EL TERROR A LA IDENTIFICACIÓN
Por: Maurice Blanchot
Lo propio de una voz así –su poder de encantamiento y de fascinación- es pretender hablar en nombre de un acontecimiento inicial, hacia el que, si supiéramos seguir su llamada, nos retornaría de tal forma que de repente, con una claridad liberadora, en una evidencia capaz de hacernos temblar, creeríamos descubrir el primer paso que ha orientado nuestra vida: el proyecto original por relación al cual podríamos recuperarnos aceptándolo a fin de mejor revocarlo. Gorz, también él, padece esta fascinación y, a final del libro, en una repentina luz que es la arremetida de la revelación, se topa por fin consigo mismo, reconociendo con sorpresa lo que no ha cesado de estar en condiciones de saber: la actitud primera que, para él, ha organizado a todas las demás es el terror a ser identificado. Ese es el punto de partida: el terror profundo, constante, de ser identificado por los demás con un yo venido de los demás, el rechazo, por temor adherirse a ese yo extraño, de todo yo, después el rechazo de todo carácter, la recusación de toda preferencia afectiva, el alejamiento de todo gusto y de todo hastío, la pasión de una vida sin pasión, sin naturalidad, sin espontaneidad, la repugnancia a no decir nada que no sea neutro por no decir nunca más u otra cosa que lo que se dice, finalmente el silencio, el terror de asumir un papel y a actuar, la evasión hacia una existencia puramente inteligente, siempre ocupada en deshacerse de ella misma, en desidentificarse.
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Confesión conmovedora. Es decirnos que no logra aceptar la palabra inauténtica, que es, sin embargo, todo lo que habla cuando “se” habla. Al n haberla aceptado, ni incluso quizá experimentado, logra salvarse de ella, lo que deja la experiencia indecisa. Es, creo, el problema del nihilismo, del cual no sabemos si su poder está hecho de nuestro retroceso ante él o si su esencia consiste en ocultarse ante nosotros: es decir, siempre planteada, depositada por la cuestión misma del rodeo.
La risa de los Dioses. Madrid. Taurus Ediciones. 1976. Págs. 189 y 192.
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