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NEW TOKIO!
Por: Gabriel Jaime Caro
“Nuestro yo está hecho de la superposición de
nuestros estados sucesivos. Pero esta
superposición
no es inmutable como la
estratificación de una montaña.
S se producen perpetuamente
levantamientos
que hacen aflorar a la superficie
estratos antiguos”
Marcel Proust - La Fugitiva
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Ilustración. Philippe West.
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ya por la mañana del sábado, la huida del espíritu al sueño, por
fin una niponita me mira como adivinando mi idiosincrasia, y estamos en
los trenes de New York, sabihondos, trasnochados, hablando boca a boca.
La copia del guayabo, la cruda y el pedo. Y tú tan bella allí y yo tan
flaco acá.
ya porque los días pasan y yo no salgo del asombro, como
combinando jazz con cantos flamencos, toda una maravilla de vida con esos
bailes pegados a los espejos. Y sin María de Madri que en otra parte del
mundo construye su nidito de pasiones burlescas.
ya justo en la playa tres de Robert Moses aparece la familia
entera de japoneses. Hasta el mas lejano de la familia los contemplaba
medio embarazado por el calor y los bañistas en la boca secreta de la
ballena. Hice el ridículo pero tenía a mi favor el alto de la playa al
ladito de la bahía, observando cada movimiento y disfrutando de la
inspiración dada y de la zozobra.
pero esto no es cuento con comienzo, es más el recuerdo de un
verso anterior, sobre escuelas de arte destruyéndose entre si el día
menos pensado. Me fascina una mujer mentirosa, arrastrando a las víctimas
a un diálogo de bienvenida: Mira qué esplendor, qué maravilloso mar!
ya porque los japoneses tienen su estigma de disciplinados como
unos monjes ricos, precisamente los que yo necesito, pasan rápidos, pero
en los trenes de ese filme japonés/taiwanés con título francés (Café
Lumière). 10 años con la moda de negro y gris: “lo he visto”.
Estoy seguro que esa gigante de yokohama fue transportada en un avión
especial, nada raro que fuera una nave rudimentaria de dudosa
demostración.
ya porque nos son ajenos, cual el brillo de sus ojos
inmisericordes. Ah, hasta el vietnamita en el tren tuvo celos conmigo.
los escogidos por ellas, son gringos de cara bonita y piernas feas.
No todo ha sido en los trenes nuestra cercanía dudosa, en la bodega de
chinos, mientras alcanzaba un six pack, ella con sed un profundo deseo,
el de turno un muchacho de ojos azules compraba una botella de líquido
azul que ella rechazó cuando se la ofrecieron. yo helado por un instante,
y eso que no soy, ni Woody Allen, ni Mahatma Ghandi. Pero si súbdito para
el peligro del cantorama.
No solamente esto existe para mi interés casual que ha sumado terapias de
visitante calamus. Un poema aislado que se le lee a una amiga.
ya porque se visita inesperadamente un lugar. Subluminares
pasantes se escapan de mi compañía inesperada. Bordeo otro encuentro
entre multitudes que gritan Manu Chau, Red Hot Chili Peppers, Cerati,
Manuelito y su trabuco, justo con mi danza de tango donde no lo hay, y
los pies rockanroleros. Para ellas que danzan como nimbando la cebada.
Danzas chinas son el olvido, ah, y esa película con el actor japonés, la
de los cuchillos (Los Daggers), quién negaría ese amor militar japonés y
acróbata, con mis rublos de remanentes masturbaciones con extranjerías
machorras, sin disecciones todavía de...limpiarse la vagina con una
bandera como la madonna (chica material) y seguir mamando de todo,
mientras llegan para confirmar una tradición invasora. Dicen que ahora
pacífica y radical.
ya sin una gota guardada en pozos manuales, nos invitan a su sed
en el volcán, y a proseguir por fin otros destinos, al menos lo leo ahora
que se me escapó la alternativa esa del amor, que me sostiene madurando
los incentivos expuestos por gomoso de laboratorio.
Reculando en su propia insensatez, lejos ahora los dos uno pierde, por
aquello de la chispa atrasada, insertándose por otros caminos, y por fin
verlos por grupos ocupando todos los misterios, si al cabo son los que
saben ser como los estadinenses, sean paracaidistas (bonguijumpy) en río
de janeiro, java, y ahora nueva york de nuevas formulaciones
convencionales, porque la modelo se sienta a gusto en los trenes que se
elevan sin ningún placer - oki doki –
¿Pero la modelo japonesa no ha llegado, pues no está en mis planes de
lotería? mas escogencias moratorias, sin que me sienta domesticado con
las escenas presentes.
ya porque no se el nombre de ninguna de ellas (y me los invento
todos), a lo que se llega lógicamente mecanografiando el espectro que te
mueve los motores claros y ajenos.
Necesito verlos mas a menudo para contrariarme un poco de todo, de mí.
qué dirán de esto mis budistas zen a los que va dedicado este poema sin
recorridos atómicos. pero si atónitos.
Sin la consabida libertad afuera cuando aparecen haciendo turismo
completo, hasta un pozo de aguas dulces, por si llegara a ellos.
Orfeo en la trama, y qué estúpidas son las murallas, afortunadamente no
hay una por estos fondos que escuchan la atlántida. la anciana de ochenta
años conversa por fin dentro de la ballena surfista, donde no la hay.
ya consintiéndote, me susurras al oído lo desconocido que soy, lo
mal humorado aun en aguas torrentosas, en vigilias dibujadas por una niña
constrictor, que parece un pecesito bien arreglado del golfo de sapporo.
y por qué van a dejar el lado del volcán sagrado, las islas
ahorcadas por un gigante del norte, acaso un oso arquitecto, y levantas
las piernas paranormales, ojalá me coja entonando una canción, que como
saben solo recuerdo las primeras líneas. Y esto todo sucede en la playa
todavía: músculo y látigo interior.
al regreso estaremos sacudiéndonos un poco, dándole al instrumento
de maderas exclusivas, para nuestras promesas, nuestras presencias en el
escenario, cada uno en su sitial, bajando la cabeza y solo con un índice
de síntesis, la lechuga y el arroz chino. ¿por qué de dónde es el arroz
japonés qué se vuelve duro en la comida suchi?, chino, por supuesto, un
odio de 1500 años.
lo veo en los pantalones apretados en medianoche, quizás mintiendo o
justificando el redoble de los tambores prohibidos para el pueblo.
ya el olvido de tantas fechas memorables, unidos por una fortuna:
el encuentro de dos mundos como dice la fatídica historia americana.
untado de sangre amarilla en la palma de la mano, por culpa de una
cuchilla reciclada. no huyas de mi yacamoto, muévete y has de mi
seguimiento una respuesta a caballo mientras arrojas los prejuicios del
amor generacional. uno es verde de emociones al momento de la muerte.
ya porque otro día pasaron de largo entre el exhibicionismo y la
privacidad. ahí estaba yo con mi corazón exaltado. lo que harán apretando
el espacio con sus carros susuki.
ya de por si se ve raro el ambiente, que a nadie importa. La toma muda de
new york en los últimos veranos. es que son tantos para estar en todas
partes: subways, museos, parques, buses, playas, terrazas de brooklyn,
todo manhattan, y prestos ahora a long island.
los dejo pasar otra vez, y en el próximo semáforo me retan a que
los mire, inútilmente sin ejes que conduzcan a su misticidad moldeada por
su libertad religiosa, ahora con sus bellos samurais.
mi pobreza en la comunicación me deja decirles niu tok! io, niu tokio!,
niu tokio!... y desaparecer de plano, de la esquina de cuatro lados o la
media calle con dos salidas paralelas, que siguen siendo los caminos que
planificaron los europeos desde roma.
ya endemoniado estoico subyugado, que no se retira del soho con
sus modelitos en el planeta triple equis, donde hubo antes obreros de sol
a sol encerrados y sin saber que hacer en la tierra prometida de la
simplicidad. uno que otro inmigrante disfrutó del mar con sus arenas
blancas, que todo lo pintan, hasta la negra sola que no olvida, regresa,
y yo tostando mis huevos con sabor a rodaje, no olvido la iniciación del
amor pagano, las caretas momificadas de kabuki (con sus maravillosos
actores sobrenaturales).
II
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Ilustración. Albert Marencin.
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ya en el museo de arte moderno con dadá en escena, todito dadá,
zurich, colonia, parís, max ernst, hanak houch, kurt schwitters, raoul
hausmann.
allí la joven japonesita como un mikito, feas pero arregladas. el estar
bien vestiditas las hacen ser figuras de una creación que ya cantan a
gritos los modistos latinos porque los franceses ya lo cantaron y desde
hace mas de 100 años. habían invadido a francia pasito a paso. eran el
arte del lejano oriente, en medio de la absenta simbólica y patafísica.
un hombre japonés de 50 años me observa en la estación de tren de
la calle 34. no fue sorpresa, me estaba esperando como un extraterrestre
disfrazado de inseguro. yo seguro a pesar del calor a holocausto. la
imagen frívola, la más completa paz jamás imaginada. digamos, con esa
sonrisa cómplice, nos dimos a analizar a los pasajeros con esa perfección
de la agonía, que ya lo había escrito un poeta chileno en new york..
ya por amor de verlas pasar junto a los cuadros de schwitters.
copiando, dudando un poco de esta alteridad, que nos ponga de acuerdo en
un collage de 1918 que nos deja sin respiración.
ah, cuan grande estaba el cuadro de roberto matta explicado por una
japonesa a dos estudiantes de la universidad de princeton. mas relajados
los dos (por fuera de) que mirábamos ese objeto que volaba entre un
fuerte color amarillo que se derramaba como zeus penetrante. el cuadro de
matta seguía desafiante.
ya porque sea cómico, ver aparecer en una esquina de junior square
a un japonés transportado y arrebatado de su mundo, una calle de tokio,
por un juego de ilusionismo, al que estaría acostumbrado todo el mundo.
solo para hacerme asustar o para confirmar la regla. yo cruzo la calle
hacia el parque y un grupo de cinco chicas japonesas me toman una foto
con su cámara polaroid, y luego la introducen en una alcancía que parece
un marranito, pero que no lo es.
seré una remembranza de new york, hoy new tokio, new tokio, new tokio. y
me quito el t-shirt para recibir en el pecho ácido el sol devorador de
las dos de la tarde.
ya porque nos encontramos en medio de una pista de baile con bon
jovi, el músico rockero británico. ahí si, japonesita, dé lo que tenga
entre músculo amarillo y músculo bronceadito. me alcanzas a decir: 5
minutos en el cairo, 8 en atenas, 1 en berlín, doce en new york, 4 en
roma, nada en la habana, 6 en río, y 3 en panamá.
yo quedo solo en este pasaje de la rockeliada y emocionado, porque no se
que me quiso decir la muy chiquita.
ya porque hay una poeta en el metro, que no es japonesa, ríe
conmigo porque no he visto todavía la del japón escribiendo poemas, pero
si leyendo a mishima. la china lee muy emocionada con su cara de tabla
rasa, las analectas de confucio, que lo aprieta entre su entrepierna
mientras agarra los palitos de comida y se lleva un bocadito a la boca,
sin importarle nada, para eso estamos, pensara, en un territorio libre.
que simpatía, cito: “la mujer mira hasta que aparece un rey
sentado en su mirada”, lo leo del poeta chileno díaz casanueva. yo
también me doy mis orgullitos.
ya porque el taoísta en chinatown me enseña sus espejos simbólicos, para
que no mire a tanto japonés millonario, a quien trato de decirle acerca
de apariciones momentos antes, y que se marcha con su olor a gato
cocinado, con su camisa blanca y su pantalón de lino negro.
alcancé a escucharle que hay un término medio para explicar estas
cosas.
¿ y por qué el sol todo lo vuelve rubio y negro?
ya que por fin vi la japonesa pobre, que trabaja haciendo
deliverys de sandwiches en uno de los parques que alguna vez fue un
centro de magia: washington square. viste con sencillez y su altura no
pasa del metro y treinta y cinco centímetros. ¿me mira con vergüenza? no,
me observa con certeza en sus ojos pretéritos.
porqué uno se imagina el satori en estas imperfecciones, con una
salud a prueba de bomba nuclear. no le importa que las otras que pasan
muy cargaditas de regalos y cámaras, sean la perfecta sociedad de
consumo; con esos pies pequeñitos y dulces para un maniquí tradicional de
sexo en el lejano continente.
mi amiga loli me habla de haber visto a las esquizofrénicas en el
tren, y que parecían tener sangre negra cuando se daban a morderse
delante de los pasajeros inocentes. Loli dice también que era porque un
hombre negro con vestido rojo completo se derramaba por entre los
bastidores de su sexo reprimido. pero que rico ser pasivo.
III
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Ilustración. Albert Marencin.
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ya porque cuando el silencio tiene un visitante exagerado, el gas
permanente invasor, y me siento en el lado izquierdo de la cama a tratar
de recobrarte bella japonesita de la muestra de arte dadá.
como no sé tu nombre, talvez vlakita, entiendo el estupor y el
posible rechazo; cuando soy 2 y no 1 aquí en new tokio, y 1 allá en la
distancia incondicional (el nuevo mundo) con todo ese sacrificio mío. no
sé el tuyo.
rodeado de extraños evolucionismos, en donde siempre da miedo
vivir para los emperadores, y el asesino múltiple no conoce el peso de la
pata de elefante para asuntos de resolución completa (o de
aplastamiento).
ya porque son escasos los instantes, y bien caros de complacer, me
dirijo hacia la librería buscando otra mitología que nos universalice.
vlakita: yo he parado lluvias dañinas con los dos arco iris
confusos. y me acuerdo de ese video porno donde los hombres japoneses de
tokio, van al club de masajistas a tener sexo con hombres, mientras sus
esposas, paulatinamente, lo prefieren así antes que aceptarlos con otras
mujeres.
el mundo es irreal, y sus actos farsas porque están doblados, con
aquel paso del tiempo que nos celebra y registra - oblicuamente actuando
de maravilla – volvemos a la meditación para replantearnos el ciclo
marginal de la sensualidad reprimida.
japón detrás de la puerta, con soles de rayos agrestes, pero
delineantes, que no conocemos a fondo todos.
ya porque estoy convencido de nuestros encuentros, sobre todo ese
día en el central park de new york, que me tenían cercado por varios
flancos del parque, para que me sentara como ahora en la roca pedestre, a
observarlos, mientras los tumbos de mi sangre, son una catarsis obligada
a resistir, y la secuencia montada por azar es para posibles escritos
naturalistas con sangre de sentidos recobrados.
¿volví a verlos, repetir sus rostros, sin que piense mucho en los
robots exhibidos por los niños, a 110 metros de mi
posible imaginación de plena libertad con los dones recibidos? un ahogo
con saliva compartida me lo reitera una vez mas.
ya porque los niños y las niñas, en parejita, son presencias
japonesas, para futuros príncipes de la razón, pero de razón suicida.
de la cultura zen sin fanatismos. y recogen y asen del momentico aislado,
la plena confianza, hacia la madre que también busca la imagen más rápida
y placentera del desarrollo embrional posterior de la creatura con sus
pasos. para mi inspiración, que no es otro que otro gen crítico, que no
abandona este regalo: el niño realizado al que trato de aislarlo en medio
de un lago de oportunidades en el almacén de microsoft.
la obra es completa, mi famoso despair baja de tímida
interrealidad a otras ciencias, cuando la madre (y el padre descomplicado)
se inclina ante mí para conducir al niño a su siguiente juicio.
vuelvo a quedar solo e impenetrable, estático grito que
resquebraje a mi ángel, aquel visto y memorable en su sitio de penas.
otros me hubieran convertido en un eunuco inservicial. pero no, estamos
en la china imperial, aquel negocio antiguo de la suprema autoridad,
posiblemente ascendido de la tierra mil veces vituperada por otros
planetas.
emigro a un paso del futuro inteligente, donde me esperan, muy
lejos de estos encuentros con la “juventud japonesa”, con sus
aptitudes irreconocibles, primero mujer o mimosa. tercero bailarín o
primero poeta, séptimo masajista y noveno lesbos.
y conste que en la camiseta de la niña constrictor japonesa habían
grabados dos unos y un nueve y un seis, seguidos, estos dos últimos
pueden leerse al derecho y la revés, y pare esta farándula de ilusiones,
baile de ilusiones, que tengo la frente como samuel beckett, y échense a
reír.
ya porque el jovencito japonés me regala el tiquete para mi vuelo
rápido del lugar, hacia mi metamorfosis, con un fardo de pantalones para
vaqueros medievales, ya lo había escrito, neutros en el cristal de roca,
que ahora tiene por arte de magia la constelación de cáncer.
posible fin.
a loli y al bermejo
(new york, verano del 2006)
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