APOTEOSIS DE LA MATERIA HUMILLADA
Por: Roger Caillois

 


Ilustración. Ole Ahlberg. 1986.

Tengo bajo los ojos un álbum de fotografías en colores cuyo autor exalta las cortezas de los fresnos, de los abedules y de los arces, de las hayas purpúreas y de los álamos plateados. Son láminas, remolinos, jirones de luz en la que se estremecen los más cálidos matices del carmesí, del pardo y del azul oscuro. Jean Rostand, que presenta esas láminas impresionantes, afirma con razón que pueden desalentar a los pintores tanto "por el arte de la composición, como por la pureza de los rasgos y la extrañeza del colorido." Aportan en todo caso una prueba más de que el que contempla y el contemplado son de la misma especie, pertenecen al mismo universo y que la idea de la belleza es como una savia que circula entre ellos en la unidad de su substancia y que liga el uno al otro por nuevos vínculos. Interpreto así la expresión sobrecogedora por la cual el naturalista elogia esos documentos extraordinarios diciendo que recuerdan al hombre la ubicuidad de lo esencial.

Lo esencial se esconde en los musgos y los líquenes, en el moho y los hongos que atacan las cortezas y las alburas. Los adorna con su belleza patética y deslumbrante: librea de las fuerzas pacientes e infalibles que, de igual modo que la crean, destinan cada esplendor a su desaparición. Señalo los adjetivos que vuelven una y otra vez en las breves leyendas de los clisés: calcinado, raspado, podrido, carcomido, herido, agrietado, desollado. Pienso entonces en la preferencia enigmática que traicionan a veces los pintores y escultores en la elección de los materiales que se complacen en incorporar a sus obras: son desechos, residuo y recortes, harapos, escorias y cagafierros, siempre la materia degrada, gangrenada, dañada, cada resto irreconocible y humillado.

Ignoro lo que habrán de inferir de este favor frecuente, tan notablemente orientado, los historiadores que deben explicar los caracteres del arte de nuestro tiempo. Quizá dirán que atestigua mucho rencor o mucha imprudencia. En cuanto a mí, me indico a conjeturar que pintores y escultores fueron conducidos a eso más bien por efecto de una suerte de lógica interna. Las formas de la materia triunfante son nítidas y tajantes. La pintura llevada poco a poco a preferir la luz a los contrarios definidos, debían terminar por no interesarse sino en aquellos que están como diluidos y disueltos, los de la materia atacada por el desgaste o los ácidos, el tiempo o los elementos.


MONÓLOGO DE UN ESCULTOR

Ciertamente, no me cuesta comprender a los artistas que tratan de extraer de las piedras las formas que se admiran. Pero su arte, como el teatro por otros motivos, suscita en mi no sé qué oscura reticencia. Todo me muestra que estoy equivocado, pero en vano razono. Sobre todo, en lo que concierne a mi arte. En vano trato de morigerarme: de vez en cuando tengo la idea sacrílega de que sería a la vez más simple y más seguro buscar en las piedras formas ya dadas. Aprecio como todo el mundo las excelencias de una Afrodita antigua, pero me repugna seguir ese camino: un demonio me sopla al oído que, si otro, un bloque de mármol sin tallar. Y, finalmente, me atrevo. Me sucede pensar que algunos de mis colegas siguen ya ese camino. ¿Por qué no llegar de golpe a su término y dejar de esculpir?

Tomo las piedras como son, sin atreverme a modificar sus formas. Me persuado aquí de que alterar sería necesariamente casi arruinar. Porque esas superficies no son arbitrarias. No provienen de un gusto pasajero, ni de una elección discutible. Su belleza no depende de las escuelas, ni de los estilos. Ha nacido de la acción de fuerzas ciegas, irresponsables e infalibles; unas insensibles; otras, explosivas: erosiones que se cuentan por milenios o deflagraciones que vuelven irrisorias todas las brutalidades. Ningún artista dispuso parejamente del tiempo, de la suavidad, de la fuerza. Ninguno fue el primer autor de una forma absoluta, tronco, río o guijarro, que el pausado tumulto del mundo no ha dejado de maltratar hacia su inevitable perfección. A los cuerpos sometidos a parejo tratamiento les fue impuesta una aquiescencia total, una suerte de santidad de la materia, consagración y recompensa de virtud nula. Pero modelo para siempre y referencia impar.

Sé que todo no es tan simple. En detrimento de las fuerzas severas y ennoblecedoras, por una siniestra, pero ordinaria precedencia, puede sobrevenir el accidente que castiga, mutila o degrada. Sólo entonces conviene rectificar, ¡pero con prudencia!

Tengo tanto respeto por la naturaleza que me las imagino para intervenir lo menos posible en ella. Me ensayo de tal modo en esculturas secretas, que no muestro a nadie y que están hechas de piedras que casi no he modificado y ese casi, no sin remordimientos. A veces, restituyo, realizo; quito alguna verruga; me arriesgo hasta hacer visible lo que permanecía oculto. Pero eso es todo. Y quedo espantado. Intenciones.

Buenos Aires. Editorial Sur. 1980. Págs. 183-184 y 199-200

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