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ANDRÉ GIDE_Nos habla
de sus páginas escogidas
Por: André Breton
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André Breton. Foto:
Lipnitzki-Violet. 1950.
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Nunca he sido un íntimo de André Gide, lo que sin duda me permite
verle de vez en cuando y cambiar con él palabras un poco menos insignificantes
de lo que él desearía. A decir verdad, aunque la ligereza no sea mi
fuerte, el autor de las Caves du
Vatican (estas perífrasis le van muy bien) me divierte, desde hace
mucho tiempo, mucho más de lo que me alarma. Cuanto más avance, más apreciare
a un hombre que se confunde. Este es en nuestra época un criterio lógico:
su superficialidad, sus coqueterías, sus pretensiones, que compensan sus
pocas buenas cualidades de segundo orden, me informan tan formalmente
sobre aquellos a quienes entusiasma como acerca de aquellos a quienes
exaspera.
La escena transcurre a la hora del té, uno e esos últimos días, en
una tahona de la calle de Grenelle.
GIDE.-En fin, ¿qué espera usted de mí? ¿No le ha satisfecho completamente
mi antología que acaba de salir en la revista?
YO.- Perdóneme, señor mío, pero no la he leído. GIDE.-Hela aquí. Pero no
me pida usted que le ponga una dedicatoria. Lo haría con gusto, pero no
se la he puesto a nadie.
YO.-Creo que ha publicado usted una obra del mismo estilo en la Biblioteca
de la Adolescencia.
GIDE.-¡Si supiera usted qué papel represento! ¡Pero es que yo no soy
poeta! A los poetas les es demasiado fácil. Pero yo, ¡cuántas reflexiones
antes de mover uno solo de mis peones! Tengo mucho que escribir todavía,
pero conozco bien mi objetivo y el plan de todas mis obras está ya
fijado. No le quepa a usted duda de que adelanto, con lentitud, sea, pero
con voluptuosidad.
YO.-¿No teme usted que menosprecien esos cálculos? Se trata de algo muy
distinto. Puede que no queriendo privarse usted de ninguna posibilidad,
de todas formas pierda la partida.
GIDE.-No tengo que rendir cuentas hasta después de mi muerte. ¡Y qué
puede importarme puesto que he adquirido la certeza de que soy el hombre
que más influencia tendrá dentro de cincuenta años.
YO.-Entonces, ¿por qué preocuparse de guardar las apariencias? Ya se sabe
ahora qué clase de leyenda le gusta a usted que se teja en torno suyo: su
inquietud, su horror por los dogmas, y ese aspecto desilusionante. Hasta
los más torpes se emplean en ello.
GIDE.-Al contrario, me calumnian más que nunca. En la Revue Universelle, el señor Henri
Massis no hace más que arrojar basura sobre mí. Créame, Breton, todo
llegará a su tiempo: al leer mis páginas escogidas verá usted cómo he
pensado, sobre todo en usted y sus amigos.
YO.-No nos basta su preferencia. No hay uno sólo de los nuestros que no
cambiara todas sus obras por verle a usted asentar esa lucecita que hizo
aparecer una o dos veces en las miradas de Lafcadio o de "Un
alemán". ¿Es necesario de verdad que se consagre usted a otra cosa?
GIDE.-Esto que me dice es muy extraño, pero de lo que tiene usted la
sensación es del fracaso de la humanidad entera. Le comprendo mejor de lo
que usted cree, y le compadezco. Como decíamos el otro día con Paul
Valéry: "¿Qué puede un hombre?" y añadía: "¿Se acuerda
usted de la admirable pregunta de Cervantes: "Cómo esconder a un
hombre?"
Tomado de: Los pasos perdidos. Madrid. Alianza
Editorial 1972. Págs. 85-87.
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