FRIDA KHALO
Por: Luis Cardoza y Aragón

Diego y Frida eran algo así, en el paisaje espiritual de México, como el Popocatépetl y el Ixtaccíhuatl en el Valle de Anáhuac. Jamás he olvidado los días entonces que viví con ellos. Por las tardes pasábamos con Frida a recoger a Diego, encaramado sobre los andamios, pintando con la última luz o alumbrándose con un farol, terminando la tarea de la jornada. Nos íbamos a cenar. Empezábamos con una botella de tequila que se vaciaba entre Diego, Frida y yo, y hasta el amanecer Diego me contaba las más estrafalarias historias.

Temprano, después de dormir pocas horas, Diego trabajaba de nuevo en los andamios. Yo dormía hasta muy tarde y como un león desayunaba con Frida. Visitábamos pueblos vecinos –Taxco, Iguala, Cuautla-. Volvíamos hasta el anochecer a buscar a Diego, que comía sobre los andamios, para cenar juntos, más tequila y sus fábulas renovándose. Ahora lamento que no se me haya ocurrido apuntar nada de las narraciones en que Zapata era uno de los personajes principales, así como los campesinos de la región que formaron sus tropas.

Mis días eran descansados en comparación a los de Diego. Nada tenía que hacer aparte de disfrutar la compañía de ambos, del campo de Morelos y Guerrero.

Diego Rivera trabajaba 14 horas, 16 o 18, y estaba fresco y descansado, con una vitalidad y una euforia y un entusiasmo, que en mí fueron desapareciendo. No resistía las desveladas y el tequila. Frida, muy a menudo, se iba a su dormitorio mucho antes que nosotros. La plática con Diego, sobre mil temas, se cortaba cuando yo quería ir a dormir. Me levantaba tarde, y de nuevo fon Frida visitábamos pueblos. Con no sé qué pretexto, regresé a México. Diego continuó la diaria tarea de 14 o 18 horas, alumbrándose con la luz de una lámpara. Yo no pude más y partí huyendo del monstruo.

Frida era ya lo que fue siempre: una mujer maravillosa. Su centella crecía y empezaba a saltar a sus telas, a irradiar en torno de su vida y la vida de los demás. Junto a Diego, central planeta poderos, Frida fue alzando su espiga irreductible y dolorosa. La órbita de Frida fue aguda y veloz de gravitación concentrada. Ella, como epicentro de un sistema que iba recorriendo el cielo de México por un rumbo que sólo su propia pasión podía trazar, seguir y dirigir. Nadie pudo acompañarla. Estuvo sola, con el oído sobre la tierra, con una sensibilidad para lo fisiológico y lo terráqueo, que nació de su voluntad de vida, de su alegría sin posible sometimiento y de su ternura.

Frida y Diego juntos representan a México, cosas de México, que México no nos sugiere en la obra de ambos separados. La conjunción de estas dos vidas. Unidad dentro de cabal diferenciación. Ni siquiera se percibe esfuerzo en Frida para defenderse de la influencia de Diego, segura, sin el menor pestañeo, rigiendo su obra. Diego está en su obra obsesivamente, su amor por Diego, pero no así el estilo de Diego. Los contactos que en ambas obras existen, se explican por tener idénticos orígenes. Por otros caminos va Diego Rivera, descalzo sobre la tierra de México, dejando sus huellas anchas, como en los códices los maestros magos.

Ahora que escribo estas notas sobre Frida Khalo, he deseado recordar algo de lo que he escrito sobre Diego. Me acerco a él con el solo propósito de revelar para mí las facetas de su obra y de su vida. Cada uno de ellos, separadamente, nos da una imagen de México, tan mexicana y diversa, como surgen, de pronto, en la memoria: dos mundos irreconciliables, que han logrado, sin proponérselo, conciliar lo inconciliable.

Los he pensado juntos, precisamente, por ser cada uno de ellos que son con tanta intensidad. Los recuerdos y asocio sus rumbos, porque así recuerdo mejor a México. Los dos caminando de la mano, sin soltarse y completamente independientes. Caminando en sentido opuesto, para poder encontrarse. A mí no me interesa que se encuentren o no se encuentren. Me interesa que Frida es Frida y Diego es Diego. Y ambos son México. Al contrastarlos surge otro México tan verdadero como al contemplarlos separadamente. Frida, con obra diamantina, raya en su tiempo y deja su perfil sin sombra. Frida es Frida, flor de acero.

“El viento, que se lleva las hojas y los hombres, nos separó por muchos años. Esa historia no fue solamente la nuestra, sin fue la Historia”, como diría Louis Aragon, el autor de El aldeano de París. Nunca olvidó La nube y el reloj. Esto me convencía de que algunas de mis saetas habían dado en el blanco. Volví a verlos con motivo de jornadas culturales. Más bien, volví a ver a Diego. A Frida, en persona, volví a verla hasta unas semanas antes de su muerte. Pero no dejé de saber de ella en todos sus años dolorosos. Con interés seguí su obra, onírica y realista, y su vida que me hizo sufrir.

He advertido con qué ligereza quiere apreciarse muchas veces nuestros frutos, pesando con manos sin tacto, el polen más ligero y fecundo.

La pintura de Frida Khalo se enraizó en lo propio, y por esa legitimidad pudo incorporar lo que le servía de la plástica más avanzada, sin crear nunca flores de papel o fuegos de artificio. Viven en su obra las asociaciones más obsesivas de su niñez y adolescencia en un lenguaje maduro de tradición y de osadía.

Su pintura nos deja extraña sensación de desasosiego y de zozobra, por encontrar en ella lo que es tradicional sino a partir de ella misma. Así la veo, en medio de plantas de hojas gordas verdinegras, entre los judas que están musitando disparatadas canciones, ésas que sólo el pueblo compone rodándolas como un canto, hasta lograr, pulidas por la anónima lengua colectiva, su condición preciosa. Así está Frida, canto rodado en su pintura, manipulando todo lo que le sirva para su llama, sea de donde sea, que si arde en su llama, sea de donde sea, que si arde en su llama, suyo es. Así quedará con su zozobra y frenesí, en la plástica mexicana, con su traje popular, vestida como el pueblo mismo.

No se ha visto, cabalmente, lo popular en la pintura de Frida, porque tal sentimiento no es rutinario ni anacrónico: constituye una renovación de lo popular dentro de una creación personal. Su pintura es un testimonio que no queda encerrado en su corazón: no es sólo una queja individual. Pasa del horizonte de un ser –Paul Eluard- al horizonte de todos.

Si no fuese para mí tan evidente (como creo que lo será muy pronto para los demás) la autenticidad de esta obra, nunca me habría atraído, ni me habría emocionado tanto su zozobra. En ella se manifiesta el genio del pueblo entrelazado con audaces formas de expresión.

No hay un sabor híbrido, una preocupación artificiosa para fusionar en su sangre lo popular y las posibilidades más recientes. Por lo delicado de esta fusión, la pintura de Frida Khalo es nuestra y habrá de perdurar.

Otro elemento de sorpresa dentro de lo popular que alienta en la pintura de Frida Khalo, de pintura popular mexicana del XIX, consiste en que nos entrega, con sencillez, el mundo visual que irrumpió en Van Gogh y abrió brechas hasta nuestros días, no sólo en el color, sino en la exasperación de la sensibilidad.

Frida encarna una corriente tradicional –la descubrimos en retratos, paisajes, bodegones- que logra reincorporar en sí el mundo visual de hoy, sin perder su característica esencia popular.

Se renueva hacia lo hondo, hace suyos descubrimientos y búsquedas, sin perderse en juegos excéntricos. Cuántos de los juegos excéntricos, de la aplicación retórica de hallazgos, jamás serán antiguos, porque de la noche a la mañana se marchitan por falta de raíces. Veo los telones de los fotógrafos de la Villa de Guadalupe y de las ferias, los cartones de colores de las loterías populares, las cartas de anatomía de la escuela, los juguetes macabros y los judas, articulando y cimentando la expresión de Frida, alimentada y escogida por ella, reincorporando su infancia, su mundo sumergido brotándole por todas partes. La naturalidad de su invención y memoria, dentro de sus paisajes mexicanos de flora jugosa y solar, a muchos confundió: no percibían la espontaneidad, la autenticidad, en una palabra, de su obra. Pensaban que esta pintura recogía no pocas de las influencias deleznables y cosmopolitas. Frida Khalo hizo suyo lo que era suyo, lo que podía arder y debía arder en su fuego, reconociéndolo, para salir de sí y llegar mejor al corazón de todos.

Círculos concéntricos. México. Universidad Veracruzana. Cuadernos de la Facultad de Filosofía, letras y ciencias. 1967. Págs. 75-79.

 

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