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OTRO LUGAR COMÚN….Gabriel García Márquez
Por: Pier
Paolo Pasolini
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Foto. Peter Hamilton.
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… Otro lugar común (al parecer) es considerar que Cien años de soledad de Gabriel
García Márquez (recientemente reimpreso) es una obra maestra. Esto me
parece sencillamente ridículo. Se trata de la novela de un escenógrafo o
de un utillero, escrita con gran vitalidad y
profusión del tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para
uso de alguna gran casa cinematográfica norteamericana (si todavía
existiesen). Los personajes son todos unos mecanismos inventados -en
ocasiones con espléndida habilidad- por un guionista: poseen todos los tics demagógicos destinados al éxito espectacular. El
autor -mucho más inteligente que sus críticos- parece tenerlo claro:
"Hasta entonces nunca se le había ocurrido -dice en la única ocasión
metalingüística de su novela- pensar en la literatura como en el mejor
juguete que se hubiese inventado para burlarse de la gente…".
Indudablemente García Márquez es un fascinante burlador, tanto es así que
todo los bobos han caído en la celada. Pero le
faltan las cualidades de la gran mistificación ("¿Fue Dante un
mistificador?", es la pregunta que un dantista alemán dejó caer en
el oído de un colega suyo, tal como refiere Contini):
las cualidades que posee, por poner un ejemplo, Borges (o, en medida
mucho menor Tomasi di Lampedusa,
si Cien años de soledad
recuerda un poco El gatopardo
también por los equívocos que ha provocado en el pantano del mundo que
decreta los éxitos literarios).
Los críticos literarios tienen que tomar buena nota de un nuevo
"género", o técnica, que a estas alturas ya pertenece
históricamente a la literatura: el guión cinematográfico y también el
llamado "tratamiento". El guión y el tratamiento son obras literarias dado que su
autor tiene conciencia de que la correspondiente integración no es literaria: es decir, que son
estructuras provisionalmente lingüísticas que, en realidad,
"quieren” se otra clase de estructuras; en su caso concreto,
estructuras cinematográficas. Y el autor de un guión o de un tratamiento
en tanto más un hábil literato cuanto más consigue obtener la colaboración
del lector en la visualización de aquello que provisionalmente es un
escritor. Asumir dicha provisionalidad (aquella voluntad de la estructura
de ser "otra estructura") forma parte de la técnica literaria
del guionista, y, potencialmente, de su estilo.
Sin embargo, la mayor parte de los guiones y de los tratamientos
son pésima literatura. Literatura indigna. ¿Por qué?
El primer acto del escritor de guiones es identificar al lector
con el productor; aquel que debe colaborar con el autor en la
"transformación", en la imaginación, de la estructura
lingüística en estructura cinematográfica, es, por lo tanto, aquel que
paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el amo. Ahora bien: la
mayor parte de los escritores cinematográficos provienen de la elite
cultural; por lo tanto son personas que tienen la obligación, yo diría
que social, de considerar al amo un idiota, un semianafalbeto,
un hombre despreciable. Pero, al mismo tiempo, han de lograr que su
trabajo le guste. Pero, en el momento en que el guionista identifica al
productor con un destinatario "idiota, semianalfabeto
y despreciable", sólo tiene una manera de convencerlo: degradar su
propia obra. Y la inocente "captatio benevolentiae" que todo autor, en diferentes
medidas, utiliza para conseguir la colaboración del lector, termina por
convertirse en una operación inmoral que implica al autor en la
degradación que con bajeza ha planificado.
La colaboración del autor con el lector-productor, por lo tanto,
tiene los caracteres de una abyecta complicidad.
Las pequeñas ambiciones literarias o políticas del autor se hacen pasar
por veniales exigencias culturales, por otra parte necesarias para la
película, aunque sólo fuese como coartada, y esto es sugerido
constantemente entre líneas, o en la bonhomía del estilo, por el autor
dirigiéndose al productor; las fatales complicaciones de los personajes y
del asunto se hacen pasar por cosas previstas y previsibles, por otra
parte ya bien probadas; el humorismo crítico y amargo se contrabandea
como una comicidad que ya en otra parte se ha disfrutado plácidamente,
tanto por parte de quien escribe como de quien lee; etc. etc. En resumen,
el autor tiende a compincharse y cómplice, degradándose a su presunto
nivel de estúpido, vulgar, conformista y cínico conocimiento de los
asuntos humanos.
Semejante esfuerzo por simplificar, reducir, desdramatizar, por
hacer que todo resulte comunicable y sin problemas reales, termina
convirtiéndose en una forma atroz de adulación al amo; con quien el
guionista -por decirlo con sus propias palabras- se "convierte en
rufián" incluso despreciándolo, y acaso precisamente porque aquél lo
obliga a una conducta miserable.
Ahora bien: ningún hombre es a priori como el guionista imagina
que es el productor. Ningún hombre es a priori inferior a nosotros
mismos. Y la primera regla moral de un autor es, por tanto, considerar
que el lector es su igual: si luego él se identifica a dicho lector con
un productor, tampoco este productor no puede dejar de ser considerado
como un igual. Obrar de una manera contraria a esta primera, elemental
regla moral, hace que un autor se vuelva indigno de su profesión…
(…)
22 de Julio de 1973
Descripciones de descripciones. Barcelona. Editorial
Península. 1997. Págs. 68-71.
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