El INFORME DE ROSBIF
Por: Fernando Mora Meléndez

Ante las disputas religiosas que atizan las diferencias de credos tal vez sirva recordar que celebrar las fiestas con asado es un gesto que no indigesta a culturas tan distantes como la mora y la judía. Tanto en Pascua como en Ramadán se dan los asados. Lo que ahora sucede es que el ritual monoteísta se ha vuelto monotemático. No importa lo que se celebre, pero el asado está presente. En ausencia de planes definidos para el fin de semana, se enciende triunfal el carbón. ¿De donde nos viene este afán desmedido por las brasas? ¿Alguna influencia de Torquemada o tal vez de Atila? El tizón bárbaro se aviva ante la cercanía de un cumpleaños, una despedida o el aprieto de hacer las pases conyugales.

La barbacoa, nombre indígena de la parrilla caribe, hoy suena a barbarismo al lado del chic barbiquiú. Sin embargo algo de aquellos convites tribales perdura cuando alguien llega tiznado a su casa y dice que fue una barbaridad esa manera de comer carne. Otro tanto se diría de los torrentes de cerveza que corren en los asados porque el placer de la carne siempre nos deja sedientos. Y pese a ello, la criatura humana puede renunciar al mundo y al demonio, pero a la carne ni siquiera en término medio. Hasta el vegetariano intenta suplir su fantasía con bistec de soya o steak de berenjena.

Durante la ceremonia del asado el macho toma la iniciativa. Algunos etnógrafos creen que es para hacerse los considerados con las hembras que cocinan todo el tiempo. En ese caso, el macho busca que reconozcan sus habilidades para encender el fuego con hojas de periódico, chamizos secos y fe de carbonero. En el asado de oficina se empieza por hacer la vaca.

Los machos discuten entre sí como boyscouts sobre la mejor manera de soplar la brasa. Algunos votan por el abanico, otros por la tapa de la olla y a veces se impone, por mayoría, un secador de pelo. Las señales de humo se elevan desde patios, aceras y jardines. El pueblo enciende sus teas para asar en las planchas de las casas y la palabra azotea merece nacer de este hábito. A menudo hay más humo que carne. Los congéneres argentinos abominan del humo y sólo extienden los filetes cuando este se ha ido y los carbones arden como el hambre.

Uno entre la manada será el encargado de doblar el lomo hasta lograr el rostizado perfecto a veces de sí mismo. Es el que sigue los caprichos de aquellos que anhelan cierto gordito chamuscado o cierta papa codiciada cual joya de plateada envoltura. Es el chamán del tridente, el que pincha pimentones y cebollines, que por principio no sapotea nunca, es el último en chascar y cuyo semblante final no tiene nada que envidiarle al de un bombero voluntario.

Este mártir es el que sufre la presión de los apetitos contra la tardanza. Da un tajo a la superficie de la pieza de vacuno y advierte que la carne está aún muy poco hecha. Prefiere ocultar este mal presagio para evitar protestas en la manada. Lo que más detesta es la intromisión de un hambriento que se acerca y siempre se quema a pesar de las advertencias.

Con todo y las cervezas, la música y la ronda de chismes llega un momento en que el grupo de depredadores no se resigna a la espera. Hay nuevas disputas sobre la necesidad de voltear la carne, entre los que dicen que es necesario y los que no creen en una segunda vuelta. Se convierte en un misterio encontrar el punto, de modo que todos se conformarán con un magro final o con el premio gordo. No se le puede dar carne y pedazo a todo el mundo.

No se sabe aún si fue un gaucho o un mogol el que descubrió que a la carne, mientras está en la parrilla, no se le echa nada distinto a la sal. Sin embargo, no falta el tallo de cebolla o la brocha que ultraja con salsa negra el gusto de la fibra madurada. En las tribus del sur se saluda al lomo dorado con un ¡Angus Brangus, ché! Pero en un convite popular colombiano si mucho se dirá: ¡Coma papa que todavía falta gente!

El asado tradicional se hace entre pocos. Pero donde hay carne, ya sabemos, arrima el perro y el gato. A veces se planean para que el clan se harte y se largue. No se le quiere dar largas a los ebrios, pero ellos se las ingenian para no probar bocado que arruine sus tragos. A esos que no se inmutan ante el aroma churruscante y que no han comido carne en toda la tarde se les mira como herejes. Acuden otros en cambio que llevan hasta pimentero de bolsillo y tocan melodías con la seda dental. Están, además los que se disfrazan con cachuchas y gafas distintas para acercarse a la parrilla e ingerir un sinnúmero de veces, privando a los demás de su sagrada proteína.

El chamán se retira a un rincón, come de su carne y bebe de su cerveza. Los demás: unos ahítos y contentos, otros con ganas de rematar con algo más, permanecen otro rato y luego se van de butifarra.

El olor gustoso exalta los deseos de más carne. Es cierto que el cálculo de porciones siempre falla por exceso o por defecto. Las fuentes con ensalada a veces terminan intactas como piezas de utilería. Pero si no fuera por este tipo de eventos tal vez seríamos un poco más caníbales o inquisidores.

Por suerte nuestro destino no es más que asar y el asar es humano. No se precisa ser gaucho, ni llanero, ni cowboy para prender el asador. Sin que importe ni el motivo ni la ración, habrá una brasa viva que te aguarde, ¡Oh Santa Juana!

 

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