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CON PELOS Y
SEÑALES
Por: Fernando Mora Meléndez
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Ilustración. Andre Flõki. 1983.
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Aunque suene traído de los cabellos, se ha visto que una motilada
reaviva el ánimo y relaja tanto o más que lo que se logra en lechos y
divanes. Conozco personas que van a la peluquería por lo menos cada
quincena en un intento por depilar las penas o desbastar su aburrimiento.
Tanta importancia ha cobrado el oficio que hemos pasado del barbero de
ópera al estilista profesional.
Sólo este último sabe echarle cabeza a la forma de un rostro antes de
mover tijera y liberar, corte tras corte, aquella belleza atrapada en la
melena; al tiempo que escucha, en confidencia, los peliagudos asuntos que
afectan a sus clientes para resolverlos con gracia y sabiduría.
Es cierto que algunos barberos como el de Sevilla no tenían pelos
en la lengua para platicar de lo humano y lo divino, desde la filosofía
casera hasta los chismes de alcoba, y que tampoco tenían un pelo de
tontos cuando se trataba de intrigar. Pero se prefiere su papel de
terapeutas al de enredadores. Algunos hasta se han desgreñado por causas
políticas y han tenido que rasurar de mala gana el cuello de sus
adversarios, venciendo la tentación de practicar el único corte que
consideraban conveniente: el de franela. Desde esos tiempos erizados ya
se usaba el símbolo de la espiral giratoria que el temor lee como si se
tratara de un hilo de sangre. El roce de la barbera afilándose en el
cuero produce una música de horror que aterró al mismo Poe. Por algo este poeta se imaginó a un gorila que
robaba la hoja filosa para irse a la calle Morgue no precisamente a
motilar ovejos.
Tales historias ponen los pelos de punta a cualquiera y explican
la resistencia de esos genios de luengas cabelleras, como Leonardo, Beethoven o Rasputín a
tratar con peluqueros. A veces creo que hasta en el relato de Sansón
subyace el temor de los hebreos a una peluqueada mal dada y tal parece
que a Dalila le faltaba mucho pelo para el
moño, pues se sabe, de buena fuente, que nunca pasó por la academia
Mariela.
El miedo a la motilada se disfrazó de rebeldía durante cierta
época en que los padres tenían que llevar a rastras a sus hijos a la
peluquería para que se convirtieran en ciudadanos. Las mechas largas
significaban ir a contrapelo de la cultura reinante y del servicio
militar. Ahora, al contrario, la onda que pelecha es llevar el pelo al
rape, como un recluta; o hacerse esculpir una alcachofa a lo Bart Simpson. Por esos
atractivos, la silla de barbería es ya el único lugar donde un
adolescente puede sentar cabeza.
Los anticuados peluqueros de pueblo hoy son admirados por los
muchachos. Sólo aquellos son capaces de rapar con máquina de cuchilla y
tener la paciencia y el cuidado de un jardinero que poda una manga
pública. Son los únicos que intentan remover con cepillos entalcados y sacudir hasta la inutilidad esos pelitos
que se aferran como piojos a su dueño.
Las peluquerías como las modas de peinados se transforman para
demostrar que en estas artes todo es efímero, hasta una permanente. Sin
embargo hay hábitos muy propios de los salones o salas de belleza. Siendo
tan actuales en las tendencias, sólo en ellos se pueden encontrar
revistas de Buenhogar y de Vanidades de las
épocas de la Guerra de Vietnam y con entrevistas de Frank
Sinatra o de Onassis.
Uno recuerda entonces los años en que nuestras tías metían la cabeza,
enrulada, debajo de unos secadores de pelo que parecían réplicas del
Apolo 11 y se dejaban venir unos olores a laca, removedor
de uñas y capules chamuscados.
Ante un desempleo que crece como un afro, no es raro que se abran
salones de belleza como los de antes. A veces los funda, por ejemplo, una
pilosa muchacha de barrio que, ante el fracaso con un novio que la dejó
con los crespos hechos, decide alquilar un local en aras de la
independencia. Lo primero que hace es conseguir casetes con baladas
románticas de esas que tampoco pasarán de moda en los salones de belleza.
En un momento en que el afán por modificar la apariencia nos ha
llevado hasta el empleo de tetas sintéticas,
embriones de pato o la cámara hiperbárica,
también quedan formas arcaicas y baratas para cambiar de apariencia. La
peluqueada es una opción rápida para proyectarnos en el mundo y cuyos
efectos secundarios, en el peor de los casos, se expresa en trasquilones,
si el local es de medio pelo. Pero lo que antes se tomaba como un error
de principiante, el trasquilón, hoy se puede leer como un toque
intencional que expresa el estilo más sofisticado de la vanguardia
capilar.
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