EL TRAIDOR (Fragmento)
Por: André Gorz
Para eso sirvieron sus primeros años de mortificación y de soledad: le dieron la oportunidad de ir hasta el fin de sus complejos y descender hasta el fondo en la conciencia de su culpabilidad y de su nulidad: le permitieron comprender, no el origen traumático de su actitud, sino, en virtud de la situación empírica a la que ella lo sensibilizaba, ciertos aspectos fundamentales de la condición humana, a saber:
-que cada conciencia está sola frente a ella misma;
-aquello que es, es el lugar de reunión de una infinidad de sentidos posibles, todos igualmente injustificables y gratuitos, y no tiene ningún sentido en sí, sino el de no tenerlo;
-sin embargo, esta verdad de que el ser no tiene sentido, que es gratuito y de que todas las visiones del mundo son, por tanto, al mismo tiempo, injustificables y verdaderas, esta verdad, no tiene ningún privilegio; en tanto que es, ella también, a las relaciones interhumanas de relatividad y de culpabilidad.
De estas primeras verdades, se puede extraer una infinita gama de consecuencias. La que él extrajo es representativa de su actitud profunda y de su situación de entonces. Hela aquí:
-Cada conciencia es una nada batiéndose contra la plenitud del ser; la única conclusión lógica a extraer de este hecho sería que la conciencia debería aniquilarse en esa nada, a fin de dejar ser al ser. Ahora bien, ella no puede destruirse, su mismo esfuerzo por ser la nada que es la que perpetúan como conciencia, la dirigen contra el ser con una intensidad dramática y profundizan su separación de él. Consecuencia: la existencia es contradicción y toma conciencia de esa contradicción no permitiendo nunca resolverla, pero revela la conciencia de ella misma como “falta metafísica” contra la plenitud del ser.
Moraleja: es necesario crucificarse por esa falta, sin esperanza de expiarla, sino a través de la muerte.
Cada conciencia es la verdad, pero en tanto su verdad excluye, necesariamente, todas las otras verdades, es decir, es singular y finita, también es culpa. La conciencia total sería aquélla que abarcaría todas las verdades y no dría preferencia a ninguna. Pero esta conciencia, lejos de superar la culpabilidad de su finitud, la llevaría a la cima, pues cada conciencia pretende erigir su verdad en absoluto y la conciencia total, relativizándolas todas y no eligiendo ninguna, las rechaza todas. Haciendo esto, conduce al absoluto su verdad particular (es decir, que ninguna verdad es preferible en sí a otra). Esta debería, pues, volver a entrar en el círculo, renunciar, a su vez, como verdad entre otras. No podría hacerlo más que anulándose. Pero, al anularse, anularía también su afirmación primera acerca de la igual verdad y error de todas las verdades particulares, cada una de ellas tendiendo al absoluto. Esta conciencia total, que se confundiría con la indiferencia total (o con su propia disolución), es necesaria e imposible al mismo tiempo. Su necesidad funda la exigencia filosófica. Su imposibilidad, condena a la filosofía al fracaso. Moraleja: la única filosofía válida es aquélla que demuestra su imposibilidad y se sume en el silencio. A esta demostración, bajo la forma de ensayo y novela, está dedicado desde 1942, soñando con demolerlo todo, para, por último, demoler esta demolición en sí misma, de suerte que estando todo dicho, nada haya sido dicho, al fin de cuentas.
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Esto era, para él, la actividad de escribir (de escribir no importa qué, provisto de un pensamiento abstracto nacido de su pluma y de lo vivido encarnándose cotidianamente en palabras que todos conocían): manifestar el mundo, en su contingencia, como lo que estaba de más; entablar proceso a la inautenticidad de los otros (es decir, de todos) que representan la comedia de la esperanza y se engañan a sí mismos creyendo en alguna redención próxima; después, habiéndolo contestado too, contestarse a sí mismo. Sueño de hacer bomba que al explotar destruyera todo, hasta a ella misma. Nada, más que un poder universal de negación encarnada, al mismo tiempo que rechaza toda encarnación: en sofismas, contradicciones poéticas, pequeños poemas en prosa que hacen naufragar el sentido en el no-sentido, la palabra en silencio. Había algo más aún: él, que no podía ser nada y para quien su realidad objetiva era siempre la realidad de su exclusión y de su soledad (¿judío?, sí-no; ¿químico? Sí-no, etc.), una dimensión a través de la cual él ofrecía una base a los demás para desfigurarlo y se exponía a sus golpes; reivindicaba su nulidad como refugio. No ser Nada, invisible e indefinible, no ofrecer ningún flanco al ataque, refugiado en la pura interioridad del No, que residía en sí mismo: nada, salvo la facultad de pronunciar “el no-lugar de todo lugar”. Un irónico. Su pensamiento escrito se mordía la cola, permanentemente, tomaba distancia de sí mismo, a través del monólogo interior (técnica estudiada durante mucho tiempo y siempre falaz) producía la imagen de la ausencia de cualquier pensamiento, murmullo que evocaba el silencio. Concentrado intento de destrucción, tentativa de autocastigo. Escribir era para él lo que la flagelación para el místico: manera de elevarse por encima de su existencia particular, encarnándola en el lenguaje, vehículo de lo universal y como una existencia expresada en palabras no deja de ser existencia. Trabajo interminable cuyo objetivo es la Nada, cuyo producto inmediato siempre es frustrante, pero que a pesar su intención, tiene una realidad positiva: un hombre que ha intentado ser Nada y decir Nada, aprende a decir una serie de cosas no completamente vulgares, realiza la experiencia de hacerse comprender y comprueba que el pensamiento, aun queriendo ser la negación de todo, es una vía de acceso hacia lo universal, universal en él mismo, siempre que sea coherente. Fue en 1945 cuando, librado de los fastidiosos estudios de química, gracias a la obtención de un diploma, decidió emprender la tarea de escribir un ensayo, ya empezado varias veces, donde haría un proceso en regla de todas las actitudes humanas: recreándolas y desmontándolas en la imaginación, revelando su mala fe, desechándolas después.
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Habría podido tomar para sí aquellas anotaciones de Mallarmé acerca de “la horrible sensación de eternidad”; acerca de “las vanas formas de la materia”; decir, como Mallarmé: “Yo estoy perfectamente muerto”; y también: “Tú sabes que para mí, la única ocupación posible de un hombre que se respeta, es la de contemplar el firmamento mientras se muere de hambre.” Es lamentable que no haya estudiado a Mallarmé, por entonces; seguramente se había torturado por los mismos temas. Había asido, en lo concreto, aquello que sabía de una manera abstracta: el Poeta, ese nihilista, en el más completo sentido del término, trampea vilmente. Dice a los otros el horror del mundo, su propia miseria y su soledad. Pero le gusta que el mundo esté roído por el Mal, y le gusta cantar el Mal que lo roe a sí mismo. Se instala en su derrota y hace de ella un paraíso. Proclama que el hombre no es grande sino por sus fracasos. Quiere fracasar admirablemente. Quiere que digan de él: “Fue un mártir y murió porque era demasiado puro, demasiado intransigente par su tiempo.”
Este triste tramposo no cesa de crucificarse para la galería. Quiere recuperar su sufrimiento real, histórico, relativo, elevándolo a lo absoluto, ante la mirada de todos, en poemas que atestiguan la Imposibilidad del Hombre. Habla desde la ultratumba. Quiere ser la mirada fija, cargada de silenciosos reproches, de todos los mártires vencidos por la Historia y cuya exigencia no realizada permanece (cuando se los recuerda) como la presencia más allá del ser, y por lo tanto, petrificada para él, del eterno Valor-Sujeto. (1)
Pero lo que yo le reprocho especialmente, a ese traidor, es que proclamando en alta voz el carácter absoluto del Mal, pretende sacar provecho de él. El Mal es, según su opinión, el mundo entero, y no se puede remediar; entonces, decide que el mundo le servirá, aunque sea inútil y un obstáculo absoluto. Y lo toma de la misma manera que el santo bendecía a sus verdugos y agradecía a Dios sus martirios: él “quiere” que el mundo sea el instrumento de su fracaso y de su martirio. El sentido del universo –según su opinión- es torturarlo, a fin de que él se publique sus admirables lamentaciones. El mundo del mal se convierte en el medio de sus “gloriosas derrotas”. Entonces, todo está salvado: el Mal habrá servido para hacer surgir el Valor del Hombre como una Nada tenaz en medio del ser; el universo se salvará de su horror por haber hecho cantar al Poeta. Instalado en la imaginación, contemplándose con los ojos de una posteridad que maldecirá su tiempo, recrea como fin absoluto esta vida inaceptable y se dedica a detestarla de manera literaria.
Solución fácil, cómoda, que deja todo igual, pero que sin embargo puede conducir a una salida, real si el escritor se desprende de sí y del prestigio literario, se asume como la conciencia creadora en que se convierte, efectivamente, y emplea los recursos dialécticos que forja en pos de la búsqueda metodológica de un camino y no de complacientes descripciones de su desgracia.
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Él miraba a L., por encima de un plato de sesos a la vinagreta, e intentó “realizar” que ella se había acostado con otro hombre e igual que cada vez que le sucedía algo que le concernía y que no podía negarse a vivir, plenamente, sin la ayuda de las ideas y de los principios abstractos, algo que exigía que él definiera una conducta y que comprometía el futuro, se evadió por el lado estético: se puso a analizar lo que sentía o iba a sentir (“Harás el tonto y te pondrás a sufrir”), lo que L. debía sentir, a componer en su cabeza una escena; a contarse el presente como si ya hubiera pasado, a recrearlo en la imaginación, a recuperarse como su autor (también imaginario, evidentemente) para escapar a la intensidad intolerable de lo vivido. Estaba a punto de vivir la escena, la más perfecta de todas, de La Condición Humana, cuando Kyo encuentra a May, después de haberse acostado con un médico del hospital. (“Él lo deseaba tanto”, dice ella.)
Pero no se trataba de escribir una novela. Sin embargo, la tentación de retomar esta historia precisamente en una novela, la complacencia con que la cuento, el atractivo que guarda para mí, no se refiere sólo al hecho de que es una de las pocas historias vividas; se debe, sin duda, a que encuentro reunidas en ella, como en una situación arquetípica, todo los temas afectivos de mi vida y acerca de los cuales me he interrogado, interrogándolos a ellos.
-Desligado (pero no inmediatamente), es decir: excluido de la comunidad de los hombres, que ahora se limitaba a L. Sin embargo, no podía quejarse de esta exclusión: la había deseado (abstractamente, sin convicción) como siempre había deseado, durante años, desembarazarse de todo aquello que lo insertaba en lo real y lo obligaba a existir, en lugar de pensar sólo en la Existencia.
-anulado, pero por sí mismo más aun que por L. Había bastado que existiera entre ellos algo irreparable, que ella se convirtiera para él, por esa parte de sí misma que ahora tenía su verdad en Otro, en una libertad independiente y Otra, para que él se sintiera atraído por ella, perdidamente.
Seguramente, es una tontería: uno vive durante meses o años al lado de una mujer casi propia que, en virtud de la permanencia de una situación que parece determinada para siempre, se convierte en un objeto familiar y un poco fastidioso. Y el día en que esta mujer nos deja o nos “engaña”, descubrimos que no la “conocíamos”, o le descubrimos la existencia autónoma de los primeros días, lo que se llama su “misterio”: que hay una parte de ella misma que no se adecúa a nosotros, que su mirada tiene un lado subjetivo, que el mundo y uno mismo existen para ella con un gusto y valores singulares que uno no satisface.
Pero si él sólo hubiera redescubierto la autonomía y la subjetividad de L., habría sido excusable. No lo era. Sabía que si ella volviera “como antes”, lo aburriría como antes y que lo valioso que tenía ahora para él, era que ese “antes” se había vuelto Imposible. Él amaba lo Imposible por amor a lo Imposible (como antes había amado a A.), él quería retener de L. su antigua realidad porque esa realidad, superada y negada por ella, no era más que irrealidad, un ser que ella era para él y que, objetivamente, no era más que no-ser, el error que él sostenía contra la evidencia y por amor al cual se hundía en él mismo en el no-ser: voluntad de Imposible, amor del no-ser, perseverancia en el error, horas pasadas torturándose imaginándola con el otro, a fin de realizar (pero era imposible, y esta imposibilidad constituía la aguda evanescencia del dolor) el no-ser de aquello que ella era para él y para sí mismo, en tanto amor de ese no-ser que era lo único que mantenía al ser, pura Nada, existencia del Error.
Terminar con L. hubiera sido terminar con su propio esteticismo, su amor por el fracaso y el sufrimiento, su actitud poética, su masoquismo, su elección de nulidad, súbitamente actualizadas, en las que recaía como en su viejo hábito, sin que esta vez, hubiera ninguna justificación, pues el motivo de su recaída, lo había desead y suscitado, convencido de que le sería fácil prescindir de L.; pero cuando la ocasión se presentó, no pudo resistir la tentación, se dedicó a vivirla como su fracaso y a hundirse deliciosamente en él. Pero no de inmediato. Él dejó extenderse la trampa en la que iba a caer, ofreciendo (sinceramente) su amistad a L., aceptando la suya, construyendo con ella, a partir de su independencia acrecentada, un diálogo más auténtico.
¿Estaban realmente preparados para liquidar lo que había de falso entre ellos y construir, a partir de un amor quebrantado (e imposible por los errores de ambos: el de L., porque lo había adorado como a un Dios, colocándolo demasiado alto como para recibir algo real de él y ofrecerle la oportunidad de brindarle algo más que el espectáculo de su divinidad: el suyo, porque no había sabido, a pesar de su aburrimiento, descender de su pedestal para ofrecer a L., en lugar de sus discursos, un ejemplo de humanidad), una relación de reciprocidad? Es dudoso. Si ellos partieron en esa dirección, no tuvieron éxito. Él soñaba construir, después de un pasaje por la amistad, un amor nuevo y esta vez verdadero. Era una utopía. Para triunfar, tendría que haber liquidado lo que había de religioso en el amor de L. hacia él, y para llegar a liquidarlo tendría que haber podio ofrecerle alguna otra cosa en el plano de lo humano y físico. Pero, a pesar de algunos esfuerzos por transformarse en Dios y de idea en hombre real, su metamorfosis no se realizó. Era demasiado tarde. Se comportaba como el régimen desacreditado que cuando la sublevación está a punto de estallar, ofrece súbitamente todas las reformas precedentemente rechazadas, y, sobre la base de estas reformas, demanda una prórroga, más aún: exige ser considerado como la encarnación de las reivindicaciones revolucionarias nacidas fuera de él. Este régimen que atrasa la historia será barrido, o, si se le otorga confianza, recaerá enseguida en sus antiguos errores: lo que ha hecho bajo la presión de los acontecimientos, no lo continuará si los insurrectos deponen las armas.
L. lo sabía, quizá, pero (como los rebeldes no pueden de un día a otro olvidar el viejo rostro del antiguo régimen) no podía creer en la realidad de un cambio. Para ella, él seguía siendo la divinidad fuera de alcance a la que se rinde homenaje ciertos días fijos, mientras se persiguen por otro lado las satisfacciones profanas. Ella lo conservaba como una preciosa reliquia en su estuche.
-Tú eres diferente –decía L.-. Aunque si me acuesto con otros hombres, a ti te coloco por encima de ellos.
La frase le pareció atroz. De este modo, ella, único ancla de su humanidad singular, le negaba la calidad de hombre para conservarle la de Dios o la de idea –y lo peor era que él no había robado este exilio entre divinidades- en el momento mismo en que él hubiera querido descender hasta los hombres.
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Gusto por la escritura, en fin, pues escribir es hablar solo, en ausencia del Otro, y quitarle la palabra; es pretender para mi palabra la selbständigkeit (el texto), es prohibir al Otro hacerme decir aquello que él espera (hablarme), dejar de preguntarse constantemente a sí mismo si ha comprendido bien el significado del texto; la intención del que escribe libre de su aprehensión. Es, por último, crear una realidad nocturna, oculta a la mirada de los demás, que no verán jamás, escuchando tan sólo el discurso que sale de la noche y se calla cuando amanece: el escritor es sujeto anónimo e invisible. Es por eso sin duda, que detesta hablar de lo que escribe y distribuye por todas partes mis seudónimos. Modo de afirmar que el “yo” que no tengo más remedio que ser, no es más que un disfraz que yo desapruebo y que yo no me reconozco más que en la voz nocturna y no inidentificable de mis discursos solitarios.
Y aquí el círculo se cierra: porque esta reflexión sobre mí mismo se realizaba por escrito y tendía a su fin, bajo la forma de texto, retomaba y confirmaba necesariamente la elección fundamental de escribir por terror a la identificación. Ella no podía, pues, confiar en cambiar esta elección: participaba de ella.
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Misticismo, nihilismo, tentación de santidad, traición, subjetivismo, no-identificación, placer por el martirio… Este deseo de anularme era, en realidad, una forma de orgullo: no querer ser nada determinado, no querer asumir ningún “yo” a ojos de los demás, a fin de ser todo para sí como subjetividad solitaria. Enorme, y complaciente amor a sí mismo: conciencia de que para ser inmediatamente todo, en tanto ella es para-sí, es necesario rechazar la posibilidad de existir para los demás y asumir su finitud. Es la misma clase de actitud que se observa en Romain Rolland, porque él era un santo imperfecto…
1.- Al respecto, ver Saint-Genét. Págs. 178-183.
Barcelona. Montesinos Editor. 1989. Págs. 197-198, 215-216, 218-219, 243-246, 269 y 275.
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