DEL ECLIPSE A LA CONJUNCIÓN
Por: Juan Diego Tamayo


Oscar González. Dibujo de Sergio González. 1990.

Conocí el Libro por pálpitos y así lo Leía y agonizaba.”
Oscar Gónzalez


Tan misterioso como el libro está aquel que lo concibe. Aquel que lo crea y lo busca para realizarse en la consumación y comunión de la letra con el papel.

Toda escritura es sagrada y en el libro dicha escritura adquiere un valor que se consolida con el pasar de los años. Numerosos lectores se han dado a la tarea de alabar o maldecir un libro y con ello a su autor. Tirado al fuego o depositado en el altar, el libro recrea las pasiones de los hombres. En él se encuentra lo grandioso y lo censurable. No obstante, los hombres depuran esa materia y eso permite que ahora sigamos leyendo las obras de aquellos que en su tiempo fueron señalados.

Hemos dicho que el libro ha servido como soporte para expresar la condición humana, ahora bien ¿en qué momento el libro se nos plantea como tal? Claros son los estudios que se realizan en estos días sobre el libro como soporte cultural. No obstante, sobre el libro como realización y como punto de partida para la develación no se había hablado hasta el momento. Y sólo ahora asistimos al llamado de “La Trompeta de Mercurio” [1].

Los alquimistas hablan de la reunión de lo masculino y lo femenino para alcanzar el equilibrio y poder crear desde esta perspectiva la instancia mística. Conjunción de elementos, reunión y conformación de la materia en otro que nos revela y se nos revela. La materia se manifiesta y provoca una vía de conocimiento. A veces pareciera que no importara tanto el producto como sí la preparación del mismo, pues el producto escapa a quien lo elabora. Más aún, se pierde en aquello que las ensoñaciones fueron determinando al momento de su gestación.

El y ella se encuentran y comienza el diálogo sobre el lector y el libro. El y ella se reúnen para saberse, para conocerse, para ocultarse, para morir y renacer como el sol de lo alquimistas. La letra no busca acá quedar petrificada, la letra – la instancia de la letra- es la noche, el cuerpo, el vacío que los rodea, que los atrapa, que los reúne. Es una pregunta constante ¿qué es lo que allí dice? Todo y nada. Vacío y temblor. Sólo al leer queda la esperanza de danzar por el humo blanco del sentido y de lo sentido.

El Libro es para ellos un advenimiento. “Ella le dice a él: yo siempre intuí con temor que el Libro venía por mí y que por lo mismo debía estar preparada para recibirlo. No tenía intención, pues, de habitar en el libro si no de recibirlo”.

Recibirlo, acogerlo es también, en este caso, gestarlo. El Libro creador se nos presenta como puente entre el lector y quien lo preserva. Leer es por tanto “protección y preservación”; Libro que se gesta como amor y ausencia. Es, igualmente, “letra blanca y olorosa que desaparece entre el vacío y la cercanía de las cosas”.

El lector y la lectora entran en un eclipse del sentido. También de su vacío y sólo el Libro –el Libro que vendrá- logrará la conjunción que conduce hacia lo inexpresable. Sólo queda lo que se toca, lo que se acaricia; el Libro que es camino y esperanza, permanencia e invitación al viaje. Así se logra nombrar el Libro que nos lee y del que somos una letra en el paisaje.

1. “La Trompeta de Mercurio. De la Lectura y el Libro". Oscar González. Taller el Ángel Editor. Medellín Colombia. Marzo 2002

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[1] . “La Trompeta de Mercurio. De la Lectura y el Libro". Oscar González. Taller el Ángel Editor. Medellín Colombia. Marzo 2002