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AURELIO ARTURO
Por: Carlos Bedoya Correa
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Aurelio Arturo. Por
Eduardo Ramirez Villamizar.
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“El viento
se levanta. Apresúrate. La vela bate a lo largo del mástil. El honor está
en las lonas; y la impaciencia sobre las aguas como fuego de la
sangre”.
Saint-John Perse
En medio de una brevedad y un aura de silencio tormentosa para muchos, la
obra del poeta colombiano Aurelio Arturo (La Unión, Nariño, 1906-1974),
deviene un momento inevitable y definitivo para el surgimiento y
posterior desarrollo de una poesía auténticamente contemporánea, dotada
de un vigor y una exactitud muchas veces misteriosa, dentro del abundante
mundo de papel sin vida que suele escribirse (y publicarse),
constituyendo toda una tradición retórica, en Colombia. Retórica,
decimos, en el sentido más peyorativo de la palabra, incluso más allá de
la concepción clásica citada por Ernst Robert Curtius: “La poesía
es un discurso reducido a metro”. (Literatura Clásica y Edad Media Latina).
En el caso nuestro y, particularmente, en el del grupo conocido
como Piedra y Cielo (surgido
entre 1940 y 1950), la poesía más que reducirse a un metro se encasillaba
dentro de un espíritu “puro”, solemne, proverbialmente decoroso
y puesto al servicio de la más cándida y almibarada tradición, llegando a
basar su trabajo en el empleo de figuras como el
“sobrepujamiento”, que el ya citado crítico alemán definía,
en el mismo texto, como una forma peculiar de la comparación destinada a
“alabar” a alguna persona o encomiar alguna cosa para
“mostrar a menudo que el objeto celebrado sobrepasa a todas las
personas o cosas análogas”. (Op. Cit)
Y es que, en el caso de los autores piedracelistas, era esencial
el panegírico. La elegía, la descripción minuciosa (y artificiosa) del
ser amado y su aparente correlato, la Patria (la cual, más allá de su
dimensión bucólica, no era otra cosa que la Nación gobernada por sus
amigos políticos). Con suma facilidad se pasaba de ser, tal cual lo hacen
otros hoy en día, el cantor de Teresa (“en cuya frente el cielo
empieza”), a servir de altiva vedette
en tertulias y cocteles para ser consagrado, finalmente, funcionario y
poeta oficial. Es por esto por lo que nunca dejará de ser saludable
considerar que Aurelio Arturo, no obstante su oficio de abogado y los
cargos ocupados en la rama judicial, siempre demostró lo aconsejable del
silencio y la conveniencia no sólo de leer y perseverar en la poesía,
sino de mantenerse apartado de conventillos y reuniones de iniciados, con
la marcada convicción de que la auténtica poesía es ajena, por completo,
a estos lugares.
Hoy, cuando muchos pretenden revivir el supuesto encanto de Piedra y Cielo, tal vez como una
reacción a una circunstancia social descarnadamente violenta y ante la
cual toda pirueta verbal corre el riesgo de ser aplastada por su
contraparte, el panfleto, el texto que convierte lo poético en sirviente
de la denuncia y el mensaje, conviene situar, así sea someramente, la
obra de Aurelio Arturo en el difuso proceso de la literatura escrita en
Colombia a lo largo del siglo XX.
El rasgo más visible en la producción de Arturo es la brevedad. Si
consideramos su escritura en conjunto o bien a nivel de cada poema, vemos
que no es un poeta de palabra o sentimiento fácil. Predominan en él la
medida y una voluntad de rigor propias de las exigencias de su visión.
Sus poemas nos muestran un mundo ajeno, casi por completo, a la aspereza
de la vida cotidiana, a ese bostezar perpetuo del hábito. Por el
contrario, su palabra nos envuelve en un ensueño delicado, lento y
musical. Fascina su melodía a veces oscura pero, al final, siempre
fulgurante, de una luz excesiva contenida apenas por la mesura de su
ritmo verbal. Y es que su voz proyecta la densidad del sueño, un aire que
todo lo vuelve imaginario, irreal.
Es el mundo de lo nocturno reconstruido a partir del canto y el
goce de escribir: “¿Si de tierras hermosas retorno / que traigo?
¡Me cegó su resplandor!” De esas tierras silenciosas y
deslumbrantes, de la noche callada el poeta sólo rescata canciones que
compensan la pobreza de sus manos vacías. Como en San Juan de la Cruz,
puede decirse que de la música callada del universo onírico, sólo
persiste la soledad sonora, un tejido de palabras que suprime el tiempo
al celebrar la materia poética. Largos corredores, oscuros salones, son
el continente de una tierra perdida, de un país lejano o acaso del
extravío de una mujer voluptuosa, el sonido de un piano o de unos ángeles
revoloteando por la casa. Quizás este sea el mundo del sur, donde soplara
“El curvo viento” fértil trayendo el sosiego con
“franjas de aroma”. Un perfume, un sonido que existieron hace
tanto tiempo que ya no los percibimos en el tiempo, en la memoria, sino
que los sentimos en el ansioso preguntarse, en el asombrarse del
presente. Aquellos momentos no conocen desaparición en la mirada poética.
Ésta nunca pierde de vista el objeto de su conjetura, por eso la
contemplación se erige sobre un plano de eternidad. El pasado que se
evoca “Importa como eterno gozar de nuestro instante” de
acuerdo con el verso de Luis Cernuda en un poema de nombre por sí mismo
revelador: “Las ruinas”. La continua vigencia del ensueño
late más allá del pasado en ruinas. El deseo muerto alcanza una dimensión
inapagable: “Aquí las ruinas no están quietas: / El viento las
modela...” (Eduardo Cote
Lamus, Estoraques).
Los poemas de Aurelio Arturo, aparentemente portadores de un
paisaje nacional, expresan más bien, a nuestro juicio, la flora de un
país interior al que todo hacía creer como extinguido (1). El territorio
del sur, el de Morada al Sur (1963) — único libro propiamente
conocido de Aurelio Arturo, el de la poesía. Canta el júbilo de una
fecundidad sin muerte. Es la morada de la inocencia, una quietud no
violada. Esto por un lado, por otro restituye el itinerario de una culpa,
de un “tic tac profundo” que ensombreciera el paraíso. De
nuevo acude la voz de Saint-John Perse a estas páginas, no en vano sus
obras se han asociado de alguna manera en otras ocasiones: “Los grandes
itinerarios todavía se iluminan en el reverso del espíritu, como trazas
de la uña en el vivo de los platos de plata”.
Este itinerario adolorido del viento, quiere traer de nuevo al
mundo la inocencia perdida. Tal restitución, el afán de vivirla otra vez,
es el móvil de la escritura. Es el deseo, no la memoria, quien manipula
su voluntad:
No es para ti
este canto que fulge de tus lágrimas,
No es para ti este verso de melodías oscuras,
sino que entre mis manos tu temblor aún persiste
y en él el fuego eterno de nuestras horas mudas.
La poesía: “Fuego eterno”, “Fiebre dormida”. La
persistencia de un trozo de vida, de calor, anula el frío yo razonable
que desearía situar y clasificar su memoria. Arturo nos revela que en
este orden familiar y prosaico se deslizan sombras de pasiones más
bellas, ecos de la alegría despreciada cuando llegamos al “uso de
razón”:
Yo soy el que
has querido, piel sinuosa,
Yo soy el que tú sueñas,
ojos llenos de esa sombra tenaz en que boscajes
abren y cierran párpados serenos.
Durante la infancia estamos conectados de verdad con nuestras
raíces, convivimos con nuestros dioses interiores, los dioses de la
tierra. En este sentido, la infancia es la “edad balsámica”,
el fervor de una caricia apaciguadora. En medio de sus conflictos todo es
luz, algunos hombres nunca renuncian a ella. Prefieren morir, desaparecer
para el mundo fáctico y ser leales a la antigua poesía. A cada rato
parecen preguntarnos: “¿Te acuerdas de esos viajes bordeados de
fábulas?”.
En este orden de impresiones, la sangre, el corazón, las
vibraciones de la carne son los pilares del templo. En algún poema de
Morada al Sur, el viento (imagen de libertad) golpea contra la puerta,
encuentra algo listo a impedir su camino. Sin embargo, se trata de
“un viento fértil”, además de persistente, y en él se
“mece el poema”. Cruzar aquel umbral, transgredir el sagrado
recinto, es la aventura de las palabras, el destino –casi siempre
aciago– del poeta. Por eso él no vive al norte, con los dioses del
cielo, imágenes del ver adulto y sensato. Sus voces vienen del sur y
nunca dejan de retornar por sobre cualquier exigencia lógica. Lo mejor
(para enriquecer la vida presente) sería perdernos en la intensidad de
este absoluto, no vibrar con otra vida que su fuego. El canto es la nostalgia
de fundir la acción con el sueño:
Déjame ya
ocultarme en tu recuerdo inmenso,
que me toca y me ciñe como una niebla
amante.
Volver al sur, a lo primigenio y más auténtico. Origen que trasciende el
mito del principio en el tiempo. Incluso, este origen posee, por
paradoja, un futuro. Es preciso cantar mientras el sueño se cumple. El
sur, infierno mágico, acaso el único destino posible cuando el hombre
quiere, en lugar de ser una categoría abstracta, convertirse en un ser
auténtico, identificado con la miseria de sus riquezas y la fértil
presencia de sus ausencias. En armonía con su naturaleza desea que la
noche y el día se confundan en el alejarse de nuestra persona, en el
vacío donde sólo la sangre, iluminándonos las venas, deja ver qué país
corpóreo es frecuentado por el sueño. Sed de forjarlo todo, diluyéndose
en la nada:
En esas cámaras
yo vi la faz de la luz pura,
pero cuando las sombras las poblaban de musgos, allí mimosa y cauta,
ponía entre mis manos,
sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.
En la obra de Aurelio Arturo se respira un aura de embriaguez.
Resulta válido indicar en él un gusto sensual por la palabra, un placer
de escritura. La tierra canta en sus versos. Su amor por el ejercicio de la
poesía está presente en todos sus textos, no suele manejar ideas, lo
seductor de su voz busca lo sensible, esa inmensa extensión suave y
sinuosa que es la piel de la amada. Y en este goce del decir se
transparenta, igualmente, una necesidad del conocimiento de sí mismo.
Esta necesidad torna a las palabras en espejos: “En ella nos
miramos / para saber quiénes somos”, escribe en un decisivo poema
llamado “Palabra”, el cual encierra una profunda reflexión
acerca de la experiencia poética (2). La palabra nos dice la verdad de
estas batallas que nunca podrá asir la mano (y, menos aún, la sana
razón), nos dice que somos un signo del sueño, el rastro de un viaje, y
nos invita a confundirnos con ella en el trasfondo de la lluvia, en el
país de tambores:
Torna a esta tierra donde es dulce
la vida
De este modo, “los muertos viven en nuestras
canciones”, ayudándonos a mirar mejor las cosas, a sentirlas más
profundamente, con la paciencia de abrir quedamente un postigo. Aurelio
Arturo, su obra, su discreción, su manera de comprender la actividad
poética como algo completamente ajeno a un oficio, a un modus vivendi, enseñan numerosas
cosas, dando fe –al mismo tiempo– del sentido siempre radical
de renunciar a la habladuría para volver la vista hacia adentro, depurando
así los contornos del afuera, y ponerse a vivir (y, por qué no, a
escribir) como quien anda perdido en la oscuridad y presiente, de súbito,
un fulgor que viene –en último término– a conducirle hacia sí
mismo. (3)
NOTAS:
1.
A este respecto, no sobra recordar el texto del poeta Fernando
Arbeláez publicado en 1964, donde, por el contrario, la interpretación
tiende a poner de manifiesto en Morada al Sur, “las iniciales de
una ontología lírica del paisaje americano”
2.
En cuanto a este punto se refiere, sería importante indagar por
dos momentos, marcadamente distintos, en la obra de A. Arturo,
determinados, al parecer, entre 1963 y 1973. Si bien ello desborda las
pretensiones del presente comentario, no olvidemos lo que, a este
propósito, escribió Danilo Cruz Vélez en la revista Golpe de Dados:
“…en los últimos años de su vida, el autor de Morada al Sur
ya había roto el círculo mágico que había quedado encantado desde su
primera juventud. De la producción de este nuevo período que no sabemos
cuándo comenzó, conocemos sólo tres poemas (…) Después de su obra
anterior, que es la de un pequeño gran poeta, dichos poemas nos revelan
la “manera grande” de su arte”.
3.
Una versión abreviada del presente trabajo, se publicó en la
revista Acuarimántima, en diciembre de 1974, en forma de homenaje al
poeta, por entonces, recién fallecido.
Tomado de: Viajes
en la cuerda floja. Medellín Editorial Endimión. 2006
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