LA MIRADA PENETRANTE DE MARTINE FRANCK
Por: Yves Bonnefoy


Balthus.Por: Martine Franck.

Entre las obras de Martine Franck, pienso en el retrato que hizo de un anciano en un hospicio, sentado en el borde de la cama ante su trozo de pared tapizado de fotografías eróticas. Se reúnen aquí todos los signos que habrían permitido a Martine Franck actuar con esa crueldad que puede pasar por el deseo de representar la verdad. Pero por un acto instintivo ha percibido y nos muestra en esos rasgos petrificados para siempre, en esos ojos perdidos en un sueño pobre, que todavía queda algo de ese poder que surgió en la humanidad para fundar el mundo, para decidir valores, para reunir en un proyecto la duración dispersa, las cosas aun vacantes, en resumen, para producir lo absoluto. En este caso como en muchos otros, Martine Franck ha sabido descubrir en un ser sin cualidades aparentes algo de la dignidad que impregna en el más alto grado el rostro devastado de Nerval y la mirada inquieta de Baudelaire. Tal es la alquimia que permite la fotografía, por obra y gracia de un ser compasivo: en ella se disuelve algo del infinito, el de los sueños, el de la idea que uno tiene de sí mismo, pero también aparece lo absoluto. “Mira –dicen los mejores de esos peregrinos que van por el mundo con su Leica- incluso en ese instante en que has sido ilusión, inconsecuencia, quizá futilidad, incluso en ese instante en que no eres nada, en que eres la nada, eres, y en eso eres todo, eres el todo”.

Y como la compasión es en primer lugar la capacidad de hacerse a un lado, el olvido de sí mismo frente a los demás, he aquí que cabe afirmar que la fotografía es tal vez la única entre las diversas formas de expresión de la sociedad contemporánea que exige, como condición absolutamente indispensable, esa humildad que caracterizaba a los artistas de la Edad Media cuando, tras las estilizaciones arcaicas y antes de los refinamientos humanistas, tan bien supieron obtener de un trozo de madera esos rostros de Vírgenes que, llenos de majestad o de dolor pero dotados de los rasgos de la mujer más corriente, tenían la evidencia del árbol que se erguía junto a la iglesia o de las flores colocadas como ofrenda ente ellas en el jarrón de barro azul. El arte más moderno coincide así, por su exigencia primordial, con lo mejor de las épocas religiosas.

En cuanto a Martine Franck, la recuerdo ahora una tarde estival en las inmediaciones desiertas de una pequeña aldea de Provenza. Había surgido bruscamente, pese al intenso calor, con su cámara en la mano, bajo la cortina de luz. ¿Qué hacía allí? ¿Buscaba realmente en ese lugar que le era familiar una ocasión de sorprender lo furtivo o lo inesperado?
Me pregunté, en todo caso, si no estaba allí más bien para aprender a no ser nada, a no ser más que la nada, ella en primer lugar, entre esa tierra y ese cielo, y para ejercitarse así en lo que exige su arte, del que a todas luces tiene la más alta y más noble idea.

A menudo uno se dice ante ciertas fotografías: “¿Cómo ha logrado el fotógrafo llegar hasta ahí sin ser sorprendido? ¿Con qué paso silencioso se ha aproximado al pájaro fabuloso posado un instante?” Y algunos piensan: “¿No se sentirá al hacerlo al margen de la vida, fuera del mundo? ¿Cuánta soledad supone mantenerse al acecho y quizá cuánta tristeza?” Pues bien, esos pasos que nada tocan hay que darlos primero en uno mismo, ya que es en el espacio interior donde se producen los acontecimientos de intuición y de percepción suprasensoriales que son lo mejor de ese arte que podría suponerse consagrado a lo exterior de las cosas. Es dentro de sí mismo donde hay que hacer tan poco ruido para no espantar ninguna visión o entrevisión. Y al lograrlo, de ningún modo está uno fuera del mundo, ya que ese aliento contenido hace que el alma oiga latir en ella la gran arteria, la que pasa por el grito de júbilo de los niños que juegan, a lo lejos, bajo la ropa tendida, y por el viento que hinche la ropa, y por el chirrido de las cigarras. Martine Franck iba silenciosamente ese día, pero ya envuelta en esa luz. Si hubiese fotografiado a una campesina con sombrero de paja negra, a un niño con la mano en la frente, vuelta la palma hacia la amenaza del mundo, habría extraído directa y simplemente de esa sombra, de esa mecha rebelde, como la luz va a la luz, la mirada es la única dentro de la multiplicidad.

Pero entre sus fotografías me gusta particularmente la de Paul Strand y es porque esa solidaridad profunda y metafísica que une a Martine Franck con todos sus modelos se complica al ser ese modelo también un fotógrafo, sorprendido en su propio trabajo, en sus propios pasos silenciosos, lo que introduce en la experiencia habitual un elemento de diversión y la alimenta con una reflexión formulada de esa manera soberbia en la imagen misma de la que nace.

Paul Strand aparece en un jardín cuyos efectos de luz sobre el follaje evocan Giverny* , Claude Monet, la pintura impresionista, o sea una relación muy distinta entre el arte y la luz. Sostiene una cámara antigua, apenas portátil, con la que enfoca no se sabe qué, fuera del campo delimitado por Martine Franck. Pero se diría sobre todo que se pregunta, al llegar del exterior a esta naturaleza placentera, dónde podrá colocar su caja negra. ¿Cuánto tiempo hace que la traslada así, con cuidado y, al parecer, incluso con inquietud? Tal vez cuarenta años, a juzgar por las marcas de su rostro. Un tiempo suficiente en todo caso para haber captado peligros y haberse sentido responsable. Cargado con su instrumento que recuerda los comienzos de la fotografía, el gran fotógrafo nos dice: “¿Tengo derecho a estar aquí? ¿No soy portador de una bomba que puede destruir este mundo a pesar de lo que de eterno tiene la luz en el follaje?”

Y es cierto que la fotografía es peligrosa. Mucho más que en la práctica cuidadosa de algunos, ella consiste en la despreocupación y la premura de otros, proveedores de información o de sueños, que hacen que la mirada se acostumbre a lo más exterior, a lo menos significativo y se arme de una indiferencia verdaderamente sacrílega. Fue la fotografía la que en el siglo XIX denunció la ilusión (desacreditando también el tema entre los pintores e impulsándolos a salir al exterior, a Giverny justamente), pero es ella en todo caso, en el siglo XX, la que socava más de la cuenta los valores olvidados y el sentido atropellado; la que, al parecer, sólo apunta hacia la materia y la celebración de la muerte.

Pero también es, incluso ahora, uno de los contados lugares donde –en casos como el de los dos que se hablan en el jardín- puede aparecer algo de esa iluminación de todo el ser de que nos hablan las tradiciones, en particular el Budismo; y no está descaminada Martine Franck cuando da un toque de ligero buen humor, que significa confianza, a su encuentro bajo el árbol con este patriarca que ve tal vez con cierta angustia la horda al parecer infinita de fotógrafos ciegos invadir toda la tierra y arrasar todo. Nada se pierde jamás en una arte o una práctica -tiene por lo menos derecho a soñar (y nosotros con ella)- cuando lo mejor de lo que somos puede expresarse en ella, aunque sólo sea de manera fugitiva; hay grandes revoluciones del espíritu que nacieron de un rostro apacible o de una simple sonrisa; ¿y por qué no seguir entonces llevando a todos los puntos de la vida y volcando hacia lo que amamos (que está ahí, muy cerca, en lo invisible) la extraña caja cada vez más pequeña pero cada vez más llamada a tener una intervención decisiva? ¿Van a sucumbir Occidente y el mundo por un exceso de fotografías? Quién sabe; tal vez los salve, al borde las postrimerías, la evidencia ingenua, epifánica, de algunas de ellas.

* La casa de campo, hoy museo, de Claude Monet en Normandía.

El Correo de la Unesco. París. Abril 1988. Págs. 8-11.

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