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CARTAS LETALES
Por: René Jaramillo Valdés
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Francisco Toledo
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Cuando la memoria
quiere ajustarme cuentas por las circunstancias en que murió Martino
Ponche y vuelvo a hilvanar la historia que desde la distancia nos
propusimos escribir, me convenzo más de que yo era quien debía morir, al
menos ese era el fin perfecto para lo que teníamos elaborado del cuento hasta
el instante de mi inesperado regreso al país.
Martino y yo nos fuimos conociendo durante los concursos literarios en
los que ambos participábamos y de los cuales siempre salimos perdedores.
Martino, que se ufanaba de ser un gran lector y de haber dejado su rastro
en las páginas de un centenar de novelas, llegó a convertirse en mi
confidente y a veces era él quien hallaba los remates más acertados a mis
cuentos. Pero nuestra amistad fue más allá, juntos convinimos elaborar
proyectos con los cuales aspiraríamos a obtener becas de intercambio
cultural y justo en el primer proyecto que presentamos, y donde obtuvimos
el derecho de viajar a la ciudad de México, sobrevino su muerte, de la
que tengo parte de culpa.
Martino carecía de los medios económicos para costearse los gastos que
exigía una salida de Colombia. Sin embargo, el obstáculo fue su edad: le
exigieron un permiso especial para abandonar el país debido a su
condición de anciano y sin parientes a la vista. Para obtener el permiso,
Martino debía consignar, hasta su regreso y a nombre del gobierno
nacional, un millón de pesos para costear el traslado del cadáver si
llegaba a fallecer en el exterior. Él estaba dispuesto a conseguir el
dinero mediante la venta de su casa, pero la negociación de ésta no pudo
llevarse a cabo. Este caso y la exigencia del gobierno llenaron a mi
amigo de malos presagios, así me lo hizo saber. Estuvimos de acuerdo en
que yo viajaría primero para no malograr la beca y cuando vendiera su
casa lo haría él.
“ Si ya estorbamos en este país, por qué no nos dejan ir. Esta
negativa de las autoridades me hace presentir lo peor”, decía
Martino en la primera carta que recibí en México. Él no había podido
negociar la casa, la iba a entregar por cualquier precio, pues estaba
ansioso por terminar el proyecto ya que iba a dejar de ser un escritor
inédito y además porque en su mente estaba fluyendo una historia sin duda
esencial para la ficción que nos propusimos desarrollar; historia que,
para decir verdad, me perturbó hasta el punto que al considerar acabado
el cuento en sus tres cuartas partes, suspendí la correspondencia con mi
amigo, y a título personal resolví enviarlo a un concurso en la ciudad de
Medellín, aún advertido por algunos escritores conocidos míos de que se
trataba de un evento con fines oscuros. Claro está que Martino sólo supo
de mi osadía antes de mi regreso a Colombia.
La historia que escribía Martino, por los días de nuestra separación,
trataba de una mujer que en el principio de su matrimonio había sido
feliz, pero meses después sus ideales románticos se frustraron. Lizeth se
había casado con un hombre para quien tenía más valor el concepto de la
sociedad que la armonía y el sosiego de su entorno familiar. La soledad y
la monotonía a que era sometida la llevaron a negarse a acompañar a su
esposo a las reuniones de la alta sociedad donde siempre se sintió como
un simple adorno. A cambio ella realizaba largas caminatas por los
parques aledaños a su residencia y donde al poco tiempo otro hombre
auscultó su corazón; lisonjas que la sustrajeron del mundo sin sentido en
que vivía. En síntesis, decía Martino, debíamos dejar claro en el relato
las abstracciones y depresiones en las que a veces Lizeth se sumía. Ella
con el amante encontraba parte de la vida perdida durante el matrimonio;
con el amante sus sentimientos reprimidos se desataban como caballos
desbocados. Martino decía que lo que a él le interesaba de la historia
era incitar a amar la frustración porque ella sin duda nos conducía por
los caminos de la búsqueda, del reencuentro con nosotros mismos, aunque a
veces de antemano aceptáramos el fracaso. Al despedirse Martino se
quejaba de un dolor indescriptible encumbrado en el pecho desde días
atrás y del sabor salobre del café ofrecido por la pareja que albergaba
en su casa, bebida que le remontaba el sueño hasta lo más alto de las
noches. Eso me dijo en la última misiva.
Cuando me enteró de su dolencia quise animarlo y reinicié el envío de
correspondencia. Tuve a Martino al tanto del personaje, Braulio, que
ambos habíamos creado, y en quien recaería la tensión del relato. Le
conté que el cuento, aún inconcluso, lo había puesto a concursar en la
ciudad de Medellín, aunque varios colegas me advirtieron que dicho
certamen lo convocaban con fines no muy claros. Le mandé varias cartas
enterándolo de lo sucedido con el cuento pero en más de mes y medio no
recibí respuesta a ninguna de ellas; al menos hasta el día en que tuve
que abandonar la ciudad y regresar a Colombia para salvarme de morir en
manos de Braulio. Apenas en el avión vine a comprender la veracidad de la
advertencia que me hicieron los colegas.
Después le escribí a Martino diciéndole que nuestro cuento había sido
elegido finalista en el concurso, y que a los autores seleccionados nos
instaban a un segundo concurso porque, a decir del jurado, las obras que
alcanzaron la distinción tenían en común que parecían inconclusas. Le
conté que el jurado se vertía en elogios sobre Braulio, decían que además
de ser un gran lector y parecer inacabado, su decidida negación al fracaso
lo hacía un triunfador. Le transcribí las palabras del jurado:
”Braulio enseña a leer, por él hasta nosotros volvimos a releer
obras que creímos conocer a plenitud”. Lo enteré además del rotundo
no que di a los organizadores del concurso cuando me pidieron
consentimiento para definir los premios hallándole el mejor final a
nuestro cuento «El camino de los libros». “Fui enfático, Martino,
les dije que no estábamos dispuestos a participar de la segunda fase del
concurso y que en consecuencia la obra no podía tener un remate diferente
al propuesto por nosotros.” Para terminar le expuse que nos
atendríamos a las consecuencias por la negativa. También le expresé que a
mi juicio no haber autorizado que los finalistas buscaran un mejor remate
para nuestro cuento había sido un acierto, y que prueba de ello eran las
constantes llamadas telefónicas que me hicieron los organizadores para
que reconsideráramos la decisión, o acabáramos de contar la historia de
Braulio.
Quise esperar unos días para dar informe a Martino de la respuesta de los
organizadores, pero el apremio en que me vi esa semana me obligó a
adelantarle lo sucedido con la impugnación. Fui concreto, le dije: « El
jurado desatendió nuestra voluntad y que la historia de Braulio, que
pensábamos suspender, se convertiría en mecha lenta». Le conté que a
Braulio sería muy difícil engañarlo porque a las lecturas a que lo
habíamos sometido y por la manera de acechar a sus víctimas, página tras
página, nadie soportaría su persistencia, su frialdad, nadie querría esperar
el momento de la ejecución. Le escribí: «La sentencia, amigo, es unánime,
el jurado decidió que Braulio sea el encargado de dar el veredicto, él
escogerá el final que mejor se acomode a su historia, él dará muerte al
autor de ese final y la víctima será declarada ganadora; Martino, el
fallo no tendrá apelación».
Nunca mencioné a Martino los avatares que sorteé desde el instante del
recibo de la sentencia del jurado. Lo que sí le hice saber fue el remate
para el cuento, ya que esperaba su consentimiento: Braulio debe matar al
hombre que estropea las páginas de los libros. Tampoco le hablé de las
mañanas enteras que perdía sentado en el balcón de la casa aguardando el
paso del cartero, menos la manera abrupta como debí suspender el
proyecto, ni el desánimo que me producía el tener que responder las
cartas de los organizadores del concurso. Antes de mi salida intempestiva
de la ciudad atiné a contarle que por momentos me reconfortaba la mención
de buen lector que hacían de Braulio, y cómo la lectura se convertiría en
el mayor obstáculo para quienes intentaban terminar de escribir la
historia de nuestro personaje. La misma tarde cuando despaché el sobre me
llegó otro del jurado donde informaban que, de todas formas, el fallo del
concurso se declararía el próximo domingo y que para tranquilidad nuestra
ninguno de los participantes había propuesto un tema distinto a la
lectura, porque el cuento El camino de los libros «no admitía un final
diferente». El entrecomillado lo tomé como la consumación de la amenaza.
Y así fue. Una llamada telefónica, donde me dijeron que no respondían por
mi vida en las próximas veinticuatro horas, me dio la oportunidad de
escabullirme. Pensé entonces que Braulio al nutrirse de las anécdotas de
los demás finalistas acabaría liberándose y suplantando a sus creadores,
como pretendían los organizadores.
Llegué a Colombia después de veinte días de estar huyendo en la ciudad de
México. El aeropuerto José María Córdoba estaba cerrado por mal tiempo y
la nave fue autorizada para aterrizar en el aeroparque Olaya Herrera, de
Medellín. Eran las seis de la tarde, hora pico, cuando a trompicones y
estrujando transeúntes me abrí paso por las calles del centro de la
ciudad, esa fue la única manera de evadir al hombre que me perseguía
desde el instante en que salí del terminal aéreo.
Martino vivía en la carrera principal del barrio Castilla. Yo algo
recordaba de su casa, en especial las ventanas metálicas donde él cuando
era estudiante de colegio exhibía revistas de aventuras que alquilaba o
cambiaba para ganarse unos pesos. Por unos momentos me detuve frente al
Bar Tanguero, sitio donde Martino había ambientado sus primeros cuentos
de malevos, muchos de los cuales yo había leído.
El hombre que tenía en sus manos un libro y mecía su silla en la acera de
la casa de Martino, se enteró de mi presencia por la sombra que le
oscureció las páginas. El hombre cerró el libro y me miró como si lo
hubiera interrumpido justo cuando estaba a punto de descifrar el enigma
principal de la trama. Después me miró como si no esperara encontrarme en
esas circunstancias.
— Buenas tardes. ¿Está el señor Martino Ponche?
— Buenas, señor. Siento decirle que Martino Ponche murió hace tres
semanas.
—¿ Cómo? —pregunté sin dejar de mirarlo a los ojos.
— Como lo oye, señor —respondió y sacó el separador de entre
las páginas, después lo rasgó.
Quise decirle que si le había hecho perder el encanto, pero me contuve.
El hombre seguía mirando desconcertado los techos de las casas vecinas,
yo en cambio no me soltaba de la ventana; un escalofrío me empezaba a
subir por el estómago.
—¿É l murió en esta casa?
— Sí, señor.
—¿ Recuerda el día?
— Un domingo en la mañana.
—¿ Sabe la causa de su muerte?
— No, señor. Ni las mismas autoridades han podido resolver el caso.
Pensé entonces en Braulio, en la seriedad de la sentencia del jurado y en
la actitud del hombre cuando rasgó el separador de papel. Los trozos del
separador dispersos por el piso me incitaron a la pregunta que yo quería
formular desde el comienzo.
—¿ Por qué suspendió la lectura?
— Perdí el encanto.
Cuando le pregunté por qué no comenzaba de nuevo a leer el libro me dijo
que ya no era necesario. No quise hacer más preguntas, hacerlas era
empezar a cortar los lazos que ataban al lector a la casa y, por qué no,
a la muerte de mi amigo. La razón era sencilla, el libro que él leía
alguna vez yo traté de comprarlo pero en la ciudad no pude hallar otro
ejemplar, aunque meses después un amigo me dejó leerlo. En síntesis el
libro trataba de un juego donde quien no estuviera atento a la historias
que se contaban, quien no supiera esconder su historia personal, quien
dejara huella entre los párrafos, entre las páginas de los libros que le
proponían en el juego, siempre tendría a alguien acechándolo, alguien
capaz de despojarlo de cuanto había logrado en el juego obligándolo a
tener que principiar. Si nos remitimos al juego, el hombre ya había
perdido su posición conmigo; ahora me quedaba jugar bien con los indicios
que pudiera encontrar para evitar que me sorprendieran como a Martino y a
la vez, para intentar esclarecer su muerte.
Lizeth salió cuando el hombre se disponía a entrar la silla. Ella tenía
puesto un vestido escotado —el mismo que describía Martino en la
historia—, sus labios dibujaban un beso capaz de sellar una amistad
sin condiciones. Sus ojos grandes y profundos me miraban como si yo
hubiera entrado en terrenos prohibidos; como si comenzara a saber su
vida.
— Yo era amigo de Martino —dije cuando alcé la mirada que se
me había quedado trastabillando en lo más alto de su muslo
semidescubierto.
— Apenas le conocí un amigo, y él no vive en Medellín —dijo
Lizeth.
— Martino y yo nos veíamos poco, señora.
—¿ Y cómo no se enteró de su muerte?
— Estaba en la finca de mi padre, apenas regresé anoche.
La pregunta de la muchacha desordenó las mías. Opté por contarle el
motivo que nos iba a reunir cuando yo regresara a la ciudad. Le dije que
yo había prestado a Martino unos libros y sobre los cuales íbamos a
hablar después de mis vacaciones. Lizeth escuchaba con atención. Le
reclamé a Lizeth los libros, y sólo cuando insistí que de ellos dependían
mis honorarios del próximo mes, me permitió entrar a la biblioteca, no
sin antes reiterar que las autoridades judiciales, después del
levantamiento del cadáver de Martino, prohibieron mover cualquier objeto
hasta nueva orden.
Inspeccioné cuanto rincón podía ver; pero salí más intrigado de lo que
entré:el escritorio estaba vacío y el orden de los libros era sospechoso
para el temperamento babélico de su dueño. En ese instante comprendí que
yo que quise hacer de mi personaje Braulio un detective, al final
terminaba siéndolo yo. Me dije entonces que no podía irme de la casa sin
una pista para iniciar la investigación de la muerte de Martino.
—¿ Encontró los libros? —preguntó Lizeth con una sonrisa que
le incitó mi fracaso.
— No, señora.
— Quizá los haya prestado él a alguien más.
— Pero usted me dio a entender que Martino no era de muchos amigos.
— Es verdad. Pudo habérselos enviado a otro amigo que él tiene en
México. Ellos tenían mucha correspondencia; hasta pocos días antes de su
muerte, con él compartió muchas tardes de lectura.
Lizeth, al hablarme de la correspondencia, me abrió nuevas pistas, además
del nombre de ella mencionado por Martino en la historia a la que yo poco
o nada de interés presté. Otra pista consistía en indagar en la oficina
de correos los envíos de correspondencia desde Medellín, diligencia que
debía postergar hasta la mañana siguiente porque eran pasadas las seis de
la tarde. El amante de la muchacha había suspendido la lectura desde mi
llegada y se dedicaba a ver televisión y a mirarme de soslayo por la
ventana.
Los libros fueron el pretexto para continuar la conversación con la
muchacha. Primero, el amante se había mostrado como un lector atento,
minucioso, y segundo, la historia de ella se prestaba para relacionarla
con otras que yo había leído. Le mencioné Ana Karenina, Eugenia Grandet,
La Vorágine, María, y El amor en los tiempos del cólera.
— Mi vida, señor, se parece a la que cuentan en las novelas; eso es
lo que dice Gilberto...Yo he leído algunas novelas románticas.
Yo estuve en silencio a la espera de escuchar al menos un título, pero
ella frunció los labios.
— Lizeth, es que las novelas son el reflejo de la realidad, de lo
que somos.
Conversamos hasta las nueve. Gilberto en todo ese tiempo no se paró del
mueble ni dejó de vigilarme. Lizeth me contó apartes de su vida, el
refugio amoroso y económico que pensó hallar en su amante y la aburrición
de la vida burguesa llena de apariencias. Yo mientras tanto no paraba de
pensar en el drama que debió vivir mi amigo desde cuando decidió
compartir la casa con la pareja, tan sólo con la condición de que le
hicieran de comer y le arreglaran la ropa. Martino quería dedicarse a la
literatura. Según me había dicho, el resto de su vida no le alcanzaría
para escribir las historias que rondaban en su memoria. Supe que Gilberto
se quedaba hasta el amanecer leyendo y escribiendo cartas que enviaba por
correo y aprovechaba las salidas para recoger la correspondencia de mi
amigo. Antes de cerrar la puerta y despedirme, unas lágrimas rodaron por
las mejillas de Lizeth, dijo que no creía haber perdido a su esposo
legitimo. Quise increparla por su infidelidad, pero recordé que yo ahora
hacía parte del juego y debía ir agotando las pistas una a una, de lo
contrario fracasaría en mi intento por esclarecer el crimen, y lo peor:
tendría que comenzar de nuevo a buscar el rastro de Braulio, y sería ya
mi vida la que estaría en peligro; ese era el juego y sólo yo podía
apagar la mecha que seguía nuestros pasos.
Llegué a casa de mamá, al otro lado del río, después de las diez. La
vieja, como siempre, estaba sola y se disgustó porque no la había puesto
al tanto de mi llegada, pero cuando le conté el motivo de mi aparición me
abrazó y se olvidó de mi descuido. Esa noche dormí poco, quizá porque
mamá había cuidado mi alcoba como si yo nunca me hubiera ido de la ciudad
o porque la próxima víctima podría ser yo.
Aunque todos los indicios apuntaban a que la pareja tuvo incidencia en la
muerte de Martino, yo no encontraba un enlace contundente que me
permitiera encarar el caso con decisión. No bastaba el nombre de ella,
mencionado por Martino en la historia que pretendía introducir en el
cuento, ni la alusión hecha por ella del envío de correspondencia hacia
la ciudad de México. Lo que sí tuve claro al día siguiente cuando me
dirigía a la oficina de correo era que Martino Ponche, a pesar de su
avanzada edad, poseía una contextura física suficiente para sortear sin
dificultades los exámenes médicos, y que si le habían negado la salida
del país fue por el factor dinero. Caminando hacía el sur, por el centro
de la ciudad, no dejaba de pensar en la sonrisa de Lizeth después de
verme salir de la biblioteca y en las lágrimas que se desprendieron
también de su fracaso.
En la oficina de correos, por donde Martino acostumbraba despachar la
correspondencia, me dijeron que para la dirección de mi casa en la ciudad
de México hacía meses no envia-ban paquetes ni sobres. Confirmé que les
había ganado el carril principal de la historia. Me quedaba la
alternativa de recurrir a los libros.
Volví a la casa de Martino. Lizeth parecía preocupada; me abstuve de
hacer preguntas. Quise decirle que no me iba a demorar en la biblioteca,
pero ella se adelantó:
— No se preocupe, señor —dijo con voz de resignación.
Lo que me propuse al volver a la biblioteca era muy concreto: buscar el
desvencijado portafolios que Martino siempre llevaba bajo su brazo. Lo
hallé detrás de uno de los estantes que al parecer habían olvidado
inspeccionar. Me senté en el escritorio de mi amigo, busqué hoja por hoja
hasta cuando hallé la última carta que Martino me pensaba enviar a
México. Guardé la carta en la agenda y salí.
—¿ Encontró algo nuevo, señor? —preguntó Lizeth, e intentó
sonreír.
— No —dije y volví a mencionar la pérdida de mis honorarios a
causa del extravío de los libros.
— Todo parece tan extraño. No fue sino usted llegar para
desaparecer Gilberto —dijo Lizeth cuando me despedí.
El resto de la tarde la pasé en casa de mamá analizando la carta que
escribió Martino. En ella me agradecía el interés que yo mostraba porque
algo de él fuera publicado antes de su muerte, y en especial por haberle
recomendado la lectura de la novela “El viejo y el mar”, de
Hemingway. Martino escribió: «Amigo, no creo que haya otra novela que
mejor nos ilustre sobre el destino que hemos fijado al personaje Braulio,
y así al parecer lo entendió el jurado del concurso. La tenacidad de
Santiago, el viejo, que en un escenario tan extenso y portentoso defendió
su pez con un equipo tan etéreo como lo son, en medio de las olas, la fe
y la esperanza.” Decía además que la venganza, tema que habíamos
elegido para reconquistar a Braulio sería, según el jurado, un final que
no admitiría discusiones. El tono de congoja que sentí en los renglones
siguientes me permitió descubrir la tercera mano que se había inmiscuido
en la estructura del cuento. Después decía Martino: «Si hubiéramos
mandado con algo más de anticipación a la fecha del fallo las notas
finales de la historia de Braulio, mi vida no estaría en el peligro en
que hoy se encuentra». El abatimiento de él lo sentí más fuerte cuando
leí en la carta: «Ningún hombre tiene éxito en todo cuanto emprende, en
ese sentido todos somos un fracaso». Martino estaba entregado, se había resignado
a morir. Sólo cuando en la misma misiva me preguntaba por qué yo le
enviaba los sobres abiertos y por qué a veces cambiaba de caligrafía,
corroboré la intromisión de Gilberto. Gilberto había tomado el control de
las cartas, las leía y escribía una historia de persecución, intriga y
amenazas, aprovechándose de la edad de mi amigo, de tal forma que él cada
vez se sintiera más acorralado por Braulio. Por los comentarios que
Martino hizo de la novela de Hemingway, comprendí el grado de locura al
que Gilberto lo había llevado, y la prueba de ello era uno de los
párrafos finales donde decía: «Ahora me concentro más en la lectura que
en la muerte que carcome mis entrañas como si buscara un punto en mi
cuerpo para ella descansar. Quiero dejarle a Braulio algunas pistas,
quiero espiarlo, sabemos que la lectura es la ruta indicada para que él
vuelva a nosotros y por mi parte no quiero equivocarle el camino, deseo
abrazarlo aunque sea en el último renglón de la novela”. Martino en
el párrafo final volvía a hablar de Santiago y del pez como una feliz
coincidencia: “Como Santiago que arrastra el animal como si éste
fuera su propio fracaso, nosotros mantenemos vivo a Braulio para mentir y
olvidar por unos momentos que también hemos sucumbido”. Me extrañó
que Martino en la carta no mencionara el otro libro que Gilberto le
recomendó con el fin de agudizarle la crisis.
En la oficina de medicina forense me facilitaron los libros que los
jueces habían recogido como primeros indicios, y me pidieron dejarlos
sobre el escritorio del occiso porque en dos días se llevaría a cabo una
reconstrucción de los hechos. La secretaria me ofreció que llevara el
pocillo de pedernal que hallaron sobre el escritorio de mi amigo. Antes
de salir la escuché decir a otra empleada que las novelas que yo me
llevaba no habían aportado nada a la investigación que ellos adelantaban
por la muerte de Martino.
Cuando Lizeth me vio con los libros en la mano sonrió, su labio superior
tembló. Me entregó las llaves como si yo fuera el único que podía ingresar
a la biblioteca. Me senté en el escritorio a leer, a buscar los rastros
que Martino había dejado a Braulio. En “El viejo y el mar”,
subrayó: “Nunca he visto una cosa más grande o más serena, o más
noble que tú, hermano. Ven mátame”. Sin duda mi amigo no se refería
al cerco al que por esos días lo sometía Gilberto sino a la feliz
coincidencia que él hallaba entre el pez que arrastraba Santiago y
nuestro personaje.
La otra novela que me entregó la secretaria era “Madame
Bovary” de Flaubert. En ella no hallé rastros al hojearla. Con la
terquedad con la cual mi amigo insistió en que la historia sobre la
pareja debía ser incluida en el cuento, y más por las ansias que la
mujer, Lizeth, tenía de salirse del mundo aburrido en que vivía, me
propuse leer la novela romántica de Flaubert renglón por renglón. Yo
tenía casi esclarecido el crimen de Martino Ponche, faltaba quizá la
clave que éste dejó a Braulio y que Gilberto había descubierto. En las
páginas finales de la novela, Martino, con la precisión de un cirujano,
había cortado la palabra arsénico y más adelante el párrafo completo
donde los vecinos de Yonville se enteraron de la versión de que Emma
había ingerido el arsénico mientras hacía una crema de vainilla, creyendo
que era azúcar.
Empezaba la noche cuando Lizeth tocó la puerta de la biblioteca y me
ofreció un pocillo de café. Observé el pocillo, era similar al que había
en la oficina de medicina forense.
En conclusión, yo nunca le propuse a Martino la lectura de las dos
novelas, le había prestado libros de critica literaria y semiología. Pero
lo que más me sorprendió fue que en ambas novelas Gilberto se había
basado para hallar el final del cuento El camino de los libros, final que
nosotros ni siquiera habíamos intuido; sin duda un epílogo que no admitía
discusiones pero que tampoco facultaba al jurado para declarar ganador a
Martino. Una vez más salimos perdedores: yo había perdido a mi amigo, y
el cuento aún quedaba inconcluso.
Eché tres cucharadas del supuesto azúcar al café, pero no lo bebí. Puse
el pocillo junto a los libros para la reconstrucción del crimen que iba a
tener lugar dos días después. Dejé una nota escrita pisada con los libros
donde yo aclaraba lo concerniente a las cartas hórridas que Gilberto
escribía a Martino y explicando las pistas que descubrí entre las páginas
de las dos últimas novelas que mi amigo había leído. Las novelas sí
aportan a la investigación, subrayé en la nota. Después cerré la
biblioteca. Llamé a Lizeth, no me contestó. La puerta de la calle estaba
entreabierta. Observé las habitaciones una por una hasta que me alcanzó
el frío de la sombra de un cuerpo que giraba pendiendo de las rejas del
patio. Los ojos de la muchacha, grandes y de mirada profunda, habían
perdido su brillo y miraban hacia el infinito que señalaban sus pies
descalzos.
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