LIBRETA DE QUEJAS (Fragmento)
Por: Inés Posada
“Es el silencio lo que nos da miedo.
En una voz hay rescate.
Pero el silencio es lo infinito
Sin cara”
Emily Dickinson

Bailarina. José Luis Ruiz.
1983
Octubre 11
Hacer la soledad,
hacerla,
rehacerla,
aligerar su espacio cotidiano
con células visibles.
Sangrar la soledad,
acometerla
allí
donde una sola palabra es evidencia,
gesto de miedo
acto.
No decirla,
no.
Nunca decirla.
Hacer la soledad,
hacerla
como se hace el miedo
o el amor.
Hacerla…
Octubre 31
Siempre que me aproximo a un sentimiento interno, a algo en mí que no cesa de atemorizarme, no hallo la palabra exacta –si la hay- que me sirva para tranquilizarme, la que me sea caricia, la palabra del gesto de la ternura. Es eso y mucho mas lo que espero del lenguaje, eso que llena, eso que sacia una soledad que me explota. Así, parafraseando a De Greiff: ‘rebosante de tácita soledad2’…rebosante ella, llena… ella es ‘insuflación’ (así se dirá o no, pero lo es).
Habría que inventar el nombre de cualquier sentimiento que siempre nos será desconocido. Decir hueco de la pesadilla, mejor, agujero donde la pesadilla se hace real. Y al decir real, sigo nombrando pesadillas con los ojos abiertos, con el cuerpo abierto. Eso es la soledad.
Eso es el miedo.
Habría que hacerlos verbos; habría que ‘conjugarlos’, conjurarlos, con-jugarlos, romperlos… sol-edad hecha trizas, apenas fragmentos, algo que sea posible hacer. Asir, hacer, doble juego, oscuro pasadizo de la lengua que juega a los sonidos de los nombres. No sé por qué, -o a lo mejor lo sé demasiado- se me aparece Alejandra Pizarnik. Se me parece a la soledad, al transcurrir… edad… al aparecer, al parecer… trampas de la palabra, trampas del lenguaje que calla el sentido más oculto de lo que suena. Paradoja: lo más profundo es la superficie, ‘lo más profundo es la piel’… ‘tu mas profunda piel’… “la soledad es no poder decirla…”3 allí detrás del nombre. ¿Para qué expresar soledad, s-o-l-e-d-a-d., para qué si no se sabe, si no se puede decirla?...
¿Qué, allá en el fondo? ¿Dónde el fondo? –lugar donde solemos colocar todo lo que se nos escapa. Es como un cuarto –así lo imagino- algo como un desván –que también debo imaginar pues nunca conocí ninguno, salvo por esta hoja que me sirve para guardar palabras; este, mi desván- se que está lejos –los cuartos siempre lo están- y sin embargo siempre lo tengo a mano, siempre lo encuentro –es decir, siempre que lo nombro- ‘El fondo’…(creo que no existe)… nada toca fondo. En realidad nada toca nada, (sólo es cuestión de fondo)… recurso del lenguaje, siempre está ahí… el fondo. Tan cerca que permanece al alcance de la voz que lo nombra; allí… sí, en la voz, quisiera inventar un lenguaje. Crear palabras, para ver ‘sólo por ver’, si algún día puedo creer en ellas. Tan cerca, crear-creer, que siento que sólo creo en lo que creo.
¿Y por qué me suena a doble sentido este lenguaje que conozco? ¿Por qué creo que sé lo que digo, que lo entiendo, que en esa frase la palabra eco, la hago girar, la doblo, la separo de otra que es su ‘vivo retrato’, su doble… la repliego, cada parte se acoge como otra, una sobre otra, una bajo otra, hasta que cada letra, cada sonido esté seguro de coincidir…
…si pudiera pintarlo…
Doblo lo doble… ¿será verbo?... redoblar, recrear, recreer, redoble, redoblo… así infinitamente como espanto como no tener salida, no fondo, ningún lugar que no sea superficie lisa que recubre cada palabra, espacio en blanco sobre el que cae una voz: sólo sonido y dibujo, sólo voz y mirada y…
Todo se me escapa cuando digo todo-se-me-escapa, en el lenguaje que fluye, en lo que confluye a prisa cuando una palabra sigue a otra que sigue a otra que sigue…
Si no me alcanza este lenguaje, ¿por qué la necesidad de otro propio, de otro donde sea yo la que construye palabras en las que definitivamente pueda creer? ¿Por qué creer en ellas?
¿Por qué esa necesidad de decir algo como: ‘sobreficie,cumbresol’?... recuerdo a Paz…la multitud y su oleaje, su multieje… su multialud … sobre la pobredumbre, la multiola… el olasol en su soltitud…4
Un mi lenguaje, una palabra mía, no como propiedad o posesión, sino como gesto, como creación, como algo que me dé pertenencias, una arista que me detenga en su filo antes de caer al precipicio que deja –allá en el fondo- un sordo sonido de ebullición de palabras, palabreo ensordecedor, agudezas y tonos al unísono donde ninguna palabra tiene sonido propio o textura. Donde ellas se sacuden o danzan al ser lanzadas desde su origen al filo de lo que va surgiendo (su cumbre espumosa de signos…)
Y yo, espectadora de esa esponjosa, de esa acuosa realidad impenetrable, sin tocar nada, sólo observar cómo se juntan o se separan, cómo se atraen unas y otras, sus nombres que se alían aunque sus raíces (no sé llamarlo de otro modo) tendrían que oponerse…
…No se muy bien a qué me refiero… tal vez a ‘apagar la llama… o la sed’… a ‘prender el fuego… o la mano’…. Algo así… o la palabra decir, silencio, palabra.

Bailarina. José Luis Ruiz.
Altura
atadura
atardecer
que reverdece
altivez de la tarde
atisbo
lo que arde
tizón o fuego
cumbre o ala
es aire
es viento o lumbre
claridad que da visos
que son gestos
visión de desfiladero
cuchillo y luz
lo tenue
y lo que se hace sombra
nombre
pesadumbre.
Abril 12
Silencio vacilante…
¿Qué es el silencio?
La poesía es más silencio, mas vacilación que asomo o palabra silencio en tensión que lanza una palabra siempre nueva porque es imagen; imagen verbal, imaginación.
Se abre el silencio, se derrama en innumerables pliegues, en innumerables nombres… otra realidad.
Hoy siento necesidad de escribir que siento necesidad de escribir. La escritura me sobreviene, me tensa, me hace temblar cuando quiere ser dicha.
Mi cuerpo se sostiene sobre un aliento pesado, una respiración cortada, húmeda… mi mano se pone a vibrar, a girar; son sus gritos, sus pequeños gritos que la sacuden y, entonces, hasta la parte física de la escritura me es difícil, me es dolorosa. Me duele –físicamente- escribir una palabra. La mano se pone torpe, lenta, pesada. La grafía es como una desgarradura, un músculo contraído y las letras no se dibujan con la calma de antes. Siento la escritura más físicamente, más corpórea, más nervio contraído… y estas palabras tienen que significar otra cosa, otras muchas cosas, porque en estos estados la palabra no ‘dice lo que dice, sino otra cosa’ que se me escapa, que me fluye distinta. Aunque muchas veces no sepa con certeza sino con certidumbre lo que poemo, cuando escribo esto, así, ni siquiera reconozco y se lo físico de mi escritura… es como un aprender de nuevo a escribir con la torpeza de la niña. Es un balbuceo pero sentido en la escritura…como el primer hombre o la primera mujer pero en su infancia; la infancia de la infancia del hombre.
Aprender a escribir cuando se sabe ya hablar… y siento en la piel la diferencia entre esas dos palabras: la dicha, la pronunciada y la escrita…
Digo fácilmente la palabra escritura, la digo sin tensión, sin dolor… y escribo la palabra escritura con miedo, con abismo. Y son diferentes… son demasiado diferentes…
Con una diferencia orgánica, una diferencia en la piel de cada una, en cada poro, en cada erizamiento, en cada vaso.

Bailarina. José Luis Ruiz.
Escribo con miedo. Pero un miedo distinto al del poema que se acerca a decir el miedo. Hoy es miedo de decir, es silencio de decir, es soledad de decir. No es nombre, no es hablar la soledad o el miedo o el silencio… es silencio de hablar, silencio de miedo, silencio de soledad… juego de palabras, pero juego peligroso, juego doloroso. Soledad de silencio, soledad de hablar, soledad del miedo… desazón, desasosiego. Insistencia, mirada…
Miro mi letra… y ese posesivo me espanta… mi letra… tiembla, se demora, se deforma. Es desapacible, desarraigada, triste, pero quiere continuar, como cuando uno es tocado por algo, cercado… como un miedo de infancia que se acrecienta, que se agranda y toma posesión , domina, insiste, tiene que decirse.
La ortografía es una herida. Se me olvida cómo se escribe una palabra. En el doble sentido, de ser escritura, es decir poema, y también es decir grafía, es decir escritura que se dibuja.
Y esta no es una página en blanco… es mano en blanco, verbo en blanco, creación en blanco…
Podría escribir una carta…Eso lo sé… eso sí lo siento, siempre que no hablara de mí o para mí. Una carta convencional: “estoy en cualquier parte, he hecho esto o aquello, saludos, qué hay de ti…” y nada diferente…
…debo tener el pulso agitado, el pensamiento agitado, la vida agitada, la mano agitada.
Una alteración. Ni siquiera puedo coger bien el lapicero o redactar correctamente… (ese verbo ‘coger’ no me gusta, no quisiera escribirlo, pero no encuentro ahora, ya, aquí, otro distinto…)
Hace sol, (por decir cualquier cosa), (por decir escribiendo cualquier cosa). Es un día claro, luminoso y estoy escribiendo esto de mañana. Ahora que lo escucho me doy cuenta que casi nunca escribo de mañana. De mañana respiro, huelo, toco, pero no escribo. Ese es un oficio nocturno. Un oficio no. Una ceremonia de sombra. Una ceremonia dadora de vida, dadora de luz para la penumbra de la mano, del ojo, del espejo. Para el oscurecimiento que es el que me deja ver los otros lados, los otros matices de la palabra o de la realidad o de la noche. Escribir es un oficio lunar, creo, cósmico, universal, en diferentes sentidos. Porque se vuelve universal, es decir humano, es decir: decir humano porque es cosmogonía, nacimiento, porque es aparición del universo, porque es lunar, astral, orgánico, estelar…
(…estaba revolviendo, agitando una soda, y eso mi mano lo hace tan bien. O encender un cigarrillo, o acariciar… sus oficios los conoce tan bien, pero escribir se le está olvidando, al menos por ahora. Se le está olvidando conocer, mirar, oír. Y a veces pienso que pueda ser un aprendizaje; apenas comienza, recomienza, reinicia).
Un nuevo verbo: ESCRITURAR. Yo escrituro, tú escrituras, ella (mi mano) escritura… y es una coincidencia que la conjugación justa de la mano, de ella, sea escritura. Una paradoja o una broma que me hace, o una evidencia de primera vez, de primera mano, cuando descubro su verdadera conjugación en mí. La mano ESCRITURA.
Podría seguir con otras conjugaciones… la vida escritura, la realidad escritura, la noche escritura y… siempre la conjugación será de tercera persona. Yo escrituro, tú escrituras, ella escritura, nosotros escrituramos.
Es ella en mí que escritura. No yo. Y todo esto que he dicho tanto en mis poemas, al hablar de ella, de la otra, de sus palabras que me dicta, era también una forma de hablar de mi mano, y de su escritura… y la mano también de ella, la otra… doble juego de lo doble que siempre siento. Doble también, cuando escritura.
Este descubrimiento me está calmando como una compañía, un abrazo o una mano que me aprieta. Me está acompañando y ya no me pesan tanto las palabras… ya la mano no es tan torpe o tan lenta cuando escribe. Es otra agitación más leve, más suave. Mi mano conoce su oficio; me conoce a mí y a mi escritura y su escritura. Algo así como un reencuentro, una reconciliación temporal a través de este lenguaje que hemos escrito.
(Cuando se escribe se está poseído. Hay una fuerza, una fuerza real que empuja… Una “concurrida” soledad)
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Y, ahora que siento que las palabras no me son tensas, no me son difíciles de graficar, ya no sé qué mas decir, ya no tengo el ‘impulso’ verbal. Esto que digo ya no es muy mío, es un excedente, como para afirmar mi primer aprendizaje actual, como una práctica o un ejercicio manual. Una caligrafía. Escritura. ESCRITURA. Escritura…. En orden, minúscula como mi letra. Mi letra que recobra su tamaño y sus perfiles…
Mayo 9
Hoy debería tener algo nuevo qué decir, algo nuevo qué decirme. Alguna palabra debería agitarme, quitarme el sueño, desvelarme, develarme… y sin embargo siento un vacío como de primera vez. Ni siquiera una escucha. No siento ninguna tensión (de esas insoportables) sino más bien una necesidad de escribir cualquier cosa. Copiar algo, dibujar palabras cotidianas, usuales… pero una necesidad sin riesgo, sin urgencia. Tal vez sea sólo una forma de recuperar una costumbre, una función orgánica –que es en mí y para mí la escritura- si no escribo, no funciono, estoy enferma para la vida… no puedo comprender si todo lo que vivo cotidianamente, lo que leo, lo que escucho, se está ‘alquimizando’ allá, en el lugar de origen de mi poesía (… no sé si ella está tomando nota de todo lo que vivo para transfigurarlo en poesía).
Vuelve a dolerme la mano y escucho un murmullo exasperante. Murmullo interior, murmullo exterior, como en una lengua extraña que no logro aprehender.
A través de estas notas intento –siempre- una cura.

Bailarina. José Luis Ruiz.
Julio 14
Un desierto de luz.
Sólo un desierto para mi voz que se contagia
de luminosas coincidencias.
El terrible aumento insaciable de lo nocturno,
acelera mi vuelo de caracol,
mi incendiado cristal de ortigas
en la gigante arista que me afila, que me rasga.
La noche testimonio de mi creciente ceguera,
de mis tácitos dedos,
de mis vacilaciones lacerantes.
La noche de pulsos de animal afiebrado.
La noche de cuchillos
La noche tensa.
Cuerda cerebral que invade territorios azules,
territorios donde una voz alcanza la estatura del miedo,
la soledad del miedo,
su superficie.
Cuerda volátil para iniciar el canto.
Insomnio vertebral, insomnio lúdico, lúcido, iluminado.
Agosto 1
Cuando leo a Alejandra Pizarnik, deseo intensamente recuperar mi escritura; siento que yo sabría escribir, que tengo muchas cosas qué decir en mi poesía, con mi poesía.
Siento su lucha (que en alguna medida es también mi lucha)…
Las palabras… “¿Por qué no dije del agujero de ausencia?...” 5
Yo siento que podría decir del agujero de ausencia, pues ese es el que siento cuando escribo ese terror, ese horror…
Lo que más me acerca a ella y su escritura es el miedo, y como ella dice: “con el modelo adelante a fin de no equivocarse”…6
Quiero escribir el poema del miedo, ese sentimiento que me produce, porque sé que el miedo es demasiado humano. Mi amor hacia la poesía es tan intenso que siento que podría morir si no regreso a la escritura… pero hablaba del miedo, quería decirlo, quería sentirlo en cada fibra, en cada letra. Y es que mi amor a la poesía es ese miedo (…Es ese ‘cáncer’ que tengo de ‘ascendente’…) respiración psíquica: miedo-esperanza, miedo-esperanza… inhala, exhala, miedo, esperanza…
Ella es ese nombre que busca
es esa posesión,
es una
y esa palabra que se pierde y su angustia.
Intento escribir una palabra que rehuye, que tendría que ser algo como ‘cascajeante’, como cascada y estallido. Fusión de agua y fuego.
Quiero escribir ahora mismo un poema breve, un poema-frase que me conmoviera hasta hacerme llorar del éxtasis de la vuelta a la escritura…
“Tú no sabes el nombre de lo que en mí quiere romper, de lo que quiere verdear a la luz de mi sobra proyectada por el espacio de mi página en blanco.
Estas palabras fueron escritas hace quinientos años, hace quinientos sufrimientos, hace golpes, laceraciones, estallidos, deseos. Estas palabras se disuelven como piedras tocadas por un silencio en tensión, un silencio que desborda sus signos alambrados. Un silencio que me crece, que me deforma, me aísla, me enmudece, me calla.
Estas palabras afiladas que me lanzo me desgarran, me disuelven. Son el balbuceo inicial, el sonido de algo que se ignara, algo que cae y regresa roto, desmembrado, desarticulado.
No puedo hacer el poema del cuerpo, el poema digital. No puedo dirigirme a mí sino como a una pérdida, a un fragmento de espejo que me proyecta fragmentada, trizada.
No hay calor en mis palabras, ni tono, ni temperatura, sólo un desahucio, una llamada de desalojo.
¡Eh!, allí, abandonen el sitio, dejen lugar de respirar, dejen espacio para una visión.
No deserten, no cierren las compuertas, no permitan que se clausure la entrada al laberinto.
¡Eh!, ¡flotantes!, ondulaciones rosa, excrementos de piedra estéril, de áridas aristas.
¡Eh!, Allí, no se crucen en ese vértigo de nada, en esa galería que es siempre rincón, siempre cuarto cerrado, espalda, murmullo, vacilación.
¡Eh!, ondulantes. ¡Eh!, ocultantes, matrices del espanto, conversaciones para una poesía ciega, para una escritura que se ciega.
Hay que ordenar el desván, hay que ponerle rótulo a las puertas, desempolvar esos gemidos que cuelgan de la lámpara araña. A ese cangrejo azul hay que colgarle el cuello sobre la boca del espanto. Tenemos que tapiar el escenario, desprendernos la piel, hacer pedazos de escalera para subir, para ascender, para gritar más alto.
¡Eh!, trasnochadores, verdugos del insomnio, tenemos que incendiar la casa y golpear a la noche y que se abra, de par en par, de ojo en ojo, de viento en huracán, de espuela sobre el lomo de una garganta que alguien está tejiendo.
Enciende las velas, fugitiva.
Purifica su esperma criatura de cristales nocturnos. Afila la palabra, tómate de la voz y condúcete hacia alguna salida. No importa si es el salto. No importa.
La única alternativa tiene que ser un borde, una hoja que cae, un paraje solitario para el canto. No aúlles todavía a la noche, satélite del miedo. No descubras cerrojos como si fueran llaves.
Cierra, cierra, cúbrete como la tierra; florécete como la tierra; desemboca, estállate, dánzate como una loca alegría, como una música metálica de armonías en tono alucinante.
Vaga poesía. Palabra todavía húmeda, recién húmeda, tocada por mil instrumentos acuáticos, mil fiebres.
Poesía herrumbrada, musgo y arena. Musgo y arena. Vórtice o acantilado, todo a punto, todo a romper, todo a descomponerse como el ala de un animal enfurecido que corta el viento, lo corroe, lo desintegra. Voz de murciélago. Voz de ciega. Voz de la noche.
Enciende las velas, fugitiva, acógete, alúmbrate a fuerza de mirar la celeste noche.
Recógete, criatura de claridades interiores, de evidencias a primer golpe, a primera llamada, a primera llamarada.
Humeante sílaba, derrite el territorio de la mirada, calcina con tus voces más tenues cada distancia.
Haz la señal. Que tu voz se descubra, que tu silencio sea tocado, sea trastocado.
En ilimitados roces está tu cercanía, tu deslumbrada apertura hacia esa región de voraces sueños, de aterradores sueños.
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