ARMONIA METAFÍSICA MALICIOSA:
ASTRONOMÍA Y GASTRONOMÍA
Por: Edouard Jäguer

Sin duda a causa de su “oficio” muy refinado, y aun preciosista, y de una tenuidad casi vaporosa tanto en el dibujo como en el tratamiento del color, a veces se ha comparado a Remedios con los antiguos maestros y sobre todo con uno de los más grandes, Hyeronymus Bosch. Pero ese no sé qué eléctrico que capta Remedios está muy en el aire de nuestro tiempo y su humor crepita de manera muy moderna. Su relación con el pasado existe, pero no es de naturaleza formal; antes bien, se sitúa en una “alquimia” mental; su arte es mucho más mediumníco que medieval. Pintora al acecho de la “armonía de las esferas”, Remedios participa por ello de una tradición. Cataluña, su tierra natal (donde nacieron también Miró y Dalí, sus prestigiosos antecesores en la exploración de lo maravilloso surrealista), lo es asimismo de Raimundo Lulio autor de Ars magna y uno de los creadores en el siglo XIII del pensamiento alquímico.

En cuanto al grupo “logicófobo” al que Remedios perteneció por algún tiempo en Barcelona, éste se empeñó en “intentar la representación externa de los estados internos del alma humana” y abiertamente calificó su búsqueda como “metafísica”. Así, aunque Remedios pueda ser considerada demiurga de un universo mágico donde el explorador va de sorpresa en sorpresa, sus preocupaciones “trascendentales” no derivan de ningún programa preciso y su única es la ley del placer de imaginar.

Este mundo se halla regido por leyes físicas distintas de las nuestras: en él seres y objetos son presa de curiosos fenómenos de levitación y de atracción (Naturaleza muerta resucitando) o, como Roger Caillois, “lo que era sólido se licúa, lo que era líquido se evapora y se ausenta.” No es infrecuente hallar dentro de las casas planetas fuera de su órbita (Fenómeno de inagravedad). Pero cuando Remedios se interesa por los fenómenos de gravitación celeste, podemos suponer que en ella la gravedad no está exenta de malicia, en plena lógica metafísica. Después de capturar en la red como una mariposa al astro nocturno (Cazadora de astros), nada más natural que nutrir a la media-luna cautiva con la materia astral triturada en el molinillo (Papilla estelar). Aquí lo maravilloso es que procediendo de manera totalmente intuitiva Remedios acierta con la mayor exactitud: Fenómeno de ingravedad fue el cuadro escogido por un eminente físico para la cubierta de su tratado sobre la teoría de la relatividad. La coyuntura hubiera encantado a Remedios e importa señalarla –aunque nuestro placer sea de otro orden ante la imagen de este nuevo Copérnico que afronta las modificaciones sufridas por su espacio familiar desde el momento en que la esfera terrestre se metió por su ventana como un globo infantil.

Mecánicas irracionales, navegaciones de todo género

Entremos en el dominio encantado de Remedios –un dominio sólo semejante a aquellos que nos ofrecen los sueños. Apenas franqueado el umbral vienen a nuestro encuentro las leves criaturas, hadas y adivinos, que lo pueblan fantasmagóricamente. Cuando dejan sus trabajos, el telar o la relojería, ¿qué hacen los habitantes de este dominio? Pues bien, pasean, vagan, dan la vuelta, deambulan hacia otros horizontes. Con estos propósitos viajeros, montan en artefactos barrocos cuyo aparente arcaísmo disimula modos de propulsión aún desconocidos para nuestros más brillantes ingenieros. Ruedas, velas, hélices, timones: todo un arsenal de mecánicas irracionales se despliega ante nuestros ojos, un arsenal equipado para todas las enrancias.

Por los canales circulares navegan elegantes esquifes, como esa barquilla encapsulante y parecida a un zueco, tan práctica para la Exploración de las fuentes del río Orinoco. En tierra firme hay una Roulotte parece contribuir con sus escalas musicales al avance de su artefacto. En otro cuadro, la fuente de energía, más insólita aun, se halla en la raíz de los cabellos del viajero. Así, tres personajes (la misma Remedios dijo que se trataba de “detectives”) avanzan sobre la punta de sus barbas como un hovercraft se desliza sobre su cojín de aire. Naturalmente los mostachos de los “detectives” funcionan como manubrios (Locomoción capilar).
Éstos son perfectos ejemplos de la soberbia travesura de Remedios. En ellas el más loco humor alcanza las cimas de la más alta poesía, como en los cuentos de su gran amiga Leonora Carrington, o en aquellas páginas de Péret donde lo chusco se mezcla con lo sublime en una prodigiosa inversión de todas las ideas establecidas.

Después de tantos viajes excesivamente reales en trenes, barcos, automóviles o aviones más o menos cómodos, desde su nacimiento o casi, hasta sus cuarenta años, Remedios tenía que vengarse de sus mil locomociones terrestres, marítimas y aéreas. No fracasó en su empeñó, al capricho de su humor, y sin salir prácticamente de su taller mexicano.

Encuentros, separaciones, ósmosis y mimetismos diversos

Se trate de planetas, pájaros o seres humanos, el principio que gobierna el mundo de Remedios es a un tiempo de atracción y de… distracción. Corriente magnética que circula en todas direcciones y produce encuentro tan desconcertantes como el de esa curiosa que halla su propio rostro en el fondo del cofrecillo donde esperaba encontrar algún tesoro (Encuentro). Varios de estos encuentros se inscriben en el tema del doble, a veces ligado al tema de la separación. Un ser andrógino recién salido de una casa resulta espiado desde las seis ventanas por seis rostros (Ruptura). En Fenómeno la pintora recuerda “El hombre que perdió su sombra”, relato del romántico alemán Chamisso. Pero aquí la sombra del paseante se “pierde” a su vez al desdoblarse: una de las sombras sigue su camino, al otra permanece extendida con traje, corbata, cabeza y sombrero, todo en su lugar aunque despojado de espesor. También puede suceder que adoptando una actitud diferente la sombra traduzca el deseo reprimido de su propietario. En Despedida un hombre y una mujer se alejan, cada quien por su lado. Sus sombras rechazan la separación y desandan el camino para reunirse de nuevo.

La misma atracción (verdaderamente “universal”) preside los fenómenos de mimetismo u ósmosis que aquí son reglamentarios. De este modo el niño y la enorme mariposa que revolotea encima de él son dobles miméticos. A menudo, la ósmosis, más compleja, se extiende en profundidad. El rostro de una dama sentada se cubre con los mismos bordados que su asiento, sus manos se vuelven de madera al posarse en los brazos del sillón (Mimetismo). En otro cuadro las flores de lis de una tela arraigan entre el piso y el techo, liberando una vegetación exuberante que se enrosca por todas partes y perfora las mesas (Presencia inesperada). Con frecuencia el mobiliario se anima: un sillón indiscreto abre con el pie el cajón de un armario donde hay nubes guardadas. El respaldo de otro sillón se desgarra y abre paso a la cabeza de un visitante impertinente. El ingrediente “negro” del humor de Remedios debe mucho a tales “curiosos” que surgen por todas partes o se ocultan en cajones y relojes (abundantes en estos lugares en donde el tiempo es otro). Hasta tu propio cuerpo, sin que lo sepas, puede abrigar a un huésped indiscreto (Mujer saliendo del psicoanalista, Personaje, Encuentro). El mundo es un prodigio perpetuo, los espejos son nidos y todo se transforma en todo. De paso Remedios no desdeña evocar los sortilegios ligados a su arte: un pájaro de verdad nace de la conjunción de su imagen y el rayo luminoso de una estrella lejana. Pero este pájaro que crea pájaros es la propia Remedios.

La luz coherente de lo Maravilloso

Desde 1936 hasta el comienzo de los cincuentas (al volver de su último viaje largo a Venezuela) Remedios, como hemos visto, no se dedicó sino muy episódicamente a la pintura. Además han desaparecido casi todas las obras que integran su primera época surrealista. El doble agente, de 1936, es uno de los pocos cuadros que subsisten junto a otros que figuran en la colección de Walter Gruen. Por otra parte, las afectuosas incitaciones de Gruen y del pintor Günther Gerzso decidieron a Remedios a afrontar, esta vez entregándose totalmente, las quimeras fraternales que no habían dejado de obsesionarla. Las escasas reproducciones publicadas entre 1937 y 1940 la muestran muy de cerca del primer Domínguez y preocupada por las búsquedas “materiales” que abandonará en las obras magníficamente inspiradas de su década mexicana. Sin embargo, la inspiración perfectamente personal de esas búsquedas iniciales revela, en estilo menos refinado, fantasmas análogos a los que mostrará más tarde.

En México Remedios Varo obtiene un éxito fulminante desde su primera exposición (1954-55). En 1964 su retrospectiva en el Palacio de Bellas Artes recibe a más de cincuenta mil visitantes. Pero Remedios no está presente en su triunfo, el cual más que nada la hubiera divertido. Cuando alcanzaba el apogeo de su fuerza creadora la abatió repentinamente un ataque cardíaco. Tenía cincuenta años apenas.

Remedios fue elogiada a menudo como un maestro de la pintura fantástica. Indudablemente podríamos concederle este homenaje rendido a su talento si en nuestros días el término fantástico no designara con excesiva frecuencia lo que Caillois define como “una especie de baratillo de rarezas arbitrarias e insignificantes”. Ahora bien, lo que sorprende en Remedios es la perfecta coherencia de su universo, fruto de una invención cuya serenidad y humor la llevan muy lejos de las laboriosas elucubraciones de un arte fantástico, que muchas veces resulta igual de mediocre que de presuntuoso. Con Remedios entramos en un grado superior de la realidad, en una suprarrealidad. André Breton no se equivocó al escribir en 1964 que “el surrealismo reclama la obra toda” de la hechicera tan prematuramente desaparecida.

Cierto, ni la crueldad ni la inquietud están ausentes de la ciudad de las mil torres que ella edificó para nosotros. Pero la impresión que domina no es, pese a todo, la de un ambiente de peligros: a tal punto la luz que se filtra por las ramas y a través de las ventanas nimba todas las cosas de una bruma tranquilizadora. Como si Remedios suscitara en nosotros la inquietud tan sólo para mejor conjurarla. Ni gótico ni flamboyant, el sueño despierto de Remedios es un sueño radiante.

La Sèptime FACE du DÉ. 1980. By edicions Filipacche. EPI. París. Pags. 4-8.

 

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