CARTAS LETALES
Por: René Jaramillo Valdés


Francisco Toledo

Cuando la memoria quiere ajustarme cuentas por las circunstancias en que murió Martino Ponche y vuelvo a hilvanar la historia que desde la distancia nos propusimos escribir, me convenzo más de que yo era quien debía morir, al menos ese era el fin perfecto para lo que teníamos elaborado del cuento hasta el instante de mi inesperado regreso al país.

Martino y yo nos fuimos conociendo durante los concursos literarios en los que ambos participábamos y de los cuales siempre salimos perdedores. Martino, que se ufanaba de ser un gran lector y de haber dejado su rastro en las páginas de un centenar de novelas, llegó a convertirse en mi confidente y a veces era él quien hallaba los remates más acertados a mis cuentos. Pero nuestra amistad fue más allá, juntos convinimos elaborar proyectos con los cuales aspiraríamos a obtener becas de intercambio cultural y justo en el primer proyecto que presentamos, y donde obtuvimos el derecho de viajar a la ciudad de México, sobrevino su muerte, de la que tengo parte de culpa.

Martino carecía de los medios económicos para costearse los gastos que exigía una salida de Colombia. Sin embargo, el obstáculo fue su edad: le exigieron un permiso especial para abandonar el país debido a su condición de anciano y sin parientes a la vista. Para obtener el permiso, Martino debía consignar, hasta su regreso y a nombre del gobierno nacional, un millón de pesos para costear el traslado del cadáver si llegaba a fallecer en el exterior. Él estaba dispuesto a conseguir el dinero mediante la venta de su casa, pero la negociación de ésta no pudo llevarse a cabo. Este caso y la exigencia del gobierno llenaron a mi amigo de malos presagios, así me lo hizo saber. Estuvimos de acuerdo en que yo viajaría primero para no malograr la beca y cuando vendiera su casa lo haría él.

“ Si ya estorbamos en este país, por qué no nos dejan ir. Esta negativa de las autoridades me hace presentir lo peor”, decía Martino en la primera carta que recibí en México. Él no había podido negociar la casa, la iba a entregar por cualquier precio, pues estaba ansioso por terminar el proyecto ya que iba a dejar de ser un escritor inédito y además porque en su mente estaba fluyendo una historia sin duda esencial para la ficción que nos propusimos desarrollar; historia que, para decir verdad, me perturbó hasta el punto que al considerar acabado el cuento en sus tres cuartas partes, suspendí la correspondencia con mi amigo, y a título personal resolví enviarlo a un concurso en la ciudad de Medellín, aún advertido por algunos escritores conocidos míos de que se trataba de un evento con fines oscuros. Claro está que Martino sólo supo de mi osadía antes de mi regreso a Colombia.

La historia que escribía Martino, por los días de nuestra separación, trataba de una mujer que en el principio de su matrimonio había sido feliz, pero meses después sus ideales románticos se frustraron. Lizeth se había casado con un hombre para quien tenía más valor el concepto de la sociedad que la armonía y el sosiego de su entorno familiar. La soledad y la monotonía a que era sometida la llevaron a negarse a acompañar a su esposo a las reuniones de la alta sociedad donde siempre se sintió como un simple adorno. A cambio ella realizaba largas caminatas por los parques aledaños a su residencia y donde al poco tiempo otro hombre auscultó su corazón; lisonjas que la sustrajeron del mundo sin sentido en que vivía. En síntesis, decía Martino, debíamos dejar claro en el relato las abstracciones y depresiones en las que a veces Lizeth se sumía. Ella con el amante encontraba parte de la vida perdida durante el matrimonio; con el amante sus sentimientos reprimidos se desataban como caballos desbocados. Martino decía que lo que a él le interesaba de la historia era incitar a amar la frustración porque ella sin duda nos conducía por los caminos de la búsqueda, del reencuentro con nosotros mismos, aunque a veces de antemano aceptáramos el fracaso. Al despedirse Martino se quejaba de un dolor indescriptible encumbrado en el pecho desde días atrás y del sabor salobre del café ofrecido por la pareja que albergaba en su casa, bebida que le remontaba el sueño hasta lo más alto de las noches. Eso me dijo en la última misiva.

Cuando me enteró de su dolencia quise animarlo y reinicié el envío de correspondencia. Tuve a Martino al tanto del personaje, Braulio, que ambos habíamos creado, y en quien recaería la tensión del relato. Le conté que el cuento, aún inconcluso, lo había puesto a concursar en la ciudad de Medellín, aunque varios colegas me advirtieron que dicho certamen lo convocaban con fines no muy claros. Le mandé varias cartas enterándolo de lo sucedido con el cuento pero en más de mes y medio no recibí respuesta a ninguna de ellas; al menos hasta el día en que tuve que abandonar la ciudad y regresar a Colombia para salvarme de morir en manos de Braulio. Apenas en el avión vine a comprender la veracidad de la advertencia que me hicieron los colegas.

Después le escribí a Martino diciéndole que nuestro cuento había sido elegido finalista en el concurso, y que a los autores seleccionados nos instaban a un segundo concurso porque, a decir del jurado, las obras que alcanzaron la distinción tenían en común que parecían inconclusas. Le conté que el jurado se vertía en elogios sobre Braulio, decían que además de ser un gran lector y parecer inacabado, su decidida negación al fracaso lo hacía un triunfador. Le transcribí las palabras del jurado: ”Braulio enseña a leer, por él hasta nosotros volvimos a releer obras que creímos conocer a plenitud”. Lo enteré además del rotundo no que di a los organizadores del concurso cuando me pidieron consentimiento para definir los premios hallándole el mejor final a nuestro cuento «El camino de los libros». “Fui enfático, Martino, les dije que no estábamos dispuestos a participar de la segunda fase del concurso y que en consecuencia la obra no podía tener un remate diferente al propuesto por nosotros.” Para terminar le expuse que nos atendríamos a las consecuencias por la negativa. También le expresé que a mi juicio no haber autorizado que los finalistas buscaran un mejor remate para nuestro cuento había sido un acierto, y que prueba de ello eran las constantes llamadas telefónicas que me hicieron los organizadores para que reconsideráramos la decisión, o acabáramos de contar la historia de Braulio.

Quise esperar unos días para dar informe a Martino de la respuesta de los organizadores, pero el apremio en que me vi esa semana me obligó a adelantarle lo sucedido con la impugnación. Fui concreto, le dije: « El jurado desatendió nuestra voluntad y que la historia de Braulio, que pensábamos suspender, se convertiría en mecha lenta». Le conté que a Braulio sería muy difícil engañarlo porque a las lecturas a que lo habíamos sometido y por la manera de acechar a sus víctimas, página tras página, nadie soportaría su persistencia, su frialdad, nadie querría esperar el momento de la ejecución. Le escribí: «La sentencia, amigo, es unánime, el jurado decidió que Braulio sea el encargado de dar el veredicto, él escogerá el final que mejor se acomode a su historia, él dará muerte al autor de ese final y la víctima será declarada ganadora; Martino, el fallo no tendrá apelación».

Nunca mencioné a Martino los avatares que sorteé desde el instante del recibo de la sentencia del jurado. Lo que sí le hice saber fue el remate para el cuento, ya que esperaba su consentimiento: Braulio debe matar al hombre que estropea las páginas de los libros. Tampoco le hablé de las mañanas enteras que perdía sentado en el balcón de la casa aguardando el paso del cartero, menos la manera abrupta como debí suspender el proyecto, ni el desánimo que me producía el tener que responder las cartas de los organizadores del concurso. Antes de mi salida intempestiva de la ciudad atiné a contarle que por momentos me reconfortaba la mención de buen lector que hacían de Braulio, y cómo la lectura se convertiría en el mayor obstáculo para quienes intentaban terminar de escribir la historia de nuestro personaje. La misma tarde cuando despaché el sobre me llegó otro del jurado donde informaban que, de todas formas, el fallo del concurso se declararía el próximo domingo y que para tranquilidad nuestra ninguno de los participantes había propuesto un tema distinto a la lectura, porque el cuento El camino de los libros «no admitía un final diferente». El entrecomillado lo tomé como la consumación de la amenaza. Y así fue. Una llamada telefónica, donde me dijeron que no respondían por mi vida en las próximas veinticuatro horas, me dio la oportunidad de escabullirme. Pensé entonces que Braulio al nutrirse de las anécdotas de los demás finalistas acabaría liberándose y suplantando a sus creadores, como pretendían los organizadores.

Llegué a Colombia después de veinte días de estar huyendo en la ciudad de México. El aeropuerto José María Córdoba estaba cerrado por mal tiempo y la nave fue autorizada para aterrizar en el aeroparque Olaya Herrera, de Medellín. Eran las seis de la tarde, hora pico, cuando a trompicones y estrujando transeúntes me abrí paso por las calles del centro de la ciudad, esa fue la única manera de evadir al hombre que me perseguía desde el instante en que salí del terminal aéreo.

Martino vivía en la carrera principal del barrio Castilla. Yo algo recordaba de su casa, en especial las ventanas metálicas donde él cuando era estudiante de colegio exhibía revistas de aventuras que alquilaba o cambiaba para ganarse unos pesos. Por unos momentos me detuve frente al Bar Tanguero, sitio donde Martino había ambientado sus primeros cuentos de malevos, muchos de los cuales yo había leído.

El hombre que tenía en sus manos un libro y mecía su silla en la acera de la casa de Martino, se enteró de mi presencia por la sombra que le oscureció las páginas. El hombre cerró el libro y me miró como si lo hubiera interrumpido justo cuando estaba a punto de descifrar el enigma principal de la trama. Después me miró como si no esperara encontrarme en esas circunstancias.

— Buenas tardes. ¿Está el señor Martino Ponche?
— Buenas, señor. Siento decirle que Martino Ponche murió hace tres semanas.
—¿ Cómo? —pregunté sin dejar de mirarlo a los ojos.
— Como lo oye, señor —respondió y sacó el separador de entre las páginas, después lo rasgó.

Quise decirle que si le había hecho perder el encanto, pero me contuve.
El hombre seguía mirando desconcertado los techos de las casas vecinas, yo en cambio no me soltaba de la ventana; un escalofrío me empezaba a subir por el estómago.

—¿É l murió en esta casa?
— Sí, señor.
—¿ Recuerda el día?
— Un domingo en la mañana.
—¿ Sabe la causa de su muerte?
— No, señor. Ni las mismas autoridades han podido resolver el caso.

Pensé entonces en Braulio, en la seriedad de la sentencia del jurado y en la actitud del hombre cuando rasgó el separador de papel. Los trozos del separador dispersos por el piso me incitaron a la pregunta que yo quería formular desde el comienzo.

—¿ Por qué suspendió la lectura?
— Perdí el encanto.

Cuando le pregunté por qué no comenzaba de nuevo a leer el libro me dijo que ya no era necesario. No quise hacer más preguntas, hacerlas era empezar a cortar los lazos que ataban al lector a la casa y, por qué no, a la muerte de mi amigo. La razón era sencilla, el libro que él leía alguna vez yo traté de comprarlo pero en la ciudad no pude hallar otro ejemplar, aunque meses después un amigo me dejó leerlo. En síntesis el libro trataba de un juego donde quien no estuviera atento a la historias que se contaban, quien no supiera esconder su historia personal, quien dejara huella entre los párrafos, entre las páginas de los libros que le proponían en el juego, siempre tendría a alguien acechándolo, alguien capaz de despojarlo de cuanto había logrado en el juego obligándolo a tener que principiar. Si nos remitimos al juego, el hombre ya había perdido su posición conmigo; ahora me quedaba jugar bien con los indicios que pudiera encontrar para evitar que me sorprendieran como a Martino y a la vez, para intentar esclarecer su muerte.

Lizeth salió cuando el hombre se disponía a entrar la silla. Ella tenía puesto un vestido escotado —el mismo que describía Martino en la historia—, sus labios dibujaban un beso capaz de sellar una amistad sin condiciones. Sus ojos grandes y profundos me miraban como si yo hubiera entrado en terrenos prohibidos; como si comenzara a saber su vida.

— Yo era amigo de Martino —dije cuando alcé la mirada que se me había quedado trastabillando en lo más alto de su muslo semidescubierto.
— Apenas le conocí un amigo, y él no vive en Medellín —dijo Lizeth.
— Martino y yo nos veíamos poco, señora.
—¿ Y cómo no se enteró de su muerte?
— Estaba en la finca de mi padre, apenas regresé anoche.

La pregunta de la muchacha desordenó las mías. Opté por contarle el motivo que nos iba a reunir cuando yo regresara a la ciudad. Le dije que yo había prestado a Martino unos libros y sobre los cuales íbamos a hablar después de mis vacaciones. Lizeth escuchaba con atención. Le reclamé a Lizeth los libros, y sólo cuando insistí que de ellos dependían mis honorarios del próximo mes, me permitió entrar a la biblioteca, no sin antes reiterar que las autoridades judiciales, después del levantamiento del cadáver de Martino, prohibieron mover cualquier objeto hasta nueva orden.

Inspeccioné cuanto rincón podía ver; pero salí más intrigado de lo que entré:el escritorio estaba vacío y el orden de los libros era sospechoso para el temperamento babélico de su dueño. En ese instante comprendí que yo que quise hacer de mi personaje Braulio un detective, al final terminaba siéndolo yo. Me dije entonces que no podía irme de la casa sin una pista para iniciar la investigación de la muerte de Martino.

—¿ Encontró los libros? —preguntó Lizeth con una sonrisa que le incitó mi fracaso.
— No, señora.
— Quizá los haya prestado él a alguien más.
— Pero usted me dio a entender que Martino no era de muchos amigos.
— Es verdad. Pudo habérselos enviado a otro amigo que él tiene en México. Ellos tenían mucha correspondencia; hasta pocos días antes de su muerte, con él compartió muchas tardes de lectura.

Lizeth, al hablarme de la correspondencia, me abrió nuevas pistas, además del nombre de ella mencionado por Martino en la historia a la que yo poco o nada de interés presté. Otra pista consistía en indagar en la oficina de correos los envíos de correspondencia desde Medellín, diligencia que debía postergar hasta la mañana siguiente porque eran pasadas las seis de la tarde. El amante de la muchacha había suspendido la lectura desde mi llegada y se dedicaba a ver televisión y a mirarme de soslayo por la ventana.

Los libros fueron el pretexto para continuar la conversación con la muchacha. Primero, el amante se había mostrado como un lector atento, minucioso, y segundo, la historia de ella se prestaba para relacionarla con otras que yo había leído. Le mencioné Ana Karenina, Eugenia Grandet, La Vorágine, María, y El amor en los tiempos del cólera.

— Mi vida, señor, se parece a la que cuentan en las novelas; eso es lo que dice Gilberto...Yo he leído algunas novelas románticas.
Yo estuve en silencio a la espera de escuchar al menos un título, pero ella frunció los labios.
— Lizeth, es que las novelas son el reflejo de la realidad, de lo que somos.

Conversamos hasta las nueve. Gilberto en todo ese tiempo no se paró del mueble ni dejó de vigilarme. Lizeth me contó apartes de su vida, el refugio amoroso y económico que pensó hallar en su amante y la aburrición de la vida burguesa llena de apariencias. Yo mientras tanto no paraba de pensar en el drama que debió vivir mi amigo desde cuando decidió compartir la casa con la pareja, tan sólo con la condición de que le hicieran de comer y le arreglaran la ropa. Martino quería dedicarse a la literatura. Según me había dicho, el resto de su vida no le alcanzaría para escribir las historias que rondaban en su memoria. Supe que Gilberto se quedaba hasta el amanecer leyendo y escribiendo cartas que enviaba por correo y aprovechaba las salidas para recoger la correspondencia de mi amigo. Antes de cerrar la puerta y despedirme, unas lágrimas rodaron por las mejillas de Lizeth, dijo que no creía haber perdido a su esposo legitimo. Quise increparla por su infidelidad, pero recordé que yo ahora hacía parte del juego y debía ir agotando las pistas una a una, de lo contrario fracasaría en mi intento por esclarecer el crimen, y lo peor: tendría que comenzar de nuevo a buscar el rastro de Braulio, y sería ya mi vida la que estaría en peligro; ese era el juego y sólo yo podía apagar la mecha que seguía nuestros pasos.

Llegué a casa de mamá, al otro lado del río, después de las diez. La vieja, como siempre, estaba sola y se disgustó porque no la había puesto al tanto de mi llegada, pero cuando le conté el motivo de mi aparición me abrazó y se olvidó de mi descuido. Esa noche dormí poco, quizá porque mamá había cuidado mi alcoba como si yo nunca me hubiera ido de la ciudad o porque la próxima víctima podría ser yo.

Aunque todos los indicios apuntaban a que la pareja tuvo incidencia en la muerte de Martino, yo no encontraba un enlace contundente que me permitiera encarar el caso con decisión. No bastaba el nombre de ella, mencionado por Martino en la historia que pretendía introducir en el cuento, ni la alusión hecha por ella del envío de correspondencia hacia la ciudad de México. Lo que sí tuve claro al día siguiente cuando me dirigía a la oficina de correo era que Martino Ponche, a pesar de su avanzada edad, poseía una contextura física suficiente para sortear sin dificultades los exámenes médicos, y que si le habían negado la salida del país fue por el factor dinero. Caminando hacía el sur, por el centro de la ciudad, no dejaba de pensar en la sonrisa de Lizeth después de verme salir de la biblioteca y en las lágrimas que se desprendieron también de su fracaso.

En la oficina de correos, por donde Martino acostumbraba despachar la correspondencia, me dijeron que para la dirección de mi casa en la ciudad de México hacía meses no envia-ban paquetes ni sobres. Confirmé que les había ganado el carril principal de la historia. Me quedaba la alternativa de recurrir a los libros.

Volví a la casa de Martino. Lizeth parecía preocupada; me abstuve de hacer preguntas. Quise decirle que no me iba a demorar en la biblioteca, pero ella se adelantó:

— No se preocupe, señor —dijo con voz de resignación.

Lo que me propuse al volver a la biblioteca era muy concreto: buscar el desvencijado portafolios que Martino siempre llevaba bajo su brazo. Lo hallé detrás de uno de los estantes que al parecer habían olvidado inspeccionar. Me senté en el escritorio de mi amigo, busqué hoja por hoja hasta cuando hallé la última carta que Martino me pensaba enviar a México. Guardé la carta en la agenda y salí.

—¿ Encontró algo nuevo, señor? —preguntó Lizeth, e intentó sonreír.
— No —dije y volví a mencionar la pérdida de mis honorarios a causa del extravío de los libros.
— Todo parece tan extraño. No fue sino usted llegar para desaparecer Gilberto —dijo Lizeth cuando me despedí.

El resto de la tarde la pasé en casa de mamá analizando la carta que escribió Martino. En ella me agradecía el interés que yo mostraba porque algo de él fuera publicado antes de su muerte, y en especial por haberle recomendado la lectura de la novela “El viejo y el mar”, de Hemingway. Martino escribió: «Amigo, no creo que haya otra novela que mejor nos ilustre sobre el destino que hemos fijado al personaje Braulio, y así al parecer lo entendió el jurado del concurso. La tenacidad de Santiago, el viejo, que en un escenario tan extenso y portentoso defendió su pez con un equipo tan etéreo como lo son, en medio de las olas, la fe y la esperanza.” Decía además que la venganza, tema que habíamos elegido para reconquistar a Braulio sería, según el jurado, un final que no admitiría discusiones. El tono de congoja que sentí en los renglones siguientes me permitió descubrir la tercera mano que se había inmiscuido en la estructura del cuento. Después decía Martino: «Si hubiéramos mandado con algo más de anticipación a la fecha del fallo las notas finales de la historia de Braulio, mi vida no estaría en el peligro en que hoy se encuentra». El abatimiento de él lo sentí más fuerte cuando leí en la carta: «Ningún hombre tiene éxito en todo cuanto emprende, en ese sentido todos somos un fracaso». Martino estaba entregado, se había resignado a morir. Sólo cuando en la misma misiva me preguntaba por qué yo le enviaba los sobres abiertos y por qué a veces cambiaba de caligrafía, corroboré la intromisión de Gilberto. Gilberto había tomado el control de las cartas, las leía y escribía una historia de persecución, intriga y amenazas, aprovechándose de la edad de mi amigo, de tal forma que él cada vez se sintiera más acorralado por Braulio. Por los comentarios que Martino hizo de la novela de Hemingway, comprendí el grado de locura al que Gilberto lo había llevado, y la prueba de ello era uno de los párrafos finales donde decía: «Ahora me concentro más en la lectura que en la muerte que carcome mis entrañas como si buscara un punto en mi cuerpo para ella descansar. Quiero dejarle a Braulio algunas pistas, quiero espiarlo, sabemos que la lectura es la ruta indicada para que él vuelva a nosotros y por mi parte no quiero equivocarle el camino, deseo abrazarlo aunque sea en el último renglón de la novela”. Martino en el párrafo final volvía a hablar de Santiago y del pez como una feliz coincidencia: “Como Santiago que arrastra el animal como si éste fuera su propio fracaso, nosotros mantenemos vivo a Braulio para mentir y olvidar por unos momentos que también hemos sucumbido”. Me extrañó que Martino en la carta no mencionara el otro libro que Gilberto le recomendó con el fin de agudizarle la crisis.

En la oficina de medicina forense me facilitaron los libros que los jueces habían recogido como primeros indicios, y me pidieron dejarlos sobre el escritorio del occiso porque en dos días se llevaría a cabo una reconstrucción de los hechos. La secretaria me ofreció que llevara el pocillo de pedernal que hallaron sobre el escritorio de mi amigo. Antes de salir la escuché decir a otra empleada que las novelas que yo me llevaba no habían aportado nada a la investigación que ellos adelantaban por la muerte de Martino.

Cuando Lizeth me vio con los libros en la mano sonrió, su labio superior tembló. Me entregó las llaves como si yo fuera el único que podía ingresar a la biblioteca. Me senté en el escritorio a leer, a buscar los rastros que Martino había dejado a Braulio. En “El viejo y el mar”, subrayó: “Nunca he visto una cosa más grande o más serena, o más noble que tú, hermano. Ven mátame”. Sin duda mi amigo no se refería al cerco al que por esos días lo sometía Gilberto sino a la feliz coincidencia que él hallaba entre el pez que arrastraba Santiago y nuestro personaje.

La otra novela que me entregó la secretaria era “Madame Bovary” de Flaubert. En ella no hallé rastros al hojearla. Con la terquedad con la cual mi amigo insistió en que la historia sobre la pareja debía ser incluida en el cuento, y más por las ansias que la mujer, Lizeth, tenía de salirse del mundo aburrido en que vivía, me propuse leer la novela romántica de Flaubert renglón por renglón. Yo tenía casi esclarecido el crimen de Martino Ponche, faltaba quizá la clave que éste dejó a Braulio y que Gilberto había descubierto. En las páginas finales de la novela, Martino, con la precisión de un cirujano, había cortado la palabra arsénico y más adelante el párrafo completo donde los vecinos de Yonville se enteraron de la versión de que Emma había ingerido el arsénico mientras hacía una crema de vainilla, creyendo que era azúcar.

Empezaba la noche cuando Lizeth tocó la puerta de la biblioteca y me ofreció un pocillo de café. Observé el pocillo, era similar al que había en la oficina de medicina forense.

En conclusión, yo nunca le propuse a Martino la lectura de las dos novelas, le había prestado libros de critica literaria y semiología. Pero lo que más me sorprendió fue que en ambas novelas Gilberto se había basado para hallar el final del cuento El camino de los libros, final que nosotros ni siquiera habíamos intuido; sin duda un epílogo que no admitía discusiones pero que tampoco facultaba al jurado para declarar ganador a Martino. Una vez más salimos perdedores: yo había perdido a mi amigo, y el cuento aún quedaba inconcluso.

Eché tres cucharadas del supuesto azúcar al café, pero no lo bebí. Puse el pocillo junto a los libros para la reconstrucción del crimen que iba a tener lugar dos días después. Dejé una nota escrita pisada con los libros donde yo aclaraba lo concerniente a las cartas hórridas que Gilberto escribía a Martino y explicando las pistas que descubrí entre las páginas de las dos últimas novelas que mi amigo había leído. Las novelas sí aportan a la investigación, subrayé en la nota. Después cerré la biblioteca. Llamé a Lizeth, no me contestó. La puerta de la calle estaba entreabierta. Observé las habitaciones una por una hasta que me alcanzó el frío de la sombra de un cuerpo que giraba pendiendo de las rejas del patio. Los ojos de la muchacha, grandes y de mirada profunda, habían perdido su brillo y miraban hacia el infinito que señalaban sus pies descalzos.

Volver al menú de La Torre en el Acantilado

 

HOME - Quienes Somos - Publicaciones Anteriores - Enlaces - Contáctenos


Todos los derechos reservados © Rinoceronte14.org