus primeras grandes obras maestras a los escenarios del mundo del arte –estoy pensando en La rue de 1933-1935, en Les enfants de 1937, que enseguida adquirió Picasso, en el retrato de Joan Miró et sa fille Dolores de 1937-1938, en La montagne de 1935-1937, en Le salon de 1942, en La chambre de 1952-1954…, y en tantas otras- es evidente que no sólo sedujeron a algunos artistas de mi generación sino que han conseguido trastornar muchos de los criterios que la crítica de postguerra entonces dominante tenía de la modernidad.
Fueron unos años duros e incluso doloroso para los creadores difícilmente clasificables, en un ambiente de polémicas entre grupos excesivamente uniformados. Algo he dejado escrito sobre todo ello pues, un poco más tarde, yo mismo sufrí esta sensación de no encajar demasiado en ninguna parte. Y más de una vez me ha consolado pensar en un artista independiente como Balthus, que sabe estar por encima de las querellas excluyentes entre antiqui y moderni o, lo que es más ridículo, entre fotopintores y abstracto-pintores.
Balthus sabe que lo importante del arte, como se refleja siempre en las grandes obras de todas las épocas, es que estimule la vivencia de la Realidad Esencial y la reflexión sobre el Misterio y los grandes temas de la existencia humana. Que para ello ciertamente es necesario que los medios, formas o imágenes utilizados por el artista sean adecuados a cada momento histórico. Pero que, situados en ese nivel, para el artista aquellos medios pueden ser muy variados, y que cuanto más personales, más inventivos y más auténticamente sean vividos mucho mejor.
Por eso Balthus lo logra plenamente insistiendo en su mundo, con su introspección más íntima, con sus visiones y recuerdos, a veces sabiamente ingenuos, a veces tremendamente cultos, que en ocasiones incluso pueden parecer episodios de una libido muy particular pero que, sin duda, son fermentos que nos conciernen a todos. Y nos lo comunica con un lenguaje muy refinado y amplísimo, con una herencia que va de Extremo Oriente a tantas sutilezas del quatrocento italiano. Pero que, sobre todo, es fruto de una espontánea inclinación por realidades y bellezas no convencionales, por las más inquietantes maravillas de un cierto primitivismo, por su vena intuitiva popular y hasta humorística a la manera de los cartelones de feria y viejas enseñas de posada rústica.
Curiosamente, con este lenguaje que algunos pueden considerar arcaico y hasta marginal, Balthus se sitúa ahora en el centro de tendencias que parecen muy actuales. Porque si bien es cierto que su arte, como nos comentó una vez Federico Fellini, es un gran “portador de historia”, no por ello representa cualquier historia, ni mucho menos es un ritorno all´antico –así en bloque-, según quisieran quienes desprecian los valores surgidos de la nueva visión del mundo que se elabora en nuestro siglo. Su figuración, por ejemplo, no tiene ninguna relación con la sola copia de lo que ven los ojos a la manera de tantas toneladas de viejos “realismos” academicistas. Sus citas históricas son muy selectivas. Y siempre deben considerarse en función de muchas reivindicaciones puestas en circulación precisamente por las vanguardias que liquidaron la esclerótica pintura académica. Lo que también hace Balthus es no caer en la trampa de quienes confunden sistemáticamente las vanguardias con fantasías gratuitas o con formalismos abstractos sin sentido.
Balthus nos enseña –y seguro que es aquí donde se origina nuestra simpatía- que la vivencia de la Realidad Esencial y del Misterio que el artista desea estimular no es la de un mundo sacralizado aparte, sino la de una condición sagrada que se halla en nosotros mismos, en nuestra propia naturaleza, en la magia de la vida toda –es decir, la vida y la muerte-, incluidos los más mínimos detalles cotidianos. Una vida, en fin, donde la verdad es que hasta los ángeles, como el ángel Balthus que da título a estas líneas, son seres humanos, amigos queridos de carne y hueso que nos acompañan en nuestros ideales y en nuestras angustias, en nuestras alegrías y en nuestras tristezas.
Texto tomado de la exposición: Balthus en el Museo Nacional de Artes Reina Sofia. 1996.
Medellín. Galería La Oficina y Quinta Galería. Exposición de Balthus. 2000.
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