En el Centenario del Nacimiento de Maurice Blanchot 1907-2007
LA ESCRITURA DEL DESASTRE (Fragmentos)
Por: Maurice Blanchot


Ilustración. Guillermo Crespo. 1980

No cree en el desastre, no cabe creer en él, vívase o muérase. Ninguna fe que esté a la altura y, al mismo tiempo, una especie de desinterés, desinteresado por el desastre. Noche, noche blanca -así es el desastre, esa noche a la que falta la oscuridad, sin que la luz la despeje.

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El desastre cuida todo.

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El desastre, al quitarnos el refugio que es el pensamiento de la muerte, al disuadirnos de lo trágico o de lo catastrófico, al desinteresarnos de todo querer como de cualquier movimiento interior, tampoco nos permite jugar con esta pregunta: ¿Qué hiciste por el conocimiento del desastre?


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El desastre está del lado del olvido, el olvido sin memoria, el retraimiento inmóvil de lo que no ha sido trazado -lo inmemorial quizás; recordar por olvido, el afuera de nuevo.


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Leer, escribir, tal como se vive bajo la vigilancia del desastre expuesto a la pasividad fuera de pasión. La exaltación del olvido.
No eres tú quien hablará; deja que el desastre hable en ti, aunque sea por olvido o por silencio.


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No está excluido, sino como quien ya no puede entrar en ninguna parte.

Lo fragmentario, más que la inestabilidad (la no fijación), promete el desconcierto, el desacomodo.


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Schleiermacher: al producir una obra, renuncio a producirme y a formularme a mí mismo, realizándose en algo exterior e inscribiéndome en la continuidad anónima de la humanidad -por eso la relación entre obra de arte y encuentro con la muerte: en ambos casos, nos acercamos a un umbral peligroso, a un punto crucial en el que bruscamente somos revertidos. Asimismo, Federico Schlegel: aspiración a disolverse en la muerte: "lo humano es siempre más alto, e incluso más alto que lo divino". Acceso al límite. Queda la posibilidad de que, en cuanto escribamos y por poco que escribamos -lo poco está sólo de más-, sepamos que nos acercamos al límite -el peligroso umbral- en que se plantea la reversión.
Para Novalis, el espíritu no es agitación, inquietud, sino reposo (el punto neutro sin contradicción), pesadez, pesantez, siendo Dios "de un metal infinitamente compacto, el más pesado y corpóreo entre todos los seres." "El artista en inmortalidad ha de obrar para el cumplimiento del cero en que alma y cuerpo se tornan mutuamente insensibles. La apatía, decía Sade.


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Escribir puede tener al menos este setnido: gastar los errores. Hablar los propaga, los disemina haciendo creer en una verdad.
Leer: no escribir; escribir en la interdicción de leer.
Escribir: negarse a escribir -escribir por rechazo, de modo que basta que se le pidan algunas palabras para que se pronuncie una especie de exclusión, como si le obligaran a sobrevivir, a prestarse a la vida para seguir muriendo. Escribir por ausencia.


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Desprendido de todo, hasta de su desprendimiento.


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Escribir, obviamente, no tiene importancia, escribir no importa. A partir de eso se decide la relación con la escritura.


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La muerte de Lo Otro: una doble muerte, porque Lo Otro ya es la muerte y pesa en mí como la obsesión de la muerte.


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La amistad no es un don, una promesa, la generosidad genérica. Relación inconmensurable de uno con otro, ella es unión con lo exterior dentro de su ruptura e inaccesibilidad. El deseo, puro deseo impuro, es el llamado a franquear la distancia, a morir en común por l separación.
La muerte de repente impotente, si la amistad es la respuesta que sólo puede oírse y hacerse oír muriendo incesantemente.


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La paciencia del concepto: antes que nada renunciar al inicio, saber que el Saber nunca es joven, sino que está siempre más allá de la edad, senescente que no pertenece a la vejez; saber luego que no se tiene que apresurar la conclusión, que siempre el final es el prematuro, apuro por lo Finito al que uno quiere entregarse de una vez sin darse cuenta que lo Finito no es más que el repliegue de lo Infinito.


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Si la cita, con su fuerza parcelaria, destruye de antemano el texto de donde no sólo fue arrancada, sino al que exalta hasta no ser más que arrancamiento, el fragmento sin texto ni contexto es radicalmente no citable. Morir es, absolutamente hablando, la inminencia incesante por la cual, sin embargo, perdura la vida, deseando. Inminencia de lo que siempre ya sucedió.


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La escritura fragmentaria sería el riesgo mismo. No remite a una teoría, no da cabida a una práctica definida por la interrupción. Interrumpida, prosigue. Ante una interrogante, no se arroga la pregunta sino que la suspende (sin mantenerla) en no respuesta. Si pretende tener su tiempo solamente cuando se ha cumplido -al menos idealmente- el todo, ello significa que ese tiempo nunca está seguro, siendo ausencia del tiempo, no en un sentido privativo, sino porque es anterior a todo pasado-presente, así como posterior a toda posibilidad de una presencia futura.


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El filósofo que escribiese como un poeta no buscaría más que propia destrucción. Y aun buscándola, no puede alcanzarla. La poesía es interrogante para el filósofo que pretende darle una respuesta, y así comprenderla (saberla). La filosofía que pone todo en tela de juicio, tropieza con la poesía que es la interrogante que le escapa.

 
Caracas. Monte Ávila Latinoamericana. 1987.

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